Por Wilfredo Cancio Isla

El periodista cubano José Ignacio Rivero La Habana (28/10/1920- Miami 03/08/2011), el último patriarca de la dinastía familiar que publicó el Diario de la Marina (1832-1960), era el símbolo de una época de hidalguía periodística, pasión ideológica y caballerosidad inclaudicable que él representó hasta el final de su existencia, aferrado al patriotismo, la fe católica y la memoria de su tiempo.

En medio de la arrolladora avalancha revolucionaria de 1959, fue Rivero quien enfrentó, con actitud quijotesca, a Fidel Castro y denunció desde los primeros momentos el rumbo comunista que tomaba el proceso.

“Pepinillo’ -que es como se le identificaba popularmente- comenzó a publicar una sección titulada Relámpagos bajo el seudónimo de Vulcano, con fuertes críticas a la implantación de un régimen totalitario en el país.

El enfrentamiento vertical y las denuncias contra la revolución castrista desembocaron en la ocupación del edificio del periódico en Prado y Teniente Rey por una cuadrilla de milicianos armados, el 10 de mayo de 1960, y en un “entierro simbólico” con un acto multitudinario en la escalinata de la Universidad de La Habana.

Se ponía fin al periódico más antiguo de la América hispana, inaugurado el 16 de septiembre de 1832 durante la dominación colonial española de la isla.

Rumbo al exilio

Rivero presenció la movilización popular por televisión, ya asilado en la Embajada de Perú en La Habana. El 26 de mayo de 1960 abandonaría para siempre el país adonde soñó regresar por los últimos 51 años.

“El féretro tenía mi nombre y Raúl Castro afirmó allí que no importaba que yo me fuera al extranjero, que me irían a buscar donde estuviera’, recordó Rivero en una entrevista del 2009.

Nacido en La Habana el 28 de octubre de 1920, Rivero creció en el seno de una acaudalada familia de inmigrantes asturianos que le inculcaron los valores conservadores y la educación católica.

Cursó estudios en el Colegio de Belén en La Habana y fue enviado por su familia a Estados Unidos para cumplir el bachillerato en el  Choate High School, de Wallingford, Connecticut.

Luego de graduarse de Periodismo en la prestigiosa Universidad de Marquette, Estados Unidos, en 1943, Rivero se vio pronto ante el reto de asumir la dirección  del periódico con apenas 25 años. Había muerto su padre, José Ignacio Rivero Alonso “Pepín”, el afamado columnista de “Impresiones’ y a su vez heredero de una legado familiar que inauguró el asturiano don Nicolás Rivero Muñiz en 1895.

Sustituyó entonces al prestigioso historiador Ramiro Guerra, quien asumió temporalmente la dirección del rotativo tras el fallecimiento de Pepín, en 1944. No podía imaginarse que le tocaría encarar la más azarosa etapa de la publicación, marcada por accidentes históricos de trascendental impacto en la vida de la nación como el golpe de Estado de Fulgencio Batista, en 1952, y la lucha guerrillera que llevó al poder a Fidel Castro en 1959.

En 1952, bajo el liderazgo del joven Rivero, el Diario de la Marina había concluido la construcción de su nuevo edificio y la instalación de modernas máquinas de impresión a un costo de $4 millones de dólares. Tras su cierre, la instalación fue destinada al periódico Hoy, órgano del Partido Socialista Popular (comunista), desaparecido cinco años más tarde, y luego sede del diario Juventud Rebelde hasta 1985.

“Le tocó dirigir al Diario de la Marina en los días de mayor turbulencia de la historia cubana”, comentó en Miami Oscar Grau, secretario personal de Rivero desde 1944. “Para mí, José Ignacio fue más que un amigo, un verdadero hermano”.

Grau conversó con Rivero la tarde de este martes. “Se fue apagando lentamente, se deterioró mucho después de la muerte de su esposa, que fue su único amor y compañera por 67 años de matrimonio”, contó.

Fue Grau quien atinó a rescatar el crucifijo de marfil que colgaba en el despacho de Rivero y escapó por la azotea cuando el edificio del diario fue ocupado por fuerzas gubernamentales. En el exilio le sirvió como fiel asistente fiel hasta horas antes de la muerte de quien siempre llamó como “El Director”.

Fin de las esperanzas

Tras su llegada al exilio, Rivero publicó un Diario de la Marina con frecuencia semanal, realizado desde una oficina de Miami Beach. Tras el fracaso de la invasión de Bahía de Cochinos, en abril de 1961, decidió cerrar la edición.

“Allí se acabaron nuestras esperanzas de un pronto regreso a Cuba’, me dijo en una entrevista en el 2009.

Durante esos primeros años de exilio publicó también las revistas Impresiones, Foto Impresiones y Relámpagos.

Entre sus proyectos periodísticos posteriores estuvo la dirección de ABC de las Américas, un proyecto patrocinado por el diario español ABC, y publicado en Washington y Puerto Rico. Rivero mentuvo una larga y entrañable amistad con Torcuato Luca de Tena, ex director del diario español.

En 1973 fue nombrado por Prensa Española S.A. como corresponsal político y diplomático en Washington.

También se desempeño como consejero de asuntos latinoamericanos para la reconocida firma Carl Loeb Rhoades, en Nueva York.

Como columnista, Rivero mantuvo colaboración con los principales periódicos de América Latina y España. Sus artículos se publicaron en Diario de Yucatán y El Porvenir, en México; ABC y Ya, en Madrid.

Rivero consolidó además una larga trayectoria como articulista semanal de Diario Las Américas, en Miami.

Es autor de los libros Prado y Teniente Rey (1983), Contra viento y marea (1990) y Biografía de un crimen (2009). En fase final de edición dejó Ex corde (Del corazón), un volumen de reflexiones y pensamientos acumulados a los largo de su vida.

El sueño de volver

Rivero fue reconocido con múltiples condecoraciones cívicas, profesionales y religiosas a nivel internacional. Ostentaba la Gran Cruz de Isabel la Católica, Grado Máximo de la Cruz Roja, la Gran Cruz de San Gregorio El Magno, el título de Caballero de la Orden del Santo Sepulcro y la Medalla Pro Eclesia et Pontifie, estás dos últimas otorgadas por el Vaticano.

Fue nombrado Doctor Honoris Causa por la Universidad Católica de Villanueva, en La Habana, y por la Universidad de Marquette, en Wisconsin.

En 1960, la Sociedad Internamericana de Prensa (SIP) le otorgó la distinción de Héroe de la Libertad de Prensa.

Nunca abandonó la quimera del renacimiento del Diario de la Marina en una Cuba futura.

“En una Cuba con plena libertad y democracia, el periódico tendrá que resurgir con más patriotrismo que nunca’, aseveró. “Tengo la convicción muy dentro de mí que no seré yo, pero que algunos de mis descendientes recuperarán la legítima propiedad del periódico y del edificio, y que sacaremos el Diario de la Marina otra vez en La Habana’.

 

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