La España que viene, o quizá ya esté campeando agazapada, acechante entre nosotros, no es una España como para dormir a pierna suelta como podíamos dormir cuando casi todos entendimos que hacer el amor era mucho mejor que la guerra, y que para vivir había que formarse y forjarse un futuro de persona y no de ladrón de caudales públicos.

La España que viene, con o sin Cataluña, con o sin Venezuela, con o sin clima apto para respirar, con o sin Corea, con el imperio Usa-Vaticano chuleando y avasallándolo todo; y, como siempre, por siglos, engañando y confundiendo a la gente, no es una España que me gusta dejarle a mis nietos, porque, sinceramente, no le veo futuro solidario alguno.

La España de ahora, que es la España que viene, es una España que habla de alianzas y de guerras como si fuera la ocupación habitual, que ya el hombre consiguió dejar de lado después de los horribles conflictos bélicos del siglo pasado donde casi la mitad de la población mundial murió en la brutalidad de las guerras, y, para desasosiego imperialista, empezaron tímidamente a triunfar las flores y no la vainas vacías de las balas porque el balín había segado la vida de algún hombre.

La España de ahora, que se refugia en una Europa que no existe, en un imperio gringo-vaticano, al que sirve solo para limpiarle los retretes y dejar que las empresas de ellos nos llenen de productos y tiendas infectadas que están pudriendo nuestra identidad; una España de gorras con la visera hacia atrás, con las espaldas todas ellas llenas de macutos transportando nadas, uniformada, tatuada, desfigurada, mal peinada, y pelada de un modo primario, primitivo, donde todo el mundo quiere ser diferente y se viste de conformidad con la mayoría y no consigue destacar por más tintes que se ponga en sus tatuajes, es una España que está esperando una señal para llevar, no a hierro ardiente el sello de su pertenencia, pero si la anilla de su deseo de esclavitud con el nombre de su amo.

Una España que llora Gibraltar, pero ha sido incapaz de contradecir a sus amos; Y, servil y palanganera, cuyas lanzas siempre apuntan a su gente interna, a su paisanaje; siempre con eterna duda si realmente los gobiernos de España sirven y se preocupan por los intereses del pueblo español, o están al servicio claro y decidido de intereses extranjeros y ahora, últimamente, se ha precipitado en servir descaradamente a lo de fuera masacrando todo lo nuestro sin ninguna consideración ni misericordia.

La España que tenemos en vigor, la España mentirosa, que vuela en avión privado a recibir instrucciones de los magnates extranjeros y son a los únicos que le rinde cuentas, es una España gobernada por incultos mediocres que tienen miedo a ponerse en bañador porque están enfundados en ropas que a su entender les da distinción y clase, y, en su inmensa mayoría viven con esa terrible pose de tener que guardar las apariencias de peleles obedientes.

Nadie vemos un futuro sosegado, pacífico, de una sociedad mundial que se ha alocado; que se ha instalado en la mentira país por país, que está al borde de una guerra civil racista en EE.UU., que no va a dejar un litro de agua potable en la China, que las hambrunas se extienden a pasos agigantados, mientras que unos pocos exhiben sus enormes ganas de disparar bombas que son mucho más inteligentes, mucho más consecuentes las propias bombas que sus propios cerebros y los de todos aquellos ocultos, camuflados, que los empujaron a ser mandamases.

Y en esta España, donde todo se nos ha ido de la mano, y un pueblo envilecido aplaude a unos políticos corruptos, ladrones directos sin ambages, donde palacio a palacio, de letreros y usos diferentes, todos con el denominador común de querer albergar tras sus puertas gentes distinguidas, no se fabrican ya alfombras para poder tapar la podredumbre y la bajeza que se acumula en ellos, en esta España falta apenas nada para volver a coger las armas de autodefensa de hambrientos y desesperados sociales por las calles, no es, ni por asomo, aquella España que forjó una amplia generación de vendimiadores, de albañiles, de marinos, de peones, de emprendedores, todos trabajando duro en el extranjero y en nuestro territorio, que fueron las hormigas que llenaron los graneros patrios que dilapidaron después los granujas provistos de lo que llamaban y llaman ideología, cuando en la más grosera realidad eran y son mantas bandoleras para montarse en la jaca.

Una carrera en la cuesta debajo de una España que solo mira hacia afuera y en la continuidad y creencia de que cuanto hay nace con etiqueta y dueño, tiene, a la fuerza, al más pequeño o gran tropezón, que caerse. Y una caída a destrozo, no es la España que muchos soñábamos en dejarle a los nuestros en herencia.

Salud y Felicidad. Juan Eladio Palmis.

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  1. CUANDO SE HIZO VIEJO

    Cuando se hizo viejo
    fumaba conmigo,
    me hablaba despacio
    con ese sentido
    del hombre profundo
    que pisa su tierra
    y siempre ha vivido
    bajo el mismo cielo,
    con el mismo horizonte,
    en la misma lomera;
    sintiendo la lluvia,
    cuidando la rambla,
    mirando las nubes,
    y sintiendo en las manos
    el gozo profundo
    de los aguaceros
    que reza el secano.

    Los vientos del norte,
    no le dieron hijos,
    y por solo una moza
    en toda su vida
    se sintió perdido,
    en lejanos tiempos
    cuando apenas un crio,
    entre los secanos,
    bajo el viejo olivo,
    en la siesta fuerte,
    antes de la guerra
    se quedó prendido:
    amarrado al vientre
    de una buena hembra
    bebiendo del vino

    de una guapa moza,
    en su ardiente botella
    distinta al botijo
    que por otras siestas
    refrescó al galillo.

    Nunca tuvo nada:
    si acaso,
    un burrico amigo,
    un roal de trigo,
    cuatro o cinco higueras…
    Me enseñó una siesta
    por qué raya un higo,

    por qué la culebra
    se empina entre el trigo,
    y por qué por la noche
    se repite el grillo;
    y por qué la zorra
    nerviosa y ladrona,
    no tiene un amigo.

    Cuando lo engañaron,
    porque era sencillo,
    se quedó sin norte,
    y maldijo el ruido,
    se apretó al silencio,
    su mejor amigo,
    y leyó en la boquera
    su propio destino
    de hombre nacido
    para ser simiente
    y dar contenido
    al seco secano,
    al campo en olvido.

    Me contó que Franco
    le mató un amigo.
    Que perdió la guerra,
    que no vio el sentido
    de matarse hermanos
    y vender miseria
    bajo hablar florido,
    y decir algunos
    que hubo un dios
    que tomó partido
    y quiso la sangre
    de rojo encendido,
    y que las sotanas,
    al libre nacido,
    le pongan cadenas
    de miedo fundido:
    fundido en la carne,
    fundido en el vino,
    y le quiten la risa
    a todo nacido.

    Siempre entre sus labios
    llevaba tomillo,
    fumaba despacio,
    fumaba conmigo.
    Me enseñó leyendas,
    y en los aguaceros
    le hablaba a la tierra,
    le exigía su limo,
    y mucha yerba verde,
    buena cosecha:
    vueltas al molino.

    Cuando se hizo viejo
    y hablaba conmigo,
    solo se quejaba
    de no haber tenido
    un puñao de vientos
    de los que en las eras
    separan la paja
    y limpian el trigo,
    los que trae el levante,
    y por los veranos,
    cuando ardían los mozos
    y los mozas reían,
    dárselos a ellos
    y a las caberneras
    que salen del nido,
    y refrescar con ellos
    refrescar las ramblas,
    refrescar los besos.

    Y con ese viento
    menguar la locura:
    hacer todo despacio
    y hacerlo parejo,
    y salir volando
    junto a los palomos,
    y estrujar las nubes:
    regar los secanos,
    sentarse a la puerta
    abrir la petaca,
    liarse un cigarro:
    Hacerse muy viejo
    hablando y fumando
    conmigo.

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