Enseñamos a nuestros hijos cómo resolver una ecuación compleja, pero no cómo gestionar la ira, el miedo o la tristeza

 

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¿Dónde estudió y qué hizo en Cuba antes de emigrar?

En Cuba me gradué en Historia del Arte por la Universidad de Oriente. Desde los ocho años ya hacía programas infantiles y juveniles en la radio. En principio, pensé estudiar periodismo, pero esa carrera era bastante frustrante allí. Así que estuve en la radio y la televisión mucho tiempo, tanto en mi natal Santiago de Cuba como en La Habana. Sobre todo, con programas de entretenimiento y participación. También estudié animación turística y presenté espectáculos en hoteles y cabarets.

¿Cuando salió de Cuba a los 29 años atravesó momentos duros en Canadá, donde, según ha relatado, hizo diversos trabajos y llegó a pedir limosna para sobrevivir. ¿Cuánto ha forjado su carácter dejar atrás su país y comenzar de nuevo?

He emigrado varias veces, pero la etapa más difícil fue comenzar fuera de Cuba, en un país muy diferente, como Canadá, y con un idioma que no conocía. Indiscutiblemente, ese proceso está íntimamente ligado a mi historia personal. Lo veo como parte de mi crecimiento, como un eslabón fundamental contra el ego, como un resultado concreto de la cultura del esfuerzo. Trabajar como un (mal) camarero en un restaurante, dormir en el suelo, pedir limosna… Éstas son las cosas que validan mis tesis sobre el empoderamiento. Cuando invito a las personas a que dejen de victimizarse y de responsabilizar a los demás por sus problemas, lo hago desde la experiencia propia; y no como un gurú que se ha aprendido un libro de memoria.

Su trayectoria ha sido fulgurante. En Canadá completó sus estudios periodísticos y en poco tiempo se convirtió en una estrella de CNN en español con su propio programa de entrevistas y desarrolló otra faceta como autor motivacional. ¿Cómo evolucionó en este sentido y cuánto ha influido en su vocación de comunicador a la hora de llegar a la gente?

Lo de ‘poco tiempo’ es relativo. Empecé a colaborar con CNN en español en 2001, cuando hice una pasantía en Atlanta y propuse colaborar desde Toronto, una ciudad en la que no tenían a nadie trabajando. Así cubrí la visita de Juan Pablo II a Canadá. Luego me mudé a EEUU, e hice muchas madrugadas y fines de semana en boletines informativos, y todas las sustituciones que aparecían. En esa etapa aprendí muchísimo. En 2010, casi nueve años después, Cynthia Hudson asumió la dirección de la cadena con un concepto muy renovador, y me propuso presentar el magazine matutino. Yo le hice otra propuesta sobre un programa de entrevistas, que fue aceptada. Y así surgió Cala en el ‘prime time’. Siempre desconfío de los éxitos que llegan con prisas. Todo tiene un tiempo, un por qué, y ese camino resulta enriquecedor. Ahora me siento más un comunicador que un periodista. Y escuchar atentamente a mis entrevistados ha sido como estudiar, quizás, varias carreras universitarias en sólo cinco años.

Ha dicho que su inicio en la meditación le llegó por desesperación y no por inspiración. ¿Qué vivencia personal le impulsó a explorar este lado de su persona?

A mí en el colegio me decían Fosforito. Era muy inquieto. Jamás pensé que iba a verme meditando. La sociedad en la que vivimos, que nos exige cada vez más y nos genera grandes dosis de estrés, hizo que me encontrara con las herramientas de inspiración. Un día vi en la televisión de Toronto un anuncio sobre cursos de Tony Robbins. El vídeo costaba 300 dólares. Yo no sabía si dedicar ese dinero a pagar el alquiler de mi habitación o si comprarme el curso. Y créeme que fue una de las mejores inversiones de mi vida. En aquellos tiempos lo estaba pasando muy mal. También recuerdo que en un televisor destartalado, que recogí en la calle y se veía solo en verde, conocí a Oprah Winfrey. Ella fue una gran influencia para mí.

Hábleme de su encuentro con Deepak Chopra, una de las figuras más influyentes en el ámbito del bienestar personal y la autoayuda. ¿Qué aprendió de él?

 

A Deepak lo conocí en Venezuela. Compartimos escenario y entonces aproveché para decirle que lo admiraba mucho y que mi sueño sería hacer sus meditaciones para el público hispanohablante. Y entonces me dijo: «Pues hagámoslo». A partir de ahí hemos convocado ya, con un éxito de cientos de miles de personas, varios retos de 21 días de meditación, entre ellos Creando abundancia, Salud perfecta y Destino extraordinario. De Deepak he aprendido, sobre todo, las ventajas de la meditación para equilibrar cuerpo, mente y espíritu. Y además, la estrecha vinculación de estos métodos con la ciencia, porque él es médico, experto en técnica occidental y también ayurvédica. La mejor mezcla para enfocar el tema.

Es autor de libros de autoayuda y testimoniales que se han convertido en verdaderos best sellers. Uno de ellos, Un buen hijo de P, reivindica lo que para usted son las tres P fundamentales: Pasión, Paciencia y Perseverancia. ¿Cuáles son los mayores obstáculos para alcanzarlas?

Las tres características me han acompañado en las últimas décadas: pasión, paciencia y perseverancia. La irreverencia del título busca despertar, sobre todo en el lector más joven, el interés por crecer, por revisar sus patrones de pensamiento, por estudiar su historia de vida y darle un sentido positivo. Un buen hijo de P es una fábula inspiracional, con personajes que cuentan una historia y tienen ante sí el reto de romper paradigmas. En mi caso, tuve que romper con la idea de un destino predeterminado, supuestamente imposible de transformar. También rompí con la herencia familiar de enfermedades mentales, que parecían inevitables. Y con un patrón muy importante: rompí con la idea de juzgar a los demás. El mayor obstáculo para conseguir el balance de pasión, paciencia y perseverancia en la vida es uno mismo. No paramos de mirar hacia otro lado, o hacia arriba, buscando lo que en realidad tenemos dentro.

A diferencia del mundo anglosajón, donde los libros de autoayuda y los autores motivacionales o ‘life coach’ están muy extendidos, en el ámbito hispano hay más escepticismo. ¿A qué se debe? ¿Eso ha cambiado?

Hay mucho por hacer, aunque en el mundo hispano ya hay excelentes inspiradores. Hay gente que cree que un autor inspiracional o conferenciante es un vendedor de humo. Muchas veces se trata despectivamente a la literatura de autoayuda. A mí me gustaría preguntarles a los que piensan así: ¿Qué ven de malo en intentar que cambiemos interiormente, que seamos mejores personas, que abandonemos el ego, que compartamos más, que acumulemos menos objetos materiales? El tema ha avanzado bastante, pero aún hay muchas personas pensando hacia fuera y hacia arriba, y no hacia dentro.

En una sociedad donde el estrés es habitual, quienes buscan serenidad no saben si escoger entre yoga, meditación o mindfulness. ¿Qué aconseja usted?

No hay por qué casarse con un solo método, porque todo tiene su tiempo o su lugar. Yo he probado muchos y hoy en día dedico bastante tiempo a la meditación. Pero el estrés no se resuelve si meditamos y luego volvemos a la carrera loca de la vida. Por eso me gusta la tesis de mi amigo Carl Honoré, autor del libro Elogio de la lentitud. Hasta que no entendamos que necesitamos tiempo para nosotros mismos, no conseguiremos domar el estrés. Hay que incluir el bienestar personal en la lista de prioridades. Tiempo para nosotros, más atención a la preparación de la mente y compartir más.

En este mundo tecnológico proliferan las APP de autoayuda y meditación. ¿Tiene Cala una APP? ¿Se puede llegar igual a la gente por las redes sociales?

Las redes son como la vida misma. Hay de todo. Son una fuente importante de interacción con mis asociados, como yo llamo a los seguidores. Y creo que un buen instrumento para despertar la conciencia, pero no son el remedio. Una frase puede llamar la atención, pero luego debe venir un proceso de aprendizaje. Mi trabajo lo complemento a través de la web IsmaelCala.com y mis cuentas en redes sociales, sobre todo en @CALA, donde interactúo con 2,6 millones de personas. La mayor satisfacción es pararse ante un auditorio de miles de personas y apreciar cómo la gente reacciona a lo que uno dice, cómo le va cambiando el rostro hacia lo positivo. Eso es insustituible.

Su nuevo libro se titula ‘El analfabeto emocional’ y si hay algo de lo que se habla es de la importancia de la inteligencia emocional. ¿Está repartida por igual entre hombres y mujeres?

 

Hay rasgos que son comunes a ambos sexos. El auténtico problema es que la inteligencia emocional sigue ausente de nuestros sistemas educativos. Enseñamos a nuestros hijos cómo resolver una ecuación compleja, pero no cómo gestionar la ira, el miedo o la tristeza. Ya en España hay experiencias interesantes, y de eso hablo en mi libro. También en otros países de América Latina, como México y Argentina. Hombres y mujeres comparten los mismos problemas, aunque, en mi opinión, la mujer, como ha tenido que luchar históricamente contra la desigualdad, contra viento y marea, se ha convertido en un ser más fuerte, emocionalmente . Los roles que la sociedad nos exige, de forma cruel, tampoco han ayudado demasiado. Eso de que la mujer sí puede expresar sus emociones en público, pero el hombre no, porque lo rebaja, es una cuestión que debería resolver la educación.

 

Gina Montaner, El Mundo

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