La Conquista española contra la inglesa

Fue mucho peor: los genocidios de los ingleses contra nuestra leyenda negra

Los españoles cometieron tropelías en la conquista de América, pero en el caso de los ingleses la mortandad podría calificarse de matanza, sin más consideración o interpretación

 

‘Hay un valor estratégico en una retirada bien planificada. No espero que los bárbaros lo entiendan’.

–Enéas el Táctico, Poliorcética

En el infierno la temperatura es constante pero soportable –Dante dixit– y, además, no es tan alta como en la superficie de la tierra, donde entre el napalm, el plutonio, las armas con uranio enriquecido, el galopante cambio climático, la brutalidad de los psicópatas legales y, la mayoría del tiempo, la indiferencia de la mayoría silenciosa atenazada por una variada gama de miedos paralizantes debidamente alimentados por las cúpulas, hacen que el ambiente esté siempre calentito.

Los infiernos a lo tibetano o a lo Botticelli, aparte de ser pergeñados por sus autores con lujoso detallismo, podían ser tan actuales que no habría que buscarlos en los ubicuos mundos paralelos de lo cuántico, sino aquí, mucho más cerquita, y además se puede elegir camarote a voluntad, pues hay más clases que en los ferrocarriles de la India.

Entre los siglos XVI, XVII y XVIII, la crueldad llegó a niveles de holocausto con la apocalíptica acción de los ingleses en sus áreas de influencia. Los malos parecían siempre los mismos, pues el aparato de propaganda de los destinatarios de la Leyenda Negra estaba muy bien resuelto y el eco de la caja de resonancia de los anglos funcionaba a pleno rendimiento. Por contra, los receptores de las invectivas, los españoles, éramos más proclives al reparto de cera que a una esmerada dedicación a los medios.

Antes de la llegada de los ingleses a América, existían civilizaciones bien estructuradas forjadas durante siglos en algunos casos

El sambenito de los desatinos que se le imputan malévolamente (aunque no carentes de fundamento) a la Conquista Española no lo redime el “y tú más”, obviamente, pero sí es necesario destacar que nuestros detractores no eran solamente inocentes querubines, sino que hacían horas extras por mejorar las estadísticas (lamentables en todo conflicto entre humanos) que nosotros causamos en acciones que por estar enmarcadas en conductas menos civilizadas por la época en que se desarrollaron, no restaban inhumanidad a aquellos actos obligados por la dinámica de conquista, sin atenuar por ello el horror que conllevaron a sus habitantes autóctonos. Las almas despachadas en aquel larguísimo episodio, por su número casi incontable, llegarían a colapsar los sistemas contables de la época.

En el caso de la Conquista Española, la mortandad se asoció más a las enfermedades transmisibles –viruela, sarampión, gripe, tifus, peste bubónica y otras enfermedades infecciosas endémicas en Europa–, que tuvieron un papel decisivo al diezmar a los desprevenidos locales; el ardor guerrero contribuyó lo suyo también. En el caso de los ingleses la mortandad podría calificarse de matanza, sin más consideración o interpretación. El abundamiento de datos certificaría este hecho, pero lo dejaría reducido a las frías miserias de la estadística.

Las dos naves de James Cook en su segundo viaje al Pacífico.
Las dos naves de James Cook en su segundo viaje al Pacífico.

Una forma de crueldad inusual

Antes de la llegada de los ingleses a América, existían civilizaciones bien estructuradas forjadas durante siglos en algunos casos. Para ellos, los habitantes de dichas civilizaciones no tenían la consideración de humanos. El colono anglosajón mostró una forma de crueldad inusual fuera de los campos de batalla y en ello, aunque aquí, en caliente, entran atenuantes obvios. Los pueblos sometidos fueron meros espectadores de las masacres cometidas en los actuales Estados Unidos, Caribe, África y Australia, por mencionar algunas latitudes al azar. Mientras los españoles intentaban convertir a los autóctonos al catolicismo, a veces con métodos algo expeditivos, y los portugueses, más mercantiles, trataban de controlar los puertos de Brasil y la costa oeste de África e India para así potenciar su fabulosa red comercial, los ingleses entendían que los indígenas de América debían ser literalmente exterminados  –como así ocurrió en sus zonas de actuación–, para de esta manera repoblar el continente con ingleses de pura cepa. Y no vale decir que eran presidiarios desalmados o disidentes recalcitrantes frente a la monopolista fe anglicana, no; avezados exploradores como Rourke, Cook, y, antes que ellos, el inefable Drake, postulaban el exterminio en masa de los lugareños que asistían sorprendidos a la total subversión de la hospitalidad por aquellos energúmenos adecentados con uniformes de lujosa botonadura. Era la educada Inglaterra la que se oponía al mestizaje con los subhumanos.

El caso de Australia y de los EEUU es un ejemplo sangrante de lo que sin rubor se puede llamar perfectamente un genocidio

El abuso e imposición arbitrarias de una Inglaterra exultante ante sus conquistas (no existían entre ellos un Fray Bartolomé de las Casas ni la más mínima norma que se pareciera a las Leyes de Indias) permitiría el salvaje saqueo, el expolio y el apalizamiento a millones de “indios” o aborígenes por parte de una cultura que a sí misma se llamaba civilizada. En lo económico y político, los beneficios soslayaron cualquier atisbo de humanidad, dejando a los intereses indígenas totalmente condenados a la muerte en guerras asimétricas, a la inanición en la mayoría de los casos y a la esclavitud flagrante y rampante.

El caso de Australia y de los EEUU es un ejemplo sangrante de lo que sin rubor se puede llamar perfectamente un genocidio. En menos de un siglo en la costa este bajo la influencia colonial inglesa no quedaban autóctonos para contarlo salvo los que servían de diversión en los circos, y por supuesto, ni qué decir de la ola aniquiladora posterior de sus pupilos que no dejaron títere con cabeza hasta llegar al Pacífico en California.

En la India, tras más de dos siglos de dominación británica, la esclavitud era generalizada y no se les permitía a los locales competir con productos propios en los mercados internacionales, hasta que llegó Gandhi con su rueca.

Sir Francis Drake
Sir Francis Drake

En Australia se les fue la mano totalmente. De más de 900.000 aborígenes contabilizados por su propia Sociedad Geográfica, algo más de 30.000 escaparon a aquel Apocalipsis de destrucción sistemática y, probablemente, planificada. Estos aborígenes llevaban en Australia aproximadamente 60.000 años cuando los primeros ingleses les hicieron notar su avanzada civilización, era el año 1770 y el infierno abría sus fauces.

Los ingleses declararon a Australia como terra nullius, es decir, sin habitantes humanos, de tal manera podrían así justificar el despojo de las tierras indígenas y el saqueo del continente. Tras arrebatarles las tierras fértiles, arrojaron a los aborígenes a las zonas áridas del interior donde morían como chinches. Enfermedades desconocidas arrasaron aquel último reducto del paraíso en la tierra, en un siglo exacto desde aquel terrible desembarco de los pulcros y puritanos anglos.

Sus hazañas africanas despojaron de su nombre, identidad, dignidad y libertad a millones de esclavos procedentes de los puertos de Senegal y Guinea hacia las plantaciones del Caribe, Norteamérica y Sudamérica. Los infernales viajes donde una multitud de seres castrados de los más elementales derechos de existencia, encadenados entre sí, sin espacio para moverse, viajando durante meses, mareados hasta la extenuación, rodeados de vómitos, entre los alaridos de las mujeres y los lamentos de los agonizantes, generaban escenas de horror inconcebibles. Se calcula que uno de cada tres sobrevivía a esta travesía. Estas acciones de inhumanidad flagrante eran la obra de los que imputaban a España la famosa Leyenda Negra.

El pasado es inevitable

Es probable que bastantes de nosotros podamos sentir vergüenza sobre algunos aspectos de nuestra conquista allende los mares. La esclavitud en Potosí, la explotación en las encomiendas, el asesinato de Atahualpa por Pizarro, los efectos colaterales de las enfermedades transmisibles, etc; pero al menos teníamos unas claras y bastantes expeditivas leyes moderadoras. Pudo ser de otra manera, pero no fue así. El pasado es inevitable al tiempo que es una enseñanza.

Tradicionalmente, los historiadores más minimalistas cifran la población precolombina en unos 12.000.000 aborígenes

Mientras las campañas de propaganda bien orquestadas y engrasadas por nuestros adversarios tenían un efecto multiplicador, nosotros usábamos la imprenta para propagar la palabra del Señor que, a la hora de la verdad, estuvo un poco flojo de asistencia en los momentos críticos.

Henry Kamen, excelente hispanista, en su extraordinario libro ‘Imperio’, escora en mi opinión en una apreciación quizás algo exagerada, pues habla del genocidio demográfico más grande de la historia documentada (un 90% de mortalidad en los 150 años posteriores al desembarco de Colón). Tradicionalmente, los historiadores más minimalistas cifran la población precolombina –Henry Dobbyns– en unos 12.000.000 aborígenes (los maximalistas hablan de 50.000.000 en todo el continente). La mortalidad posterior por la acción de la guerra de exterminio y la cruel viruela, y las no menos agresivas venéreas, dejó los territorios del norte de América hollados por los ingleses en una tabula rasa sin contar con el énfasis expansivo posterior de sus pupilos tras la independencia.

Parafraseando a Mae West, a la Inglaterra de entonces se le podría adjudicar aquella famosa frase dicha por esta dicharachera fémina con un daikiri en la mano y media docena en el estómago: “He perdido mi reputación. Pero no la echo en falta”.

Hispanista revivido.