La guerra de Hispano-norteamericana no se decidió en Santiago

El plan de EE.UU. para invadir las Canarias y convertirlas en un nuevo Puerto Rico

 

Jaime Noguera, Strambotic

1898 es recordado como un año funesto para España, pues se perdieron los últimos territorios ultramarinos en una injusta guerra contra los Estados Unidos. El archipiélago de las Filipinas, Cuba o Puerto Rico caerían como fruta madura, pero los hambrientos ojos del expansionismo yanqui, todavía en pañales pero bien armado, se posaron también sobre un territorio insular español mucho más cercano y situado en una posición estratégica de gran importancia: las Islas Canarias. Esta es la historia del plan norteamericano que estuvo a punto de convertir las papas arrugás en wrinkled potatoes e incorporarlas, con el mojo o el gofio, a la hipercalórica gastronomia de los EEUU.

1895-1897. Planes de guerra americanos contra España

Como relata el libro The War with Spain in 1898 , de David Trask, los primeros planes para un conflicto bélico contra nuestro país fueron elaborados por el Naval War College en 1895 y enviados en 1896 al departamento de Marina bajo el título de “Situación en caso de Guerra contra España” en 1896. El primer escenario de tres presentados era el de un ataque contra el territorio peninsular español que fue visto por los expertos como arriesgado y caro. Las otras opciones eran ataques a las posesiones españolas en el Pacífico y en el Caribe, más baratas y sencillas, pero que quizás requerirían igualmente atacar el territorio insular.

Sobre la propuesta inicial, según cuenta un excelente estudio de Amós Farrujía Coello publicado en la Revista de Historia Canaria, el Navy Department detallaba:

 “La escuadra del Pacífico de William Kimball, en lugar de dirigirse a las Filipinas, lo haría a las aguas próximas al estrecho de Gibraltar, allí se uniría a la flotilla atlántica. Este poder combinado tendría que operar desde una base tomada en las Islas Canarias para desde allí atacar el tráfico mercante.”

Esta era la primera propuesta formal que hablaba de capturar al menos una de las islas y sería abandonado por la posterior invasión a Filipinas.

En 1897, trescientos banqueros que representaban los 33 millones de dólares norteamericanos invertidos en la isla desde 1878 , pidieron al secretario de Estado de EEUU que interviniera en Cuba.  Theodore Roosevelt, responsable de la Marina Estadounidense, que afirmaba desde hacía tiempo (tan tranquilo y tan pancho) “Le daría la bienvenida casi a cualquier guerra, porque creo que nuestro país necesita una“, aprovechó la reivindicación financiera para encargar planes actualizados en el caso de necesitar declarar una contra España. En los nuevos planes, volvía aparecer Canarias.

    “La escuadra destacada en Europa ha de abandonar con toda urgencia el Mediterráneo, y la escuadra surta en aguas de Asia a fin de desplazarse simultáneamente. Una escuadra resultante de la combinación de las dos anteriores, reforzada con algunos barcos de la escuadra nacional, debería conquistar las Islas Canarias, con vistas a utilizarlas como base para ulteriores maniobras contra la marina española en sus propias aguas, así contra el comercio de la misma nación.”

Theodore Roosevelt, al mando de la Armada.

Este último apartado alarmó al presidente del Naval War College H.C. Taylor, que envió una carta al secretario del Navy Department en Washington D.C mostrando su desacuerdo con la estrategia propuesta.

  “No estoy de acuerdo con la sugerencia sobre hacer una pretenciosa aparición en aguas españolas de Europa, dadas las dificultades y riesgos implicados en una operación tan comprometida a realizar a 3.500 millas de distancia de nuestras bases; de llevar a cabo tal maniobra sería con la intención de proporcionar al poderío naval y militar español una seria ofensiva; no soy de la opinión que nuestra presencia en aquellas aguas y la campaña proyectada puedan infligir considerables daños a España. De ahí que insista en recomendar que toda la fuerza a disposición de los Estados Unidos se concentre en Cuba.

Roosevelt, que quizás era pitoniso y se levantó sudando alguna noche tras soñar que el acorazado Maine estallaría en pocos meses en el puerto de La Habana dando así una motivo para la ansiada Guerra Hispano-Estadounidense, continuó insistiendo sobre la necesidad de atacar y respondió a la carta de Taylor.

   “Pensamos que España no tendría éxito con la flota estadounidense en aguas cubanas. Podría haber ataques rápidos sobre nuestro bloqueo de Cuba por cruceros españoles bien armados y protegidos desde aguas españolas. Por esa razón propusimos que una escuadra volante, de dos cruceros acorazados y dos destructores y otros navíos deberían ser destinados a la costa española para una demostración de fuerza sobre sus ciudades menores y amenazar con bloquear a las mayores, haciendo que las autoridades españolas retengan en su propia costa una escuadra. Pensamos que los barcos españoles más peligrosos para nuestro bloqueo en Cuba deben ser detenidos en las aguas españolas.”

Tensión en las Canarias

Poco antes del inicio de hostilidades, en febrero de 1898, dos buques de guerra norteamericanos fueron vistos en las cercanías de las islas Canarias. Eran dos cruceros, el Bancroft y el San Francisco. La noticia corrió como la pólvora entre la población local, causando gran alarma. Las defensas de las islas estaban anticuadas, desfasadas al igual que las unidades navales que las protegían. El 5 de abril la Comandancia de la Marina de Santa Cruz de Tenerife trasladó al cañonero Eulalia a ocho millas al norte de la isla para que avisara de la presencia de buques norteamericanos. Esta orden fue la primera medida que tomaron las autoridades militares de la región para contrarrestar un ataque naval por sorpresa a cuenta de la armada de Estados Unidos

El 6 de abril de 1898 el almirante Cervera realizó la siguiente reflexión.

   “…si nuestra fuerza naval fuera superior a la de Estados Unidos, la cuestión sería muy sencilla, pues, con cerrarles el paso bastaría, pero como no solamente no es superior, sino muy inferior, tratar de cerrarles el paso, o sea, presentarles una batalla naval con carácter de decisiva, sería el mayor de los desatinos, porque sería buscar una derrota cierta, que nos dejaría a merced del enemigo, que se apoderaría si quisiera de alguna buena posición en las Canarias…“

Al final, la guerra

El 25 de abril de 1898 tras rechazar España un ultimatum estadounidense que exigía la retirada de Cuba, se desataban las hostilidades entre ambas naciones. El Gobierno español envió a Canarias tropas de refuerzo  en los buques Montserrat, San Francisco, y Antonio López. El Capitán General de Canarias declaró vigente el estado de guerra en las islas y suspendió las garantías constitucionales. El ayuntamiento de Las Palmas formó un Batallón de Voluntarios para la defensa de Gran Canaria. El 11 de mayo de 1898 se proclamó en Santa Cruz de Tenerife el estado de guerra y se formó también una  compañía de voluntarios.

Antonio María Manrique , cronista que escribía en el periódico Lanzarote, recordaría después:

    “…en la primera mitad del año 1898, todo fue alarma en Lanzarote, porque de momento en momento eran esperados aquí los yanquis. (…) Cualquier crucero enemigo nos podía asediar a todos, rindiéndonos por el hambre y la sed, tratando de cortarnos todo medio de comunicación.”

El 1 de mayo los norteamericanos se merendaron la flota española en la Batalla de Cavite (Filipinas). El 3 de julio repitieron con los buques de Cervera, resignados a una guerra perdida, en la Batalla de Santiago de Cuba. Lo de “batalla” es un decir.

El 19 de julio de 1898 se declaró alerta máxima en Lanzarote, se esperaba una invasión inminente, para aquella misma noche. Se solicitó la ayuda de voluntarios y se cavaron gran cantidad de trincheras. Sin ambargo, las tropas nortamericanas no llegaron a pisar la arena de la Playa de las Cucharas ni las futuras playas nudistas de Charco del Palo.

Ese mismo mes, el presidente del gobierno español,  Práxedes Mateo Sagasta, explicaba la necesidad de capitular en parte porque “las Baleares, las Canarias y la Península española estaban en peligro“. Aunque se conoció que el presidente americano Mc Kinley aseguraba que no permitiría desembarco alguno en las Canarias “ni siquiera para aprovecharlas como base de operaciones contra la Península“, esta amenaza pesó sobre España durante las negociaciones de paz que acabaron con nuestro, ya por entonces, capitidisminuido imperio.

A modo de epílogo

¿Sabían los americanos desde el principio que no iban a atacar Canarias pero alimentaron este temor para obligar a la débil España a distraer esfuerzos y recursos que se podían haber empleado en Cuba? ¿Qué habría sucedido de haberse realizado la invasion? Los norteamericanos se las habrían tenido que ver con una orografía de pesadilla para cualquier ejército invasor que hubiese favorecido a una posible guerrilla anti ocupación.

¿O habrían aceptado sumisamente los canarios a sus nuevos gobernantes? ¿Sería Canarias hoy en día un estado asociado (o siete) a los Estados Unidos, como Puerto Rico? ¿Hablarían spanglish? ¿Dirían cosas como “Blodel, me voy en la guagua pa’ Santa Lucía a loncheal unas wrinkled papas y un ron con honey, que tonight there is a tenderete en la Main Square”.

¿Habrían  arraigado en el acervo multicultural USA la isa canaria y el silbo gomero?  ¿Habría representación guanche en el desfile de Columbus Day por la Quinta Avenida de Nueva York?  ¿Cantaría Caco Senante “the delicius canarian sauce is called mouho picoun” en lugar de “la rica salsa canaria se llama mojo picón“?  ¿Habría sido José Velez superventas en el Billboard de 1976 con “Little man from Canary Islands” (“Canarito”) junto al “I love to love” o el “Hotel California”.

Por suerte, nunca lo sabremos.

 

Hispanista revivido.