La clase alta peruana considera (todavía hoy) que los indios son animales

Queremos que sean tratados como vasallos nuestros de la Corona Real de Castilla, pues lo son

El dominico Garcés, obispo de Tlaxcala, sostuvo un largo debate para conseguir el cumplimiento de la ley de 1531, que prohibía absolutamente la esclavitud. Recurrió el Papa Paulo III, después de agotar otros recursos, y consiguió que el Papa publicara el 29 de mayo de 1537 el Breve Pastorale officium, en el que triunfaba la verdadera conquista. La doctrina del Papa repercutió favorablemente en las nuevas leyes de 1542. Carlos V afirma:
«Item, ordenamos y mandamos de aquí en adelante, aunque sean so título de rebelión, ni por rescate, ni de otra manera, no se puede hacer esclavo indio alguno, y queremos que sean tratados como vasallos nuestros de la Corona Real de Castilla, pues lo son.»
El mismo emperador, en la revisión de cédulas del 20 de diciembre de 1528, reglamentó de [17] tal modo el cautiverio de los indios en la guerra, que superó todas las ideas que entonces circulaban y prevalecían en Europa.
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La reconocida autoridad de Vitoria, seguida por la de sus más aventajados discípulos como Báñez, también se impuso en la discusión. Vitoria consideraba a los indios capaces de dominio y dueños de sus propias haciendas. Si eran hombres, ¿acaso perderían su condición humana por ser infieles, pecadores, incultos y salvajes? Como el dominio no se fundaba en la gracia y tampoco se pierde por el pecado, los indios no dejan de ser legítimos dueños de sus vidas y de sus haciendas por ser infieles. Por lo tanto, los príncipes cristianos no pueden privarle de sus posesiones, excepto en el caso de mediar una injuria, que justifique el castigo. Sólo el descubrimiento de las Indias, unido a otros títulos legítimos, puede ser base de un derecho. Del mismo modo, el P. Matías Paz, predecesor de Vitoria en la Universidad de Salamanca y uno de los catorce maestros de teología que en 1517 intervinieron en favor de los indios en los repartimientos y encomiendas, admite la justa intervención y la guerra. «Cualquier príncipe cristiano –dice– puede inimicos infideles invadere, terrasque eorum iugo, Redemptoris subiicere, ut, nomen eius, ac perinde totius Trinitatis, per universum orbem dilatetur.»
En el siglo XX ha surgido la misma doble pregunta que antaño se formuló en España: Si los indios son seres racionales, ¿pueden ser privados de sus tierras y obligados a trabajar, pagando tributo? Si, por el contrario, son salvajes, ¿no es este hecho una justificación del estatuto español en Indias? La respuesta que ahora da la alta clase peruana, justificando su trato con los indios, es que son animales y no hombres. La misma actitud se observa en un artículo del capitán Elbridge Colby, titulado How to fight savage (Cómo combatir las tribus salvajes), y publicado en American Journal of International Law.
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Cualquier solución que se quiera dar al problema está en España, en las ordenanzas e instituciones protectoras del indio. Unas y otras son fruto de la labor de los teólogos del siglo XVI y del XVII, que, además de surtir las Universidades españolas, fueron repartidos por las capitales más importantes de Europa: París, Roma, Viena, Praga, Coimbra y todas aquellas constituidas en foco de cultura. En Lovaina enseñó el dominico español Miguel Ramírez de Salamanca; en Ingolstadt, Gregorio de Valencia, miembro de la Compañía de Jesús; en Oxford, Pedro de Soto y Juan de Villagarcía. Los nombres de estos profesores no son únicos. España estaba representada en las cátedras de todos los países. En Burdeos, en Tolosa y en Montpellier, la rica tradición española continúa su época de esplendor. España da a manos llenas lo que tiene y aún le quedan hombres para defender los asuntos de Indias. Como dice Bayle: «Si España dio lo que tuvo, bien abrió la mano.» Ciertamente, no se quedó corta en su prodigalidad, porque no admitía cálculos materialistas en una empresa [18] que, por encima de todo, llevaba el sello de lo espiritual. El mayor mérito de nuestros teólogos estriba en su fidelidad a una doctrina que, cuando se presentó el caso, no tuvieron temor en aplicar.

Hispanista revivido.