El buen trato a los indios y el problema de la libertad tuvo sus partidarios y sus detractores.

El sermón del cuarto domingo de Adviento de 1511 del padre Montesinos levantó una nube de protestas. El superior de los dominicos, fray Pedro de Córdoba, contestó a Diego Colón y a los colonos que lo que Montesinos habla predicado fue de su parecer y consentimiento. Antes habían considerado atentamente lo que habría de decir y determinaron que predicase con entera libertad en bien de los españoles y de los indios.
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A partir de entonces, el buen trato a los indios y el problema de la libertad tuvo sus partidarios y sus detractores. Entre los primeros, el primerísimo, por su fervor exaltado, fue fray Bartolomé de las Casas, dominico también como fray Antonio de Montesinos; pero el nombre de este último no aparece en la larga polémica que había de sostener fray Bartolomé de las Casas. Desde 1514 a 1566, el dominico [15] protector de indios no cesa de alzar su voz en pro de una causa en la que lleva ventaja. El rey, los teólogos y los juristas están de su parte, pero sin el idealismo lascasiano que pide locuras.
La biografía de fray Bartolomé se confunde con la de un batallador o polemista. Las etapas de su vida, desde que se levanta en contra de la llamada tiranía española, son claras: reformador en la Corte española; fracasado colonizador en Venezuela; fraile en La Española; obstructor de guerras en Nicaragua; promotor de la idea de cristianizar a los indios de Chiapas (Guatemala) por medios pacíficos exclusivamente; agitador en la Corte de Carlos V, a favor de las nuevas leyes; obispo de Chiapas y siempre escritor de libros de Historia y de Teología, sin ser nunca historiador ni teólogo. Las obras más famosas de fray Bartolomé de las Casas están escritas en las dos últimas décadas de su vida. El mismo autor dice: «Yo e escripto muchos pliegos de papel y passan de dos mill en latín y en romance.» Son memoriales, cartas, historias, opúsculos teológicos, disquisiciones políticas y otra serie de obras en que la mente del dominico se fanatiza en un empeño decidido de demostrar a todas luces que el indio es libre y el conquistador un tirano. En España, todos o casi todos estaban convencidos de la primera parte de su aserto. Los teólogos influyeron para introducir el espíritu cristiano en el Derecho indiano. Los reyes defendían en sus cédulas la libertad de los indios, pero permitían los repartimientos, porque eran conformes al derecho humano y al divino. Sin embargo, antes de establecerlos, consultaron con teólogos y con juristas. Las leyes de Burgos del 27 de diciembre de 1512 establecieron los mismos principios de libertad, sancionando con carácter general el sistema de repartimientos y dando garantías encaminadas al buen trato de los indios.
Isabel la Católica, en las instrucciones dadas a los conquistadores, dice: «Sepades que el Rey mi señor y yo, con celo que todas las personas viven y están en las Islas, en Tierra firme del mar Océano, fuesen cristianos y se redujesen a nuestra santa fe católica, hovímos mandado por nuestra carta que persona, ni personas algunas, de las que por nuestro mandado fuesen a las dichas Islas e Tierra firme, no fuese osado de prender, ni cautivar a ninguna, ni alguna persona, ni personas de los indios de las dichas Islas e Tierra firme del dicho mar Océano, para los traer a estos mis reinos, ni para los llevar a otras partes algunas, ni las ficiesen otro ningún mal, ni daño en sus personas, ni en sus bienes, so ciertas penas, en la dicha nuestra carta contenidas.»
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La lucha por la libertad se entabla partiendo de la teoría aristotélica según la cual cierta clase de seres humanos son esclavos por naturaleza. Las Casas no se conforma con este postulado del filósofo e interpone la autoridad de Cicerón para mostrarnos el caso de un pueblo salvaje, convertido a la vida civilizada, gracias a los esfuerzos de un sabio que les hizo cambiar de vida y llevar una existencia racional por métodos pacíficos. Su conclusión es que con la doctrina cristiana se hubiera conseguido lo mismo y de un modo más fácil. [16]
El plantel de teólogos españoles, famoso en todas las Universidades europeas, interviene en el asunto para dar doctrina. Es un ejemplo claro de que España no sólo no se desentiende del problema, sino que lo afronta valientemente, aplicando un criterio cristiano. El abate Nuix reconoce esta labor heroica cuando dice:
«Al principio de los descubrimientos se cometieron injusticias y crueldades, las cuales, sin embargo, tuvo España la humanidad y el honor de descubrir y confesar la primera y de procurar pronto remedio con la mayor severidad de las leyes.»
Domingo de Soto, Bartolomé de Carranza, Bernardino de Arévalo, Pedro de Aragón, Salinas, Báñez, Cano, Francisco de Vitoria, Martín de Ledesma, el doctor Navarra, los salmanticenses que llenan el siglo XVI y la primera mitad del XVII, y todos los demás teólogos y juristas abordan el problema de la libertad de los indios y de sus derechos para dibujar el orden más conveniente, conforme a la justicia y a la razón, en el proceso histórico de las conquistas, descubrimientos y poblaciones que se hicieron en Indias.
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Mientras que Juan Ginés de Sepúlveda sostenía que se puede hacer la guerra a los infieles para apartarlos de la idolatría y costumbres inhumanas, predicándoles después el Evangelio, Las Casas pretendía demostrar que esa guerra, a pesar de estar dirigida a la conversión de los indios infieles, era injusta, puesto que el fin –la conversión– no justifica los medios –la guerra–. Sepúlveda, humanista cordobés y cronista del emperador, se apoyaba en la citada teoría filosófica de la sumisión por las armas, si no se podía hacer de otro modo, a los que eran esclavos por naturaleza.
Los más célebres filósofos de la antigüedad habían enseñado que, por ley natural, es justo hacer la guerra a los esclavos, si se resisten a aceptar el dominio de los hombres libres. Esta teoría, desarrollada en el Democrates Secundus, fue rechazada en la Junta de profesores de las Universidades de Salamanca y Alcalá de Henares. Los 14 doctores, teólogos y juristas, presididos por fray Domingo de Soto, además de condenar la teoría de Sepúlveda, no creyeron conveniente la publicación del opúsculo De justis belli causis.

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