portadato

París, 13 de marzo de 2016.

Querida Ofelia:

Acabo de leer el hermoso poemario de esa figura brillante de nuestras letras que es Don Antonio A. Acosta.

En el prólogo, el autor escribe: “La poesía no es como un problema matemático que debe ser analizado y resuelto.
Disfrutamos del perfume de una gardenia sin importarnos cómo sus pétalos fueron impregnados de aroma; ni preguntamos a la cascada si ensaya su melodía con la roca. Porque la poesía es más que palabra, más que forma, más que ritmo, más que academia. Ella es magia, sublimación, dimensión eterna, ausencia…
Amamos la poesía, sin saber si un día nos corresponderá, pero siempre estaremos dispuestos a conquistarla.
A todos los seres humanos que comparten conmigo estas premisas, esta manera de sentir, dedico este poemario. En él hallará el lector poco de sí mismo, un poco del poeta, y muchas preguntas sin respuestas”.

He escogido cuatro poemas para darte una pequeña idea de la belleza del poemario: a la Libertad, al amigo ausente para siempre, al querido padre y al poeta de Dos Ríos.

UN ECO DE LIBERTAD
Voy a dejar sin ataduras mi cordaje
para embriagarme de azul
en tu horizonte,
y soltar el ancla del regreso
en las límpidas aguas de tus costas.
Quiero llegar al alba de tu arrullo
con un salmo de amor
en la garganta,
y estrenar el abrazo que he guardado
en el paisaje descalzo
de mi entorno.
Quiero tocar la tierra que dejara
con mis manos de nieve,
con mi piel enlutada
de recuerdos,
y sentir el calor de tus arenas
en el letargo amarillo
de mis dedos.
Al llegar a la tierra soberana
sonarán mil trompetas de gardenias,
perfumando el árbol de mi sueño,
y se abrirán los espacios para el eco
en un grito viril,
que anuncie
LIBERTAD…

ESTOY POSPONIENDO MI TRISTEZA

Dedicado a Mario Fernández Porta, compositor y pianista cubano
Estoy posponiendo mi tristeza
hasta que sea tiempo de llorar.
Esta tristeza tan mía y tan lejana
perdida en los recuerdos del ayer
nunca me visita en primavera.
Discreta tristeza que se oculta
en cualquier arruga del otoño.
Voy a posponerla para luego
cuando esté dispuesto para el llanto.
Y de repente, el invierno acude y rompe
en silencioso grito,
—corcel de gris y vendaval—.
¡Cómo duele en el alma la partida
de aquellos hermanos que se van!
Voy a posponer mi tristeza para llorar a solas
mi íntimo dolor de sangre adentro.
¿Cuántas gotas de llanto son bastantes
en la dimensión de la tristeza?
Fiel compañera que conmigo se acuesta,
y conmigo despierta en la mañana.
La lloraré sólo cuando el tiempo termine
su trasiego de ausencias;
aunque no sé si para entonces
las lágrimas me alcancen,
porque tengo tantas penas por llorar…
Voy a guardar mi tristeza con cuidado
en cualquier gaveta del letargo,
hasta que concluya el carnaval.
Lloraré sin testigos ni fechas
por todos los seres que yo quise, y ya no están,
y por los que quiero, y ya se han ido,
sin tener la dicha de llorar.

DON RICARDO, MI SANGRE

Él hubiera afilado el machete
y cargado la escopeta
con cartuchos de perdigones,
porque él ya había hablado de estas cosas.
Don Ricardo había previsto la tragedia;
la traición que se fraguaba silenciosamente.
—Un día llegó la tormenta, pero él no estaba;
sólo quedaba su imagen,
su coraje de hombre y su bandera.
Él construyó caminos
en su despertar de madrugadas,
e impregnó sus encallecidas manos de bondad
en la trinchera del trabajo honesto.
Él, que regó la simiente
con el sudor del hombre de campo,
y abrió veredas a filo de machete y brisa de palmas,
nunca hubiera rendido tributo
al nerón antillano, que humilló a la patria
y vendió a la isla a la hoz extranjera.
—Fue un privilegio oírle;
no en el podio elegante y majestuoso,
sino en su modesto taburete de cuero de vaca.
Las academias no formaron su intelecto;
fueron los rigores de la vida quienes modelaron
su firme armazón isleña.
Arquitecto de ideas, ingeniero de voluntades,
dejó sus inquietudes en el surco.
Más que el vocablo, era el decir de su corazón
lo que lo hacía diferente, para cubrir a todos
con un manto de orientación paternal.
Don Ricardo justificaba en los demás
las debilidades propias de los seres humanos,
pero era un juez implacable con él mismo.
Las claudicaciones no formaban parte
de su recia levadura.
Parece como si estuviera hecho
de una extraña amalgama de virtudes.
Su verbo diáfano fue un reclamo de justicia
por el reconocimiento al que araña la tierra
con sus propias uñas,
buscando con justo afán el cotidiano sustento.
Don Ricardo tuvo la entereza de los hombres humildes
que luchan por la razón y la equidad.
Fue hermano del amigo,
y enemigo de todos los tiranos.
Eso y mucho más fue mi padre Don Ricardo;
un símbolo, un escudo, y una estrella…

Y QUEDÓ EL POETA
No se diga que el poeta se ha marchado;
él dejó su mensaje en la trinchera
y un latir de espiga en la demanda.
—Lámpara perenne de la siembra,
lírica denuncia del ultraje—
El canto de] poeta tiene cumbres
donde es soberana la palabra.
El canto de] poeta rompe vuelos
en castigo viril a la ignorancia.
No se diga que el poeta ya se ha ido;
él está modelando un siglo nuevo
con el honor del hombre necesario.
El teje las redes del decoro
con los hilos firmes de su traje.
Lleva un dardo de amor en la mochila
como cruzado del sol y la esperanza.
No se diga que el poeta ha dicho adiós,
si en su alma se lloran nuestras cuitas
y su ideario surca el derrotero
donde germina la semilla ausente.
No se diga que el poeta ya no existe,
que murió en la contienda de Dos Ríos,
si en su verbo erguido de palmeras
aún vibra la razón del desterrado.
El poeta está presente en cada llanto,
en cada grito de honor y de vergüenza,
clamando por equidad y por justicia
con su decir-rescate, y su entereza.
Él es un misionero de futuros
—más allá de la angustia y de la sangre—
Rómpase en clarinada su ideal eterno
para cantar las glorias de la patria,
y escríbase el himno del destierro
con espadas de luz en cada verso.

“Antonio A. Acosta alcanza el lenguaje poético como una gracia personal, y se logra. En su poesía hay gran variedad de temas y se palpa la enorme sensibili¬dad de su espíritu hambriento de belleza”. Carmina Benguría, periódico Aplausos, julio 1987

“En Antonio A. Acosta hay rebeldía contra mucho de lo establecido antes, pero nunca se hace incomunicable ni pierde la dignidad del verso, la cadencia y el rit¬mo. No obstante la rebeldía de que hace gala, conserva la hermosura y la exqui¬sitez en que consiste la verdadera poesía”. Mercedes García Tudurí, Círculo Revista de Cultura. 1986

“Con Antonio A. Acosta la poesía cubana del exilio recobra su honestidad lírica de sentimiento universal, y no hay en él el alarido de la desesperación, sino la aclamación unánime del hombre. Hombría de bien del gran poeta que nos en¬seña cada día un nuevo sol, limpio, para poder transitar por un mundo mejor y más humano”. José Quintana en Poetas de Nuestro Tiempo. Ediciones Rondas, Barcelona. 1988

“Antonio A. Acosta es un poeta de expresión seria, grave, intensa, emotiva y de un sentimiento profundo, íntimo. Este surge como linfa cristalina de un rico ma-nantial y va luego encauzándose en el verso con su brillantez intacta. Yo, en ver-dad, lo veo y lo admiro como un poeta hecho y derecho, auténtico”. José Jurado Morales, prólogo a La Inquietud del Ala, Barcelona 1986

“La poesía de Antonio A. Acosta es una llama espontánea que salta, la lava que cae de un volcán perdido. Cantor de un mundo de sombras, de un pueblo que ha tenido que abrirse paso, romper el barro, crear una senda de luz, nacer otra vez”. Ginés Serrán Pagán en el prólogo de Imágenes. Senda Nueva de Ediciones. 1985

¿Qué podría agregar yo después de estas opiniones? Pues que todo aquel que ame la poesía lea este himno a la belleza que es el poemario “Dimensión del Alba”.

Te lo haré llegar a san Cristóbal de la Habana por la vía que suelo hacerlo, para que después de leerlo, lo hagas circular entre nuestros amigos.

ANTONIO A ACOSTA, autor de DIMENSIÓN DEL ALBA nació en Consolación de] Sur, provincia de Pinar del Río, Cuba. Ha escrito con anterioridad tres poemarios, MIS POEMAS DE OTOÑO, IMÁGENES y LA INQUIETUD DEL ALA. El autor es graduado de la Escuela de Pedagogía de la Universidad de La Habana y de Montclair State College en New Jersey. Ha recibido varios premios por su obra poética y literaria. Entre otros, DIPLOMA
DE HONOR “JUAN J. REMOS” en 1985, DIPLOMA DE RECONOCIMIENTO por contribución al ARTE PINAREÑO en 1987. PRIMER PREMIO DE POESÍA del FESTIVAL LITERARIO MAR¬TIANO patrocinado por la Organización COPAHAI en 1988, New York. SEGUNDA MENCIÓN HONORÍFICA en la categoría de Poesía Épica y Didáctica otorgada por El Colegio Nacional de Pedagogos Cubanos en el Exilio en 1988. PRIMER PREMIO DE POESÍA NEGRA con el poemario RAÎZ DE FLOR Y CAFÉ otorgado por la Cuadratura del Círculo Poético Iberoamericano de California en 1990. Otros reconocimientos han sido los de TITULAR ACADÉMICO Y MIEMBRO BENEMÉRITO del Centro Cultural Literario y Artístico Gaceta de Felgueiras de Portugal. MIEMBRO DE NUMERO de la Asociación Prometeo de Poesía de Madrid. MIEMBRO DE HONOR de la Sección Internacional de Cultura y Paz, Madrid. LAUREL AL MÉRITO LITERARIO EN POESÍA y ACADÉMICO DE MÉRITO otorgado por la Academia Internacional de Pontzen en Nápoles, Italia. También pertenece al Círculo de Cultura Panamerica¬no, E.U.A., y al Instituto de Cultura Americana en México. Algunos de los poemas de ANTONIO A. ACOSTA han sido re¬cogidos en varias antologías en España, Argentina y Estados Unidos, donde reside. Su experiencia profesoral es muy amplia. En Cuba ejerció la ense¬ñanza en todos los niveles, desde la escuela primaria hasta la Universi¬dad de La Habana, y en los Estados Unidos en Emerson High School, Montclair State College, Essex County College, Hudson Community College, La Guardia Community College, Mercy College y Rutgers University.

Un gran abrazo desde La Ciudad Luz,

Félix José Hernández.

Dimensión del Alba. Antonio A. Acosta Senda Nueva de Ediciones. Cubierta: Raúl Miranda. ISBN: 0-918454-90-5

Deja un comentario