Jean-Paul Belmondo: Mil vidas mejor que una

La relación de sus conquistas eróticas lo menos que dan es envidia. Entre sus brazos tuvo para sus más tórridas secuencias cinematográficas a estrellas como Gina Lollobrígida, Sofia Loren, Brigitte Bardot, Catherine Deneuve, Jean Seberg, Anna Karenina, Françoise Dorleac, Sophie Marceau…

El pasado mes de septiembre Jean-Paul Belmondo apareció en la sala de prensa del Palacio del Festival de Cine de Venecia sostenido por dos personas que lo llevaban, a cada lado, del brazo, pues no podía sostenerse en pie por sí mismo.

Imagen patética, sin duda, de un galán que en otro tiempo conquistara en sus películas a las más hermosas mujeres de su tiempo, trasladando a su esfera privada un sinfín de amores y devaneos. Ahora se presentaba haciendo unas muecas para esbozar el rictus de una sonrisa, hablando muy despacio, entrecortadamente, notablemente debilitado en suma. ¡Ay, el pasado! Le preguntaron qué esperaba de la vida y respondió que ya había hecho todo lo que quiso y que ahora sólo confiaba en tomar el sol y contemplar el mar. El sueño plácido de quien tuvo una vida llena de constantes aventuras, dentro y fuera de la pantalla.

El reposo del guerrero…

Acaban de publicarse sus memorias en Francia con el título Mil vidas mejor que una. Ahí se condensa su forma de pensar, su manera de vivir. Hijo de un conocido escultor que lo llevaba junto a sus hermanos todos los domingos al Louvre, prefirió dedicarse al teatro y al cine en vez de culminar una carrera universitaria. Muchas de sus películas dieron la vuelta al mundo: “Al final de la escapada”, trampolín de éxitos sucesivos, como El hombre de Río, Pierrot el loco, La sirena del Mississippi, Borsalino… Medio centenar de filmes en los que, por lo común, ejercía de despreocupado aventurero, envuelto en peleas, robos y trifulcas las más de las veces fuera de la ley, pero como muchos héroes decidido a deshacer entuertos e implantar su particular modo de ejercer la justicia. En ese tipo de cine rivalizó con el que hacía su buen amigo Alain Delon. Sólo que éste iba más en plan de divo, de guapo oficial de la Francia del celuloide, en tanto Jean-Paul Belmondo imponía su físico de boxeador casi sonado, desvergonzado, pícaro y canalla. Las mujeres, lo adoraban. Hizo fortuna su leyenda del “feo más atractivo del cine galo“. Y entre sus brazos tuvo para sus más tórridas secuencias cinematográficas a estrellas como Gina Lollobrígida, Sofia Loren, Brigitte Bardot, Catherine Deneuve, Jean Seberg, Anna Karenina, Françoise Dorleac, Sophie Marceau… A algunas de las citadas las convenció para prolongar aquellas escenas de amor fuera de los estudios, que al parecer fueron los casos de B.B y la Deneuve.

Hispanista revivido.