Por: Armando León Viera

En mi anterior publicación mostré la foto de un señor cubano, sentado sobre el muro del Malecón con su uniforme verdeolivo de oficial de las llamadas Fuerzas Armadas Revolucionarias. Es, de alguna manera, la imagen de la derrota y la desesperanza. Y es un hombre de edad. Por eso entiendo que una amiga, de muy buen corazón, me haya comentado que el señor le causa pena.

Sin embargo, pienso que ese ciudadano viste por su voluntad un uniforme que desde hace muchos años se ha convertido en una vergüenza, porque no representa la defensa de la patria ante probables agresiones de ejércitos invasores, sino, por el contrario, es un símbolo de la represión y la opresión que cada día se ejercen contra los cubanos en nombre de mentiras y falacias y en defensa, únicamente, de los privilegios de un grupito que, desde el poder, ha secuestrado a la nación y causado demasiados y muy hondos sufrimientos al pueblo que debería defender y proteger.

Si ese señor tuviese un mínimo de dignidad, no vestiría ese uniforme vergonzoso. Tan sencillo como eso.
Nada mejor para confirmar mi reflexión que este texto que el fallecido escritor uruguayo Eduardo Galeano incluyó en una obra preciosa, titulada “El libro de los abrazos”. Espero lo disfruten y comprendan mi sentir.

La función del lector/2

Era el medio siglo de la muerte de César Vallejo, y hubo celebraciones. En España, Julio Vélez organizó conferencias, seminarios, ediciones y una exposición que ofrecía imágenes del poeta, su tierra, su tiempo y su gente.
Pero en esos días Julio Vélez conoció a José Manuel Castañón; y entonces todo homenaje le resultó enano.
José Manuel Castañón había sido capitán en la guerra española.
Peleando por Franco había perdido una mano y había ganado algunas medallas.
Una noche, poco después de la guerra, el capitán descubrió, por casualidad, un libro prohibido. Se asomó, leyó un verso, leyó dos versos, y ya no pudo desprenderse. El capitán Castañón, héroe del ejército vencedor, pasó toda la noche en vela, atrapado, leyendo y releyendo a César Vallejo, poeta de los vencidos. Y al amanecer de esa noche, renunció al ejército y se negó a cobrar ni una peseta más del gobierno de Franco.
Después, lo metieron preso; y se fue al exilio.

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