Tarde, de madrugada, regresaba al cuartucho en La Habana Vieja, medio dormida en la ruta 58, junto a un guagüero y al borracho habitual que atendía en la cafetería del Hospital Naval.

Cada tarde me escapaba de la escuela, tomaba la ruta 58 y me fugaba hacia el poblado de Cojímar; desde el Preventorio me iba quitando la ropa, la hacía un churro, lo lanzaba en el portal de la casa de mis primos, y corría loma abajo con una bolsa de nailon en la mano -eufórica hacia el mar.

Cruzaba a puro remo el brazo de playa agreste, el botecito siempre estaba allí varado para el que lo necesitara; y desembarcaba en El Golfito. Después de nadar en las aguas tórridas, y de dejarme acariciar las piernas por coloridos peces, me sentaba en una roca a otear el horizonte y a masticar orugas saladas. Ahí empezó mi curiosidad por la biología marina.

Al rato, caminaba en dirección al parque abandonado; entre trastos viejos imaginaba mil y un encuentros con personajes extraordinarios.

A la sombra de un sicómoro –no era un sicómoro, pero como los sicómoros son los árboles de los sueños, siempre se me antojaba que aquella ceiba lo sería-, extraía del nailon cerrado con el candado de plástico el libro de ‘Alicia en el país de las maravillas’, de Lewis Carroll, y me transportaba al mundo -para mi surrealista- de sonrisas que vuelan, reinas que decapitan por un sí o por un no, naipes que hablan, conejos que se pasean con relojes de bolsillo, y todo lo más divino que humano que existe en el mundo tan matemático como poético de Carroll.

Aquella ceiba mutada en sicómoro se entreabría, sus raíces se transformaban en aceitosas piernas de mujer, surcadas de fabulosas venas azules, y yo regresaba a un útero esponjoso, a través de un angosto agujero, en el que iba cayendo tridimensionalmente y sin fin, como en la película de Tim Burton. Esa caída me conducía al otro extremo del mundo. Emergía en China, en un poblado de Sichuán –donde nació mi abuelo-; renacía de las piernas de otra mujer, de las raíces de otro sicómoro, que en verdad se asemejaba a otra ceiba, quizás era la misma, o sea, el mismo árbol.

La Alicia que yo fui buscaba dátiles y hallaba uvas caletas, volvía con las rodillas heridas de los guisasos de caballo creyendo que eran arañazos de raros animales de un bestiario medioeval, pisoteaba las semillas y los boliches con encono, y bailoteaba al compás de su íntima resonancia en la eternidad del aroma salitroso.

Enterraba los dedos en el vientre de los tiburones, abiertos a tajazos en la fábrica de colmillos, en La Tiburonera, y dibujaba en las paredes con las tripas de los escualos teñidas de sangre y brea. Escribía desde entonces, tentada por la ilusión de hacer coincidir a Pinocho con Alicia, en el vientre de la ballena, la de Moby Dick, por supuesto; y suspiraba inventándome a un padre que se pareciera a Geppetto, o al capitán Ahab.

Tarde, de madrugada, regresaba al cuartucho en La Habana Vieja, medio dormida en la ruta 58, junto a un guagüero y al borracho habitual que atendía en la cafetería del Hospital Naval.

Mi madre, camarera de la cafetería América, trabajaba hasta las dos en el turno de la noche. Yo llegaba a las dos menos cinco; oliente a sol, tostada por arriba y por abajo y por los costados, los tenis blancos de a seis pesos manchados de musgo y grasa. Me acostaba vestida con el uniforme, el pelo empegostado y el pecho oprimido.

La cerradura traqueteaba. Mamá me besaba en la frente, suspiraba. Yo me hacía la dormida, hasta que me dormía de verdad. Soñaba con la verdadera Alicia, con el gato de Cheshire, con naipes que recitaban en mi idioma oculto, ingeniado por mi para poder entendernos en secreto con algunos iniciados de mi cofradía oculta. Pero al rato, mi madre me despertaba con sus suaves regaños:

-Sé dónde estuviste, y que faltaste de nuevo a la escuela, ¿A quién crees que vas a engañar?

Eso era cuando tenía un buen día, de lo contrario, el palo de trapear hacía estragos en mi cabeza ya de por sí repleta de chichones.

A la mañana siguiente, en la escuela, debía saludar la bandera, repetir como una autómata aquella oscura jaculatoria de que seríamos como el argentino asesino de cubanos. El día se me hacía más lento que la muerte, y mientras el pizarrón se atiborraba de consignas y de aburridas fórmulas, yo me transformaba en una ola espumosa que atravesaba el planeta de una punta a la otra, absorbida al final por una estrella.

Zoé Valdés

Foto de Maria Elena Medina, en la escalera de su casa.

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