José Gabriel Barrenechea.
Analicemos la última carta conocida de José Martí: La destinada a Manuel Mercado y que dejara inconclusa a su muerte el 19 de mayo de 1895.
Esta carta es asumida con demasiada frecuencia como el testamento político, antiestadounidense, de José Martí. Pero, ¿lo es en realidad?
Si como casi todos los estudiosos de su vida y obra coinciden, Martí ni se suicidó, ni tenía intención de ello, no cabe darle a estas líneas la trascendencia que implica tratarla como un testamento. No puede en consecuencia considerarse a esta carta más que como una más de las muchas que por esos días escribió quien intentaba sacar adelante la Revolución, y preparar la República.
Es innegable, sin embargo, su singularidad en otro sentido. Mientras casi todas las que escribió tras su arribo a Cuba tenían como destino a generales en campaña o a sus colaboradores más cercanos en el exterior, esta, junto a la carta al New York Herald del 2 de mayo, integra un muy definido grupo aparte.
En ella Martí hace política exterior de la Revolución.
Está destinada a un Subsecretario de Gobernación de Porfirio Díaz, el equivalente contemporáneo cubano de un Viceministro del Interior, y por lo tanto un hombre de la primera línea de la represión porfirista, proverbial por su brutalidad. Al funcionario que ha desempeñado ese cargo con tal eficacia que ha permanecido en él desde 1882, y lo hará aún hasta 1900, cinco años después de la muerte de Martí.
Alguien que es verdad, ha sido su amigo de sus meses mejicanos a mediados de la década de los setenta, pero que no podemos tampoco pasar por alto que es 15 años mayor que él, ya casado, con quien el joven y soltero Martí tenía pocos puntos en común. Alguien a quién ha estado largos años sin ver personalmente (solo por unos pocos días en el verano del 94), y con quien es evidente no coincide en lo esencial de su visión política: Mercado ha terminado en un muy importante y comprometido puesto dentro de la brutal dictadura ante cuya ascensión Martí, en protesta, decidiera dejar suelo mejicano.
Llama la atención que Martí, después de dejar Méjico, no restablecerá contactos epistolares continuos con Mercado sino cuando evidentemente trata de conseguir un espacio en El Partido Liberal, órgano oficial del Porfirato. Para abandonar una actividad laboral que lo ahoga espiritual e intelectualmente, sí, pero sobre todo para ganar una tribuna periodística importantísima para su labor en pro de buscar apoyos en Latinoamérica a la lucha por la independencia de Cuba.
Se reafirma el fin en el fondo utilitario de la relación, al menos desde el lado de Martí (que por su parte y de manera significativa no conservó las respuestas de Mercado, lo que habría permitido saber que animaba en el fondo a aquel), en que cuando ya por su abierto comprometimiento político en los planes para la Guerra Necesaria no pueda seguir colaborando con El Partido Liberal, suspenderá, en enero de 1890, casi por completo el profuso intercambio epistolar que había mantenido con Mercado desde 1882. Para no reanudarlo sino hasta mayo de 1895, y lo más sorprendente, con una carta en extremo prolija dada su misma situación, en que ni el tiempo ni las condiciones le abundaban.
Si nos fijamos, desde su desembarco en Cuba solo las dos destinadas a sus colaboradores más cercanos en el exterior, Gonzalo de Quesada y Benjamín Guerra, o al New York Herald, son comparables en cuanto a dimensiones. Cartas estas para nada personales, con fines utilitarios políticos muy claros.
No perdamos de vista lo en extremo complicado, y sobre todo lo peligroso, de sacar cartas al extranjero desde el campo de la Revolución. En realidad resulta muy difícil de imaginar que un hombre como Martí pretendiera usar el correo de la Revolución, y arriesgar vidas de compatriotas en consecuencia, solo para poder desahogar un tanto el alma con un compadre.
¿Pero si no era un desahogo, o una simple carta a un amigo a quien le cumple por lo mucho que ha demorado en escribirle, si no era tampoco un testamento ni nada parecido, qué hace a esta carta tan importante al punto de que Martí, en medio de la guerra y con una complicada situación política dentro del mismo campo revolucionario, le dedicara las varias horas que debió emplear en pensarla y escribirla, o el que considerara ponerla en papel aun a sabiendas de lo que costaba sacar al exterior cualquier documento? Una pista: El destinatario, su protector mejicano más que su amigo, le ha servido de introductor en una muy probable entrevista personal con Porfirio Díaz, en el verano del año anterior.
Como no tenemos constancia de que se haya efectuado esa entrevista, y mucho menos de lo que se habló allí, solo el análisis del texto, y de su contexto, puede respondernos a estas alturas esa larga pregunta del párrafo superior. Y lo primero que salta a la vista tras una rápida lectura de la carta es la pregunta de si la aplastante mayoría de sus intérpretes han pasado realmente más allá de su primer párrafo. Del consabido: “Cuanto hice hasta hoy, y haré, es para eso…”, tan popularizado no solo por la propaganda gubernamental, sino por muy nombrados estudiosos cubanos de la obra del Maestro.
Martí comienza escribiéndole a Mercado: “Ya puedo escribir, ya puedo decirle con que ternura y agradecimiento y respeto lo quiero, y a esa casa que es mía y mi orgullo y obligación”, lo que en sí no es más que una implícita disculpa por el largo tiempo que no “ha podido hacerle escribir una carta más sobre el papel de carta y periódico que llena al día”, como hacía el final del trunco texto explicita. No ha podido hacerlo en un final porque, como retoma a continuación: “ya estoy todos los días en peligro de dar mi vida por mi país y por mi deber…”. O sea, él no ha podido escribirle porque la misma naturaleza trascendental de su obra, que por cierto lo incluye a él, a Manuel Mercado, como actor principalísimo, no se lo había permitido; al menos hasta ahora.
El primer párrafo funciona por tanto como una carnada para el específico lector de este texto, un Subsecretario de Gobernación de Méjico, con puerta abierta a Porfirio Díaz. Martí pretende ganarse toda la atención de su interlocutor, confabularlo con él desde el mismo inicio de la misiva, y por eso no pierde tiempo e improvisa una ingeniosa disculpa con que restablece distancias, mientras a su vez esa misma disculpa le sirve para introducirle, casi de inmediato y sin transición, en una interpretación de su Vía Crucis existencial. Reforzada por una anonadadora serie de fuertes imágenes poéticas.
Mediante este ardid literario Martí, que era muchísimo más que un intuitivo, presenta su labor por la independencia cubana como un intento más bien de proteger al Méjico de Don Porfirio de una supuesta amenaza norteamericana. Este es el verdadero sentido tras el tan citado “Cuanto hice hasta hoy, y haré, es para eso…”; puro artificio literario para impresionar a quien tan importante es para la independencia de Cuba. Al menos en los planes geopolíticos de Martí.
Para esa fecha Martí ha terminado por comprender que la guerra no será breve, lo que en realidad ya temía desde el fracaso de la expedición de “La Fernandina”. Consecuentemente, no bastaba solo con el dinero de los tabaqueros para financiarla. Por lo que ante la repugnancia de Martí a que la República naciera endeudada por el esfuerzo libertario, se imponía allegar los recursos necesarios, por sobre todo los bélicos, en las repúblicas latinoamericanas. En este caso Méjico, por su cercanía y fácil acceso a la Isla, y por lo imponente de los recursos militares que el Porfirato había reunido en su empeño por convertir a su país en una pequeña potencia regional, debió jugar un papel central en los planes de Martí.
En el segundo párrafo Martí ya pasa a la ofensiva. Mas el político Martí no arrincona. Sus intenciones se nos transparentan en esa frase cortada por guiones de mal engarce gramatical: “Las mismas obligaciones menores y públicas de los pueblos les habrían impedido la adhesión ostensible…” con lo que les ha dejado la puerta abierta a los mencionados pueblos para ayudar sin remordimientos a Cuba en el presente, o en el futuro, aun cuando nada hayan hecho por ella en el pasado (o hayan hecho en su contra, como fue el caso durante la Conferencia Panamericana de 1889).
Pero también los condiciona sutilmente a brindar esa ayuda: El que no lo hayan hecho antes es cierto que se explica por lo dicho, pero de ahora en adelante, cuando ya son conscientes de que alguien se sacrifica por “el bien inmediato y de ellos”, ya no. Negarse a ayudar a quien se ofrenda por cegar la posibilidad de que los pueblos de Nuestra América se anexen al “Norte revuelto y brutal que los desprecia” es ya un crimen, una cobardía. Y claro que si nos hemos dejado impresionar por la exageración que Martí hace no ya de las intenciones de los EE.UU., sino de sus reales posibilidades, un suicidio.
En los párrafos tercero y cuarto Martí rebaja un poco el tono trascendentalista-poético que hasta ahora le ha dado a la carta, y por lo tanto sospechoso para un político tan pasado por todas las aguas como Porfirio Díaz. El núcleo de ellos son los comentarios que, a través de Manuel Mercado, pretende deslizar en los oídos del Tirano: Que según Bryson, corresponsal del New York Herald en Cuba, el Capitán General Martínez Campos le ha asegurado que “llegada la hora, España preferiría entenderse con los Estados Unidos a rendir la Isla a los cubanos”. Pero además, que según el periodista americano, los EE UU tienen muy bien guardado un sustituto para nada menos que el mismo Don Porfirio, el destinatario último real de esta carta sui generis:
“Y aun me habló Bryson más: de un conocido nuestro y de lo que  en el Norte se le cuida, como candidato de los Estados Unidos, para cuando el actual Presidente desaparezca, a la Presidencia de México.”
De seguro para Martí el dictador mejicano no iba a conseguir conciliar el sueño con la misma facilidad tras saber que España preferiría entregarle esa isla, tan estratégicamente situada en medio de los principales caminos que comunicaban a Méjico con el Mundo, nada menos que a los EE UU. Quienes ya no solo parecían guardar apetencias sobre lo que del norte le había dejado a su país el Tratado Guadalupe-Hidalgo, sino que también preparaban candidaturas para sustituirlo; nadie podía asegurarle que solo a su muerte.
Y ya hemos visto cuanto podía ganar la causa de Cuba con ese insomnio inducido en el tirano azteca.
En el quinto párrafo Martí se prepara para la osadía del comienzo del sexto. Para que por una parte pierda un tanto su carácter de importunidad (que lo tiene, y muy pronunciado), pero sin perder no obstante toda su fuerza expresiva. Osadía que, por cierto, sería una mejor elección que el consabido “En silencio ha tenido que ser…” si quisiéramos de alguna manera extractar la carta en una de sus frases. Me refiero a las siguientes líneas:
“Y México, ¿no hallará modo sagaz, efectivo e inmediato, de auxiliar, a tiempo, a quien lo defiende? Si lo hallará,-o yo se lo hallaré.”
La carta toda en realidad gira alrededor de estas líneas. Martí manifiesta su desesperación por el apoyo mejicano, ahora que la guerra no pinta a ser tan corta como creyera cuando la levantó. A pesar de su descripción optimista del estado de la guerra en el sexto párrafo, en su fuero interno sabe que el esfuerzo independentista no será ya tan breve, ni mucho menos tan generoso.
En el análisis de la carta no se puede simplemente pasar de largo sin prestarle atención a un fragmento de ese quinto párrafo. Me refiero a que según Martí los EE UU jamás aceptarán la cesión a ellos, por España, “de un país en guerra”, y dado que la “guerra”, o los revolucionarios que la hacen, no tienen intención de pedir la anexión ni de aceptarla, esa posibilidad se cierra por completo mientras haya guerra, o lo que es lo mismo, revolucionarios sobre las armas. Lo que debemos entender como un subrayado al Méjico Porfirista, para que comprenda que si quieren mantener su flanco derecho sin peligro americano deben apoyar necesariamente a la Revolución.
Pero hay más aquí. Este fragmento nos revela la comprensión clara que Martí tiene de los EE UU, tan distinta de la que han querido endilgarle algunos de sus presuntos seguidores políticos actuales. Para Martí los EE UU, por su naturaleza de nación democrática, fundada sobre las principales libertades humanas, “no pueden contraer… el compromiso odioso y absurdo de abatir por su cuenta y con sus armas una guerra de independencia americana”.
Sobre esta firme creencia se afincaba en buena medida toda su política, que de otra manera, sin este fundamento, no podría más que parecernos que el resultado de los delirios de un loco, o en todo caso de los devaneos intelectuales de un arbitrista de café. ¿Por qué ante las costas mismas de unos EE UU, que supuestamente no tenían en cuenta ninguna consideración ajena ante sus apetencias imperialistas, Martí se atreve a querer fundar una República independiente, cincuenta veces menos poblada que aquella nación? Pues porque Martí no ve a los EE UU de manera tan simplista. Él ha vivido en el Monstruo y le conoce las entrañas; y ya desde el affaire Cutting ha sistematizado cuál debe ser la actitud ante ese gigante: Enfrentarlos con sus propios elementos. Recordemos que para Martí los EE UU son en realidad el resultado del equilibrio de dos elementos enfrentados, uno “tempestuoso y rampante”, y otro de “humanidad y justicia”.
Lo que resta de la no terminada carta, hasta la corta parte “personal”, es en sí una explicación de esta oración: “Yo ya lo habría hallado y propuesto” -el modo discreto de que México auxilie a tiempo a quien lo defiende, a Cuba, se entiende.
Martí explica en definitiva porque no ha hecho ninguna de las dos cosas: La Revolución carece aún de forma jurídica, no es todavía más que un desordenado conjunto de tropas dirigidas por viejos caudillos. Habrá que esperar a que se dé una estructura de gobierno, a que sus fuerzas se organicen en un ejército que responda a ese gobierno. Esta es la tarea del momento, la que una vez terminada permitirá hacer tratados, o acuerdos (casi de seguro secretos) con las naciones latinoamericanas.
Que esté él o no al frente de la futura República en Armas, le aclara a su intermediario mejicano, no es tan importante. Su pensamiento no desaparecería. Pero de todas formas no hay porque preocuparse, “defenderé lo que tengo yo por garantía y servicio de la Revolución”, le escribe a Mercado-Porfirio, y tras estas palabras descubrimos la razón de su prematura muerte en Dos Ríos. El intelectual que ha levantado la Revolución sabe que la única manera que tiene de llevarla por el camino correcto hasta dejarla convertida en República Democrática y Virtuosa, es demostrando su arrojo en el campo de batalla. Mucho depende de que él logre mostrar su valor en el campo de batalla.
Solo que Martí conoce las batallas únicamente por los libros. Es esa la razón de la disparatada carga a que se lanza en medio del confuso combate de Dos Ríos. Mucho sabe que está en juego: Martí es consciente de que en el campo insurrecto solo él comprende que la independencia de Cuba, más que en los campos de batalla, se ganaba en los sutiles acomodos de la Isla entre los muchos poderes globales y regionales de la época. Precisamente la carta que entonces llevaba en uno de los bolsillos de su saco era una poderosa y bien pensada arma en esa sutil batalla.
Una carta dirigida a Don Porfirio, a través de su protector mejicano, Manuel Mercado.

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