Ni la huida, pactada o no, del President (que recuerden los flamencos que en los Tercios Españoles también iban catalanes y, como en Túnez, se pagaban con impuestos catalanes), ni la suave intervención, pueden hacernos olvidar la importancia de aprovechar el 155 para abrir un debate imparcial y abierto en Cataluña sobre las verdades y mentiras de la identidad proclamada.

Si atendiéramos la opinión de los historiadores conservadores, que consideran como nación toda construcción pasada de territorio común, administración, ejército propio y gobierno, podríamos dar la razón a la oligarquía catalana que reivindica sus orígenes en la rebeldía de Guifré el Pilos, alrededor del año 900, o la de Borrell II del Imperio Carolingio al que pertenecía Cataluña, también reconocer su período de esplendor junto a Aragón en la expansión por el Mediterráneo o en el hecho histórico de la creación por Pedro el Ceremonioso en 1365 de la Generalitat de Catalunya, los desastres de la peste negra y la revolución de los payeses controlada por Fernando el Católico.

Es bueno, también, poner sobre el tablero, que la llamada revolución de 1640, con los campesinos tomando Barcelona, terminó con la entrega, por el propio presidente de la Generalitat, Pau Clarís, de Cataluña al rey de Francia, que asumió el título de Conde de Barcelona.

Lo extraño del debate es que partidos modernos como Ezquerra Republicana o la CUP acepten este nacionalismo como verdadero, porque por ideología deberían aceptar el comcepto de nación de los historiadores modernos y lo que al respecto exige el Derecho Internacional.

Para los historiadores modernos, que reconocen muchas épocas de nuestra historia, desde la existencia de la Iberia de los griegos, la Hispania de los romanos, el reino visigodo, los reinados de la época imperal y la decandencia, como Estados-Nación reales, pero jerarquizados, y carentes de la legitimidad popular, las naciones que pueden considerarse como tal son aquellas en cuyo contrato social han participado en libertad todos los ciudadanos sin excepciones, y así lo recogen las normas internacionales.

Son las Cortes de Cádiz las que siguiendo los procesos democráticos de la Inglaterra del siglo XVII y de la Revolución Francesa dan sentido popular y moderno a la Nación-Estado española. Esa es la primera identidad completamente aceptada por todos los ciudadanos españoles, incluidos los españoles catalanes, que formaban parte de ella.

Luego les guste a los catalanes o no, a los de la izquierda debería gustarles más que a los de la derecha, la primera identidad de Cataluña como nación es de fecha reciente, 1812, gracias a las Cortes de Cádiz, formando parte de la Nación-Estado Española.

Nuestra Constitución actual es un refrendo de aquella y recoge de manera nítida, aunque en muchos aspectos habrá que perfeccionarla, que la soberanía reside en el pueblo español. No por bravuconería histórica, sino porque reúne todas las características que el Derecho Internacional exige.

Es posible que a lo largo de la historia Cataluña, sobre todo si España sigue cometiendo errores, tenga una identidad propia como nación, pero, hoy por hoy, no la tiene.

Partido Ibérico (íber)
IBERIA: Maestra de la vida.

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