La decencia como virtud

La política democrática es una herramienta adecuada para crear libertad y prosperidad; pero siempre debe estar presidida y precedida por la decencia.

La cultura de pobreza e indefensión con que el castrismo asoló a Cuba ha generado un problema grave: la carencia de decencia en los asuntos públicos y en el comportamiento de una buena parte de los cubanos; independientemente de su latitud ideológica, socioeconómica y geográfica.

Suplantar la racional exigencia de trabajar con eficacia y rendimiento por valores menos sensatos como la lealtad política real o fingida, la participación en supuestas tareas de la defensa del país y el predominio de movilizaciones encabezadas por la algarabía antiimperialista; convirtió el trabajo en mero trámite formal.

Algunos analistas aseguran que Cuba recibió más dinero de los soviéticos que el conjunto de Europa con el Plan Marshall de Estados Unidos, tras la Segunda Guerra Mundial; aún cuando el dato fuese inexacto, qué pasó con la agricultura, la ganadería, las infraestructuras de acueductos y la buena tradición de servicios que heredó la revolución cubana del capitalismo injusto.

El fin de los subsidios soviéticos y la estrategia oficial para ir sobremuriendo vació de contenidos la obligación diaria de trabajar disciplinadamente y llenó esas horas muertas con tres verbos muy reveladores: resolver, inventar, escapar.

A una persona que pasa hambre, padece penurias varias y sufre por ver a sus hijos y/o familiares pasándolo mal también o emigrando, resulta absurdo exigirle decencia en su vida cotidiana, pero mucho antes del desastre de los años 90, en Cuba mucha gente robaba para llegar a fin de mes y simulaba su adhesión para no buscarse problemas y seguir malviviendo.

La nefasta aparición de Hugo Chávez acabó con el penúltimo intento –por ahora- de dotar al país de una gestión económica sensata porque si la caída del Muro de Berlín abrió espacios para que el capital humano formado por la revolución emprendiese una reforma económica seria; el chavismo puso en manos de Fidel Castro el pretexto perfecto para paralizar cualquier intento de independencia y prosperidad económica.

El doble discurso de afirmar que Cuba era el primer territorio libre en América y tener que pagar el pollo Made in USA en tres meses y con 29% de interés a un caritativo dominicano o similar, solo genera más pobreza, emigración y dolor; pero nunca decencia.

Toda esta amalgama de frustración acrecentó el déficit moral de la nación quizá con mayor prestigio en el Tercer Mundo por su colaboración en materias civil y militar, pero poco eficaz en dotar al hombre nuevo de valores tan viejos como la honradez, el mérito, la generosidad o la fraternidad.

Y es lógico porque rara vez se puede ser fraterno con el estómago vacío o sufriendo por un hijo enfermo sin el medicamento adecuado para su sanación, aunque la revolución haya graduado a cientos de miles de buenos médicos cubanos y extranjeros.

Cuando la prioridad –incluso de los héroes- es comer una vez al día y desear que a la hija emigrada o colaboradora en una misión en el extranjero le vaya bien para que le envié el dinero con que el estado cobra los pocos bienes y servicios que vende en el sistema de tiendas por divisas; mientras paga salarios y pensiones míseros; la decencia se convierte en incomodidad y desventaja.

Y la indecencia no afecta solo a las víctimas, sino también a los victimarios e incluso a los que tienen éxito real o fingido en sus vidas; generando –además- una violencia solapada, silenciosa, que es difícil de cuantificar porque apenas se visualiza y solo la sufre quien depende de un dirigente, de un nuevo rico o de un emigrado exitoso que antes de ayer estaba en su CDR.

Los mítines de repudio –además de su raíz maoísta- son el ejemplo más siniestro de cómo la chusmería ha ganado terreno en un pueblo instruido, pero nunca culto y que suplantó los buenos modales de antaño, basados en la fraternidad y el respeto, por la ira hueca y la lapidación.

La política cubana –aún cuando sea una estructura de subordinación popular a una junta militar- también está salpicada de indecencia y violencia. El gobierno ha sido incapaz de crear el marco adecuado para que cualquier ciudadano pueda beberse un vaso de leche sin sobresalto; pero es capaz de multar a quien venda leche por la izquierda, robada al Estado o comprada a un pequeño productor.

El gobierno es capaz de dialogar y llegar a acuerdos con los gobiernos de Estados Unidos y la Unión Europea, pero es incapaz de usar los propios mecanismos constitucionales y legislativos de que dispone para propiciar un diálogo serio y constructivo con aquellos que disienten, que no es únicamente la oposición visible.

La oposición es capaz de viajar medio mundo y dialogar con diferentes fuerzas políticas, de participar en foros especializados y cursos; pero carece de capacidad para tender puentes de diálogo con el tardocastrismo, que se resistirá como gato panza arriba y dará uno o más zarpazos, pero que se sabe obligado –ahora más que nunca- a escuchar y promover acuerdos con sus oponentes.

Cuando se produjo el relevo de Fidel por Raúl, el Palacio de la Revolución lanzó el mensaje que sus prioridades eran el desarrollo socioeconómico, preservar las conquistas de la revolución y arreglar el diferendo bilateral con Estados Unidos. En la última ha tenido éxito, para las dos primeras empieza a quedarse sin tiempo y la indecencia sigue subiendo.

Obama llenó de ilusión a muchos cubanos y a buena parte del mundo; pero llenó de pánico a la gerontocracia que se vio desbordada por el carisma de un negro presidente del país más racista del mundo, según la letanía oficial cubana, y por el aluvión de turistas americanos deseosos de conocer Bay of Pigs y de tocar un Chevy Bel Air 1957 casi original.

El miedo a los cambios es normal en los regímenes totalitarios, en el caso cubano, el otro gran aliado del freno son los indecentes que cobran cualquier gestión en CUC o en moneda real y fijando las tarifas, según se trate de un análisis de sangre, de una verificación buena para entrar a trabajar en Turismo o de un cambio de dirección.

Todos esos amorales, como ocurría con buena parte de los aduaneros, perderían su nichito de búsqueda diaria a costa del sufrimiento de sus hermanos que –como si no bastara- pagan y hasta se muestran agradecidos por algo que les corresponde por derecho propio.

¿Pero cómo vamos a machacar a un trabajador que soborna a otro obrero o funcionario para desatascar un trámite personal, si el propio gobierno propicia que el exilio recargue los teléfonos móviles de familiares y amigos, les mande dinero desde el extranjero o les haga una comprita en las cadenas de tiendas virtuales con precios de Bruselas y calidades de Pequín?

Por tanto, no ha de extrañarnos que escritores, músicos y muchos ciudadanos cubanos eviten cuidadosamente pronunciarse sobre temas políticos porque ya se sabe: la política es muy cochina, a mi no me interesa la política, es que yo no soy político…

Lo sabemos, hermanos, lo sabemos. Ustedes son indecentes y cobardes.

Mientras tengáis viajecitos al extranjero y conexión a Internet de Banda estrecha, seguiréis dando por bueno el orden establecido y no imagináis cuánto gozo cuando os veo y escucho en restaurantes de Madrid, donde vuestro interlocutor (quiero decir el que os paga la cena) os pregunta ¿cómo está Cuba?, y ustedes suelen decir: ¡camarero, por favor, otra cerveza!…

La política democrática es una herramienta adecuada para crear libertad y prosperidad; pero siempre debe estar presidida y precedida por la decencia; el resto son maromas para mantener las pequeñas migajas que los totalitarismos van soltando de manera selectiva y temporal a cambio de amnesia, colaboracionismo y más indecencia.

Los problemas económicos se resuelven con dinero, las desigualdades con justicia; pero la indecencia es un cáncer con metástasis en la nación, que vive afligida porque la pobreza no generó dignidad, sino insultos cruzados entre cubanos de una y otra orilla, igualados en su condición de víctimas y compitiendo por derrotar al otro.

Español de Cuba, Alcalde de Aldeacentera en España.