París, 11 de octubre de 2015.

Querida Ofelia:

En este testimonio que acabo de recibir desde Miami, Roger Redondo González, ofrece su versión a propósito de la historia de la guerrilla que comandaba Darío Pedrosa y que luego pasó a comandar Anastasio Cárdenas Ávila.

“Cuando llegó Anastasio Cárdenas de regreso de Méjico, mandó a buscar a Santa Clara a diez hombres amigos o conocidos por él. Se encontraba Renato, que era natural de La Habana, un hermano de Heriberto Zequeira -miembro del P.S.P.- que se nos unió en Linares, también un grupo de jóvenes que venían a unirse a los rebeldes.

Menoyo, salió para Guanayara a mediados de febrero. Nos quedamos allí hasta el 26 de marzo. En el transcurso de esos días salvamos las armas que se habían quedado escondidas en el Cacahual de Banao, incorporamos y entrenamos a cuarenta nuevos combatientes con las siete carabinas italianas. A Pompilio Viciedo les encargamos que trataran de encontrar a Luis Vargas y a tres hombres que habían desertados en el pasado mes de enero, misión que Pompilio cumplió. Sacamos las armas viejas para que se las entregara a Casito Gimeranis, cosa que se cumplió a cabalidad. Cuando Anastasio Cárdenas arribó al campamento del Cacahual, se encontró todo aquel trabajo realizado. Llegó Efrén Mur, que traía la orden de Menoyo, de entregar el mando a Anastasio y que Regino Camacho fuera por carretera. Cosa que Regino se negó a hacer y dijo que él podía caminar con nosotros hasta allá, igual que los demás muchachos, a pesar de que él era un hombre mayor.

Regino- que vivía en Venezuela- conocía a Jesús Carreras desde cuando éste era el responsable del M. 26 de julio en la ciudad de Fomento. Camacho acostumbraba a visitar a un sobrino de Regino que vivía en Fomento que era sargento del ejército, se llamaba Abel Camacho. En diciembre de 1957 Regino se apareció al campamento del Cacahual en compañía de un muchacho de La Habana de nombre Renato, que tiempos después fue asesinado por los policías en Santa Clara. Regino era especialista en explosivos y tenía mutilada la mano izquierda a causa de una explosión.

La historia que trajo Regino Camacho, de que el coronel de la policía Esteban Ventura, que operaba en La Habana, le tenía secuestrada a su única hija, era algo muy difícil de creer, pues no era el estilo de Ventura Novo. Él asesinaba y torturaba a los revolucionarios que caían en sus manos, pero no secuestraba a los familiares de los revolucionarios.

Jesús Carreras mandó a investigar a Fomento por su cuenta. Yo no participé en aquella investigación. Carreras pudo averiguar que Regino Camacho había combatido en la Guerra Civil Española. Como algo raro llegó en los informes que recibió por la mañana Menoyo, y Carreras; Ellos dos salieron con Regino a dar un paseo, pero volvieron los tres juntos con las caras serias. De momento no supe nada, pero nos dimos cuenta de que el ambiente estaba caldeado. Yo le pregunté a Carreras, que si tenía una información mala sobre Camacho. Me dijo: ‘Sí, es algo contra el gallego’.

Durante el tiempo que estuvimos separados de Menoyo y Camacho, Menoyo lo dejó con nosotros. Tuve muchas oportunidades para hacerle preguntas esporádicas y averiguar sin levantar sospechas lo siguiente: Regino Camacho decía que era andaluz, pero hablaba como un canario que había pasado mucho tiempo en la región de Andalucía, o al contrario un andaluz que había pasado mucho tiempo en las Islas Canarias. También logré saber que militó en el Quinto Regimiento, que conoció a la novia de Julio Antonio Mella, Tina Modotti, bajo el nombre de María, en un hospital, cuando él estaba herido. Pero Camacho era tan mentiroso y sus mentiras tan exageradas, que uno tenía que abandonar el diálogo con él para no faltarle el respecto.

El 20 de marzo a las 6:30 p.m. de 1958, formamos filas para partir, hacia un lugar llamado Linares, cerca de las Llanadas de Gómez. Éramos cuarenta nuevos reclutas más los que quedábamos del grupo de Darío Pedrosa- sin Darío- y Alberto Mora y Tabo Machín quedábamos 9 hombres del grupo inicial .

Con Efrén Mur que había regresado de Guanayara y Anastasio Cárdenas de Méjico, éramos en total 51 hombres, todos muy bien armados. Los más veteranos sólo conocíamos hasta Caballete de Casas, de allí en adelante era terreno desconocido en aquellos tiempos para todos. Según Efrén Mur, Menoyo mandaría a conocedores del terreno a buscarnos a Linares, entre ellos vendría José Cordero Gimeranis. De todos nosotros sólo el viejo Rafael Cadenas, era conocedor del terreno más allá de Caballete de Casas. Pero había un problema con él y era que tenía unos setenta años, sufría de una enorme hernia. No sé cómo podía caminar, pues la bolsa de los testículos le llegaba casi hasta la rodilla, además de día podía ver pero por la noche era casi ciego. Cadenas era muy caprichoso, pues le porfiaba a los jóvenes lo que él creía que veía que no era la realidad. De noche veía una nube y decía que era una loma, los muchachos con buena vista decían nubes es lo que hay allí, y él discutía: ‘loma es lo que hay allí, y se acabó’.

Tony Santiago, y yo nos pusimos de acuerdo para cuando llegáramos a Caballete de Casas conseguir a un guía a como diese lugar, pues estábamos forzados a caminar de noche y con el viejo Cadenas era demasiado riesgoso hacer aquella travesía. Como únicos alimentos de reservas contábamos con 57 latas de leche condensada. Efrén Mur tenía la responsabilidad de esas reservas para una emergencia. A la vanguardia salimos Tony Santiago y yo. Sólo diez hombres conocían el camino hasta Caballete de Casas, dos de los conocedores iban en cada grupo, el resto en la vanguardia. En una jornada llegamos a las 5 y 30 a.m. del día 27 de marzo. La familia de Rufino Quincosa nos facilitó el desayuno a todos. Teníamos que esperar hasta el anochecer para partir hasta Linares por terreno desconocido. Desde mi punto de vista era un grave error pues en Banao conocíamos a todo el mundo y teníamos la logística organizada por un trabajo de Lázaro Artola y Enrique Villegas que había costado mucho tiempo y trabajo.

Dejamos abandonada una emisora de radio en Sancti Spiritus que nos transmitía contraseñas por radio, por medio de pensamientos de José Martí, las contraseñas gracias a dos libros iguales, uno estaba en la emisora y el otro lo teníamos nosotros. También diez chóferes de taxis que tiraban pasaje para Trinidad desde Sancti Spiritus nos traían suministros desde Sancti Espíritus. Nosotros éramos conocedores de todo el terreno, y ahora… íbamos para un lugar donde no estaba organizada la retaguardia. Sólo conocíamos a un hermano de Anastasio Cárdenas que tenía una finca en Charco Azul. Aquel día comimos viandas hervidas. Por la tarde Tony Santiago y yo fuimos solos al hogar de Rufino Quincosa. Rufino tenía varios trabajadores en la finca, y sin hablar con Rufino ni con ninguna otra persona de la casa, llamamos a un hombre, sólo por su apariencia. Tony le preguntó si él conocía el camino que nos llevaría a Linares, el hombre respondió positivamente y Tony le preguntó cuánto él ganaba al día. ‘Tres pesos’, le respondió el hombre. ¡Lo que nosotros no sabíamos era que aquel hombre estaba loco y que sólo hacía dos días que había llegado del manicomio de Mazorra en La Habana!

Llegamos al campamento de Caballete de Casa, de lo más contentos con lo que nosotros creíamos haber conseguido: un buen práctico del terreno. El viejo Cadenas no hizo ningún comentario. A la vanguardia de nuevo iríamos Tony y yo con el nuevo práctico, nos seguía Rolando Cúbela, con un grupo de doce hombres Anastasio Cárdenas, detrás lo seguía Julio Castillo, con otro grupo de hombres y a la retaguardia, iba Rafael Cadenas con un grupo de los nuevos reclutas. Comenzó la marcha, a las 6 p.m. A los 20 minutos, nos llegó la voz de hombres a hombres que paráramos. Como era una fila larguísima la que formábamos, de 51 hombres más o menos de tres a cuatros metros unos detrás de otros, tomaban como 200 metros de punta a cabo. Era el viejo Cadenas el que venía caminando hasta donde estaba la vanguardia. Cadenas era mandón y tenía mucho carácter, le preguntó a nuestro guía: ‘¿Usted conoce o no conoce la zona?’ Tony y yo contestamos al mismo tiempo por el guía, y le faltamos el respeto al viejo Cadenas vergonzosamente: ‘Usted está viejo y ciego váyase para atrás, que este hombre sabe lo que está haciendo’.

Comenzó la caminata de nuevo, y el guía no hablaba de nada cuando uno le preguntaba, sólo movía los hombros, hasta que a las 4 de la mañana de marzo 22 de 1958, le dio un arrebato y comenzó a decir cosas incoherentes sobre los pajaritos y otras cosas absurdas. Nos habíamos “embarcado”. A esa hora nos unimos todos en el mismo lugar, agotados por el cansancio y protestando. Cuando en Caballete de Casa aparecimos con el guía, todos nos apoyaron, pero ahora casi nos querían linchar. A Tony y a mí nos echaban la culpa. Tenían razón, era verdad que necesitábamos un guía pero debíamos de estar seguros y tener información, correcta, y en medio del caos, gritó el viejo Cadenas: –“sustituyeron a un loco por mí ahora yo mando aquí”–. Todos los hombres jóvenes estaban cansadísimos tirados por el suelo, mientras el viejo se veía fuerte, con su enorme bigote blanco en canas, apoyado en su bastón ordenó: “¡Todo el mundo de pie!” La gente obedeció.

El viejo Cadenas enfurecido dijo: “–Le han hecho más caso a un loco que a mí, ahora yo soy el único que sabe dónde estamos”. Toda la noche estuvimos caminando equivocados.

Cadenas apuntando al cielo, dijo: ‘Linares está abajo de aquel lucero, el camino real que va para Linares está cerquita, y vamos a ir ahora por todo el camino real. Ese camino está lleno de casas a un lado y otro lado, nos van a ver miles de gentes. Vamos a caminar a 10 ó 12 metros unos detrás de otros, y los guajiros le van a decir a los soldados que somos cien veces más de lo que somos, y en Linares nos vamos a tener que fajar con el ejército’. Y echó a caminar delante sin mirar para atrás.

Nunca me he sentido tan avergonzado como ese día. Yo estaba como todos los demás, con los pies hinchados y hambriento, pero tenía que seguir al viejo que iba delante de mí por orgullo, más que por otra cosa. Pensé: ¿Cómo habría sido aquel hombre cuando tenía la edad mía? Cadenas participó en todas las guerritas que hubieron en Cuba, y estaba junto a nosotros, con aquella hernia. Yo me preguntaba y si cuando yo tuviera la edad que él tenía en aquel momento, yo podría estar la mitad de fuerte de lo que él estaba en aquel instante.

Caminábamos en fila india, a la luz del día, como a diez metros de distancia unos tras otros, bien armados y uniformados con los brazaletes del Directorio. Había que explicarle a la gente lo que significaba, pues sólo se veía una R, arriba y una D, abajo. Los uniformes eran inadecuados, pues para bajarse los pantalones era necesario quitarse la camisa, además el color no era verde olivo lo que serviría para el camuflaje en la vegetación, sino casi gris. Aquellos uniformes los había comprado Faure para combatir en la ciudad. Uno podría quitárselo y quedar con la ropa de civil abajo, pero no eran aptos para el camuflaje en la vegetación del Escambray

Nos estábamos demorando demasiado, por lo cual para pasar frente a un caserío, se tomaba casi una hora tomando en cuenta que caminábamos despacio, porque estábamos cansados y el sobre peso, pues llevábamos una bomba. A Regino Camacho se le ocurrió hacerla con un niple y 20 libras de T.NT. que yo, con lo desconfiado que era en ese entonces, le había quitado el detonador por no estar seguro de si era para el enemigo o para nosotros, pues era suficiente para matarnos a todos juntos. Camacho pudo convencer a Anastasio de lo útil que era. Aquel artefacto tenía que ser cargado a turnos por los hombres, además de sus mochilas con muchas balas.

Llegamos de día a Linares, tendimos las hamacas, y no había nada para comer. En la mañana del día 22 de marzo de 1958, amanecimos sin tomar ni café. Temprano en la mañana salimos Rolando Cubela Tony Santiago, Gilberto Villegas y un guía que se nos unió allí en Linares de nombre Heriberto Zequeira, que era militante del P.S.P. Fuimos a las Llanadas de Gómez, donde existía una tienda mixta, que tenía hasta refrigeradores, a comprar alimentos para la tropa. Si teníamos que morir, moriríamos con la barriga llena. Alquilamos dos mulas de las grandes que allí en el Escambray les dicen acémilas. Nos cocinaron de todo, además había cerveza Hatuey fría. Hacía mucho calor, nos tomamos algunas cervezas, yo me tomé tres, pero otros compañeros se tomaron el doble o más. Yo portaba un fusil canadiense que tenía una figura muy rara y todos los campesinos que se aglomeraron alrededor de nosotros me preguntaban qué era aquella arma y a todos yo les contaba que era para tumbar aviones.

Tony Santiago llamó a un guajiro de los muchos que se encontraban alrededor de nosotros y le preguntó: -‘¿Cuánto tú ganas por un día de trabajo? -Un peso’, le contestó. -‘Toma cuatro pesos, ve al pueblo y dile a los soldados de Batista que estamos aquí, y que los vamos a esperar, que no sean pendejos’-. El guajiro saltó sobre una yegüita que sólo tenía un saco de yute sobre su lomo, y arrancó al galope para el pueblo. Todo esto sin saber nosotros que una tropa ya venía casi llegando a las Llanadas de Gómez.

Regresamos a Linares, con las mulas de alimentos, para todos los hambrientos, que nos esperaban contentos y uno o dos pasado de tragos. A uno de ellos se le fue la lengua y contó que Tony le había pagado a un guajiro para que fuera al pueblo a avisar a los soldados de Batista, que en las Llanadas de Gómez los esperábamos. Aquella noticia no le gustó nada al Viejo Cadenas, el que se irritó muchísimo.

Ya teníamos un buen guía nativo de la zona. No recuerdo el arma que le dimos pero creo fue un arma corta. Lo inteligente era salir lo más rápido posible de allí pues habíamos formado un gran alboroto, pero la próxima parada sería en la finca de Raúl La Roza, y el terreno hacia allá era de potreros. 52 hombres caminando por las lomas peladas era un gran peligro si la aviación nos localizaba, de modo que estábamos obligados a esperar a que anocheciera, para irnos.

El guajiro con que Tony mandó a buscar a los soldados de Batista, sólo había avanzado medio kilómetro desde las Llanadas de Gómez, cuando se encontró con la vanguardia del enemigo que venía a pie siguiendo las huellas que nosotros dejamos en el camino real, muy claras, amén de que también llovió un poco y el terreno estaba muy mojado. El enemigo estaba acostumbrado a que los campesinos negaran que habían visto a los rebeldes, aunque de verdad los hubieran visto. Se asombraron cuando el campesino les contó la verdad, que los rebeldes le pagaron el día de trabajo para que fuera a avisarles que los estaban esperando en las Llanadas de Gómez.

La vanguardia se detuvo y el jefe se fue con el guajiro hasta donde estaba el oficial que mandaba la tropa, que según el guajiro era un coronel. Quién sabe si él conocía los grados del ejército o escuchó a alguien llamarle coronel. Según el guajiro, el oficial palideció. También dijo el guajiro que eran 800 soldados, deberíamos de restarle 600, para dejarlo en 200.

Esa tropa, se detuvo allí mismo, no avanzó ni un paso. Con la emboscada de La Diana a mediados de febrero, apenas un mes atrás, se acobardaron de mala manera. De haber seguido adelante, se hubieran encontrado con un grupo de sólo 52 hombres que no podíamos salir de allí hasta que fuera de noche, porque en dirección a los cuatro puntos cardinales sólo había terreno desfavorable para nosotros”. Roger Redondo González

Creo que con este nuevo testimonio de Roger, que es una verdadera lección de historia, estamos aprendiendo mucho sobre lo que ocurría en las Inquietas Villas durante mi infancia y tu juventud.

Un gran abrazo desde La Ciudad Luz,

Félix José Hernández.

Foto: Jesús Carreras y un grupo de guerrilleros en el Escambray, Cuba.

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