París, 7 de diciembre de 2016.

Querida Ofelia :

¿Te acuerdas de Julita? Fue una gran amiga de mi adolescencia habanera, hasta que logró escapar con sus padres de “La Isla del doctor Castro” por el puente aéreo de Varadero en el 1966. Sus ojos color esmeralda eran de un esplendor poco habitual, lo que causaba que cualquier chico sucumbiera a sus miradas. ¡Ah! ¡Qué chica tan hermosa!

Pues  bien, estuvo aquí en París. Me llamó desesperada desde el aeropuerto Charles de Gaulle, en el que fue abandonada después de haber sido seducida por Giordano.

Lógicamente, ella me autorizó a contarte lo ocurrido. De todas formas me dijo que siempre había considerado como ganado en experiencia todo lo que había vivido, hasta incluso el  día en que en la calle Neptuno esquina a  Águila, esperaba el autobús 32 para ir a su casa en El Vedado y se subió al 43. Como iba leyendo, solo se dio cuenta de la equivocación cuando el autobús llegó a la estación terminal en La Lisa.

En Cuba solo tuvo una gran love story, fue con Manolito; iban juntos los domingos a los conciertos del Auditorium,  al cine Riviera y acostumbraban ir a merendar en El Carmelo de Calzada. Todo fue muy feliz hasta que un día lo vio en el jardín de su casa de la calle 18 en El Vedado, besándose con otro chico. Fue su primera gran decepción amorosa.

En tierras Libres de los EE.UU. tuvo muchas decepciones más, pues me contó que se había casado seis veces, pero como siempre se había tomado un buen tiempo para reflexionar esperando darle un buen padre a su hijo, ahora a los 65 años no tiene ninguno.

Hace dos años el amor tocó de nuevo a su puerta. Había ido a recoger la dentadura postiza de su madre que el dentista había enviado a reparar, ya que se le había caído un diente. Ella subió a su coche con la dentadura  en una cajita. Llevaba consigo también a  Chini, el bello perrito al que siempre ponía Pampers por motivos de higiene – Julita vive obsesionada por la limpieza- . Les habría un orificio  por donde pasaba el rabito de Chini, para que así pudiera  hacer pipí sin dificultad.

Hace dos años se detuvo en un banco de “Jaialía” para sacar dinero.  Al salir de éste, subió al coche y cuando encendió el motor, un hombre se le acercó a la ventanilla esbozando una ligera sonrisa mientras le afirmaba: – Señora, tiene ponchada la rueda de atrás.

Julita bajó del auto sin percatarse de la trampa en que había caído.  El hombre la guió y le dijo: –Mire es esta goma. En un instante otro hombre subió al auto y partió velozmente, llevándose también su cartera, que había colocado a su lado, a Chini y la caja con la dentadura postiza de Doña Aurelia.

Julita se paralizó y no se percató que el delincuente que le había hecho bajar ingenuamente de su coche, también se había ido en una moto.

Se puso a llorar, paralizada en pleno aparcamiento. Pero ocurrió una especie de milagro. Un hombre muy apuesto – en Francia se diría: “bello como un dios griego”-, se le acercó, la consoló, le propuso llevarla hasta su casa. Ella aceptó y… como parece que aquel día Cupido volaba sobre “Jaialía”, Julita se enamoró perdidamente –de nuevo-, ahora  de Giordano.

La pérdida de Chini le afectó mucho, a tal punto que cuando veía la caja de Pampers se le saltaban las lágrimas, por ello decidió comprarse otro perrito al cual puso como nombre Gianni – idea de Giordano- y así, de nuevo, comenzó a abrirle los huequitos a los Pampers para que Gianni pudiera sacar el rabito.

La que fue una especie de tragedia griega fue la que se formó cuando le anunció a Doña Aurelia que le habían robado su dentadura postiza. La pobre señora suspendió todas las visitas y salidas hasta que el dentista le hizo una nueva, salvo las de las misas los domingos, pero se sentaba en la última fila, llegaba comenzada la misa y se iba de prisa, para que ninguna de sus viejas amigas la viera desdentada.

Giordano se convirtió en el guarda  espaldas –y de todo lo demás- de Julita. Ella creyó que al fin el gran amor había tocado a su puerta. El italiano la convenció para que invirtiera en los viñedos que su familia poseía en Sicilia. Le mostraba las fotos de las bellas casas antiguas que su familia poseía en Taormina y Cefalú y de su apartamento parisino situado en el elegante barrio de Neuilly-sur-Seine.

Julita invirtió  sus ahorros y hasta hipotecó su residencia miamense. Llegó el día de partir hacia Palermo, vía París, en donde pasarían varios días antes de continuar viaje hacia la espléndida Sicilia, en donde conocería a la familia de su latin lover y preparían la boda.

Al llegar al aeropuerto Charles de Gaulle, el mes pasado, después de recoger las maletas, Giordano le dijo: – Espérame aquí, voy a buscar el carro que alquilé desde Miami para ir hacia mi apartamento.

Comenzó a pasar el tiempo y ella a preocuparse. Pensó en un accidente, un asalto, un secuestro, fue a la policía del aeropuerto. Decidió llamarlo a su teléfono celular, pero no respondía. Recordó que tenía el teléfono del hermano siciliano de Giordano, con el cual nunca había hablado, pues éste le decía que en su familia nadie hablaba español ni inglés. Una voz italiana respondió: -Pronto.

Julita repitió muy despacio en español lo que le había ocurrido, pero nadie comprendía, le pasaron a varias personas, hasta que al fin alguien comprendió y le respondió: – Giordano è un grandissimo figlio di puttana, Fortunata lei si lui è partito. Ringrazia Dio!

La pobre Julita, seducida y abandonada decidió llamarme por teléfono. Mi esposa me acompañó al aeropuerto. Tratamos de ayudarla, de consolarla, la invitamos a que se quedara unos días en casa. Pero ella solo quería volver a su hogar. Al día siguiente la acompañamos de nuevo al Charles de Gaulle y partió hacia Miami.

Ayer hablé con ella por teléfono, me dijo que estaba  locamente enamorada de un venezolano rico de cuarenta años, que había llegado a Miami huyendo de Maduro. Lo tiene hospedado en su casa pues aún él no ha logrado sacar el dinero de Caracas. Piensa casarse –por séptima vez-. Ella cree que esta vez será la última.

A Julita le quedan los espléndidos ojos de esmeraldas, una sonrisa maravillosa y la ingenuidad que la ha llevado a la eterna búsqueda del gran amor.

Un gran abrazo desde La Ciudad Luz,

Félix José Hernández.

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