La Diplomacia empresarial más eficaz que Margallo

Las compañías españolas han ganado influencia en América Latina al margen de la política

España y América Latina han compartido una relación más que histórica. Los países del subcontinente veían en Madrid la puerta de entrada al mercado europeo; por su parte, el país ibérico se distinguía, entre sus socios regionales, como el trampolín hacia el Nuevo Mundo. Incluso en las negociaciones para lograr el ingreso en la Comunidad Económica Europea (CCE), en la década de los 80, este vínculo se convirtió en uno de los mejores baluartes para el Gobierno español. Según recoge el servicio de radiodifusión de Alemania, Deustche Welle, Carlos Westendorp, antiguo diplomático español (primero en ocupar el puesto como embajador en la CCE), diría en una conferencia que “Europa descubrió América Latina en 1986”, año en que España logró, después de nueve años de haberlo solicitado, formar parte del mercado único.

El gran impulso en esta relación trasatlántica fue el proceso de privatización que vivió América Latina en los noventa. El Banco de España reconoce que la apertura del sector público permitió la internacionalización de las empresas españolas en la región, pues entre 1993 y 2000 el 46% de la inversión extranjera directa (IED) española se dirigió a esa parte del mundo. En ese mismo periodo, el 55% de las inversiones realizadas fueron por la adquisición de un negocio, el 42% correspondieron a aportaciones de capital y el 3% restante se atribuye a la constitución de una nueva compañía en la zona, según un análisis del Real Instituto Elcano.

Pero una vez iniciado el Siglo XXI, el escenario cambió. América Latina ganaba peso en la economía mundial y se levantaba como un líder entre los países emergentes, gracias a la exuberancia que produjo el auge de las materias primas y a la resistencia que mostraba a la crisis mundial de ese entonces. A la par, la zona vivía el auge de gobiernos populistas, sobre todo en Sudamérica, que buscaban mirar hacia horizontes cada vez más lejos de España, expone Gorka Martija, analista del Observatorio de Multinacionales en América Latina (OMLA). “[La región] ha diversificado sus alianzas político-económicas internacionales, tratando de romper esa relación unívoca con España”, añade Martija.

El distanciamiento no ha sido unilateral. España también giraba la cabeza hacia objetivos más locales y trataba de consolidar su posición en el interior de la Unión Europea, concentrando su esfuerzo diplomático en Bruselas. Meta que se volvió prioritaria con el estallido de la crisis económica de 2008, dice Susanne Gratius, profesora de ciencia política y relaciones internacionales de la Universidad Autónoma de Madrid. Mientras se daba este alejamiento en las relaciones diplomáticas, las inversiones se fortalecían. “No ha habido una correlación directa entre la menor importancia de España en el terreno político [latinoamericano] y un supuesto decrecimiento de su presencia económica en América Latina”, afirma Barón.

Los datos lo confirman. Los flujos de IED de España hacia Latinoamérica se afianzaron en la región a pesar de la desaceleración que vivió la economía mundial al inicio de la primera década de los 2000. La participación española en el subcontinente logró representar un 14% de las inversiones totales en 2011, sólo por detrás de EE UU que acaparó el 18% de las entradas de dinero en la zona, según las cifras de la Cepal. Incluso, en 2008, al principio de la debacle económica, el país ibérico logró una cuota del 9% de las llegadas de recursos, conservando así el segundo sitio en el pódium. En 2014, la IED española en la región representó el 10% de los 158.803 millones de dólares que recibió el subcontinente de diferentes países del mundo. Esta cifra implicó la pérdida de una posición en el tablero y situó a España por detrás de los Países Bajos y Estados Unidos, los principales inversores de la región, según Cepal.

A pesar del descenso, el interés de la clase empresarial española en Latinoamérica no desapareció ni siquiera en el momento más álgido de la recesión, comenta Carlos Malamud, investigador principal de América Latina del Real Instituto Elcano. “España no vio reducida su relación… La crisis llevó a muchas empresas a volcarse a una práctica internacional más austera”, comenta.

La inversión extranjera directa española sigue siendo importante, arguye Diego Sánchez Ancochea, profesor de la Universidad de Oxford. El Ministerio de Exteriores, por su parte, argumenta que los recursos que se han dejado las empresas en Latinoamérica se deben también a un esfuerzo de la diplomacia: “Esta privilegiada relación política [con Latinoamérica] ha venido acompañada de una intensificación de los vínculos económicos. España es el segundo país inversor en América Latina y dos de los diez países con mayor stock de inversión en España son de la región [México y Brasil]”, destaca en un correo la institución que dirige José Manuel García-Margallo.

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Hispanista revivido.