Desde muy temprano las ventajas geográficas que ofrecía Cuba llamaron la atención del poder estadounidense

Thomas Jefferson, en 1820, dijo que Cuba era la “adición más interesante que se podía hacer a nuestro sistema de Estados”.

John Quincy Adams (julio de 1767 –febrero de 1848) propulsor de la posterior Doctrina MonroeJohn Quincy Adams (julio de 1767 –febrero de 1848) propulsor de la posterior Doctrina Monroe John Quincy Adams formuló la política de la “Fruta Madura” la cual respondía a la siguiente idea: “… hay leyes políticas como ocurre con la de la gravitación física; y si una manzana separada de su árbol original por la tempestad no puede elegir sino bajar a la tierra, Cuba, separada fuertemente de su propia conexión artificial con España, y carente de ayuda propia, puede gravitar solamente hacia la unión norteamericana, que por la misma ley de la naturaleza no puede echarla de su pecho”. Incluso, mediante el Manifiesto Ostende de 1854,  los Estados Unidos intentaría comprar el territorio cubano por una suma de 130 millones de dólares. Estos principios quedaban justificados bajo el ala de la Doctrina Monroe de 1823, una declaración dirigida a los países europeos que especificaba: “América para los Americanos”.

Ideas como estas, tal vez, hayan sido las iniciadoras de una tradición norteamericana de adueñarse del verde caiman y que, dependiendo del contexto histórico, ha cambiado sus métodos, mas no su objetivo.

Sin embargo, en la historia de las relaciones entre ambos países también es preciso recordar el movimiento anexionista que existió a principios del siglo XIX. Esta doctrina fue impulsada por miembros de la sacarocracia esclavista interesada en incorporar a Cuba al bloque sureño de los Estados Unidos, regido por un sistema de plantaciones similar al de la Isla. Tales ideas, sobrevenidas al margen de la corriente reformista era una resistencia a las nociones independentistas que estaban por surgir y a su vez una amenaza a la identidad nacional.

La presencia de capital y cultura norteamericana en la mayor de las Antillas fue creciendo e incluso, Estados Unidos, devenida colonia económica de Cuba debilitó los lazos de esta con su metrópolis original, España. En tal contexto, el Secretario de Estado norteamericano James G. Blaine dijo en 1881: “la rica isla, la llave al golfo de México, y el campo para extender nuestro comercio por el hemisferio occidental, es, aunque en las manos de España, una parte del sistema comercial estadounidense (…) Si dejase de ser española, Cuba debe necesariamente volverse estadounidense y no caer bajo cualquier otra dominación europea”.

En la cruzada independentista cubana de 1868-1898, los revolucionarios cubanos recibieron ayuda de los tabaqueros de Tampa y Cayo Hueso, incluso algunos estadounidenses combatieron al lado de las tropas cubanas, siendo el principal ejemplo Henry Reeve (El Inglesito).

Foto original de José Martí con los tabaqueros de Tampa en la escalinata de la fábrica de tabacos Ybor-Manrara en 1893.Foto original de José Martí con los tabaqueros de Tampa en la escalinata de la fábrica de tabacos Ybor-Manrara en 1893.El apoyo del pueblo norteamericano a la causa cubana y a su principal artífice José Martí fue un hecho, mas la oposición que esto representaba a los intereses del gobierno norteamericano fue demostrado en el fracaso del Plan de la Fernandina en enero de 1895, el mejor logro anti-independentista cubano fue la incursión, de Norteamérica, en la guerra Hispano-cubana.

Los esfuerzos independentistas fracasaron en 1898 cuando, derrotada España, pasaron los territorios de Cuba, Puerto Rico e islas Guam a manos de Estados Unidos, como lo estipuló el Tratado de París el 10 de diciembre de aquel año.

Se cumplió entonces el sueño anexionista de muchos y colonialista de otros, que convirtió a Cuba en el paraíso tropical de los millonarios e inversionistas estadounidenses. A la atracción que había ocasionado la caña de azúcar y el tabaco de antaño, ahora se le sumaba el ron, el cual ayudó a cimentar los imperios mafiosos de Mayer Lansky, en La Habana, y Lucky Luciano en Nueva York.

Durante más de 50 años, aunque como República independiente, la nación caribeña sirvió fielmente a la élite política y económica de los Estados Unidos, incluso, en momentos de auge revolucionario como en los años 30, fueron los enviados norteamericanos los encargados de negociar con las partes, un acto sumamente injerencista y de intromisión en los asuntos internos cubanos.

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