La historia de mi primer Amor

Esther, Miami, mayo de 2016
Esther, Miami, mayo de 2016
Esther, Miami, mayo de 2016.

París, 5 de junio de 2016.

Querida Ofelia:

Mi viejo amigo Octavio estudiaba conmigo el pre universitario de La Habana José Martí.  Recuerdo perfectamente su love story con Esther. Era una chica alta, delgada y bella. Tanto a él como a mí nunca nos gustaron las chicas tipo “guitarras” o Criollitas de Wilson. Si Esther hubiese vivido en París, es muy posible que hubiera sido modelo de una gran casa de modas. Yo la conocía de vista y tuve la oportunidad de hablar algunas veces con ella, me parecía simpática.

Hace tres días Octavio me llamó por teléfono para contarme que Esther lo había encontrado por Facebook desde Miami y… como donde hubo fuego cenizas quedan, a pesar de los años, ha hablado con ella varias veces por teléfono.

Te envío la carta que escribió Esther, creo que está muy clara y que podrás comprender mucho sobre aquella love story de mi gran amigo y Esther.

“Miami, 1 de junio de 2016.

A pesar de vivir en una Cuba que era gobernada por un sistema dictatorial, los jóvenes teníamos ambiciones, deseos de tener un mejor modo vivendis e ilusiones.  Yo estudiaba en el pre universitario de la Habana, y tenía muchas amistades.  Con sólo 15 años, ya soñaba con el amor.

Casi todas mis amigas ya habían experimentado lo que era tener novio, la pasión de un beso, la de un abrazo de un joven que les gustara.   A los 15 años aún no había vivido aquella experiencia.  Me encantaba bailar.  Recuerdo que mi madre, en época de carnavales, me llevaba a bailes infantiles y bailaba cha cha cha y rock and roll.  Tenía tantas amistades entre las que casi todas las muchachas estábamos al cumplir los ansiados 15 años.

En aquellas  Fiestas de Quinces, se montaban lindas coreografías y a mí me encantaba que mis amigas me invitaran a bailar sus Quinces.  En una de aquellas fiestas, en el antiguo Casino Español de Miramar,  conocí a Octavio, mi primer amor, mi primer novio y mi primer beso.  Me sacó a bailar y conversamos mucho,  se me declaró y me pidió que fuera su novia, y… lo acepté.

Octavio era guapo, alto, trigueño, de porte distinguido.  Nuestra primera cita fue en la calle San Rafael en la Habana, y fue emocionante.  Nos tomamos de las manos y caminamos hacia el Prado y paseamos por él.  Esa noche entré por primera vez a un night club, el Intermezzo.  Se escuchaban bellas canciones y todo estaba a media luz. No  recuerdo lo que bebí, posiblemente una soda o un jugo y él también. Yo estaba apenada, era mi primera vez sola con mi novio, y no sabía ni lo que pasaba por su mente. Sí recuerdo que estaba muy nerviosa.

Él fue amable y cariñoso. Me tomó la cara para darme un beso. ¡Oh Dios mío, mi primer beso! Me asusté y sin desearlo le mordí los labios.  Se quedó serio y tuve que explicarle que no sabía besar.  Recuerdo que se me aguaron los ojos, y él lo entendió. Entonces,  tiernamente me enseñó a besar.   Así fueron pasando muchas citas, en fiestas, en el cine Rex, en el Campoamor y otros.  Recuerdo un día en que quedamos en vernos en la calle San Rafael. Llegué tarde a la cita y cuando se me acercó me dijo: – Si ves un árbol ahí, ése soy yo que eché raíces.  Nunca olvidé aquella forma de regañarme y puedo asegurar que la he usado a través del tiempo.

Un día nos encontramos cerca de mi casa y Octavio  venía con cara de disgusto. Le pregunté qué le pasaba y me enseñó  un telegrama en el que le informaban que tenía que presentarse al S.M.O.  No sé por qué, pero me sonreí y él me dijo: -Ésto no es nada gracioso.  Partió para el ejército y estuvimos carteándonos por unos meses. Yo esperaba ansiosa aquellas cartas que me escribía desde la Unidad Militar, hasta que al fin salió de permiso.  Teníamos una fiesta en el Vedado Tennis y nos encontramos, él me pidió hablar sobre algo importante. Nos sentamos aparte al final de la gran terraza. Muy serio me dijo que no podía continuar nuestra relación y que en aquel momento se terminaba.  Era algo que no esperaba y me afectó tanto que le pedí a mi mamá que nos marcháramos inmediatamente. Ella no comprendía, pero se percató de que algo había ocurrido al mirarme a los ojos.

Me dolió mucho el rompimiento, no lo esperaba. Me percaté de  que el primer capítulo de amor en el libro de mi vida se cerraba. Fue Octavio  mi primer amor y el primero que me destrozó el corazón.  Yo esperaba que se arrepintiera,  que me buscara, pero fue así.  Pasaron varias semanas y no supe más de él, por lo que di por terminada toda posibilidad de arreglo entre nosotros.

Me di cuenta de que había superado el dolor y la decepción, cuando varios meses después, en una fiesta en La Artística Gallega, coincidimos. Se me acercó para decirme que lo perdonara, pero  yo ya no quería nada con él.  Tenía otro pretendiente, me divertía mucho en los bailes y la idea de que abandonaría Cuba, como determinaron mis padres, no me daba espacio para ninguna nueva relación por muy seria que ésta fuera.

Coincidimos en fiestas y bailes en el Roof Garden del Hotel Sevilla, Los Curros Enriques, el ático del Hotel Plaza, la Artística Gallega, el  Copa Room del Hotel Riviera, etc.  Siempre se acercaba para preguntarme si deseaba bailar con él, pero yo le daba un No rotundo. Él insistía a pesar de mis desplantes. Creo que para Octavio el lograr que yo bailara con él de nuevo, hubiera representado una especie de victoria para su ego, pero nunca lo logró.

Fue en el 1968, cuando al fin  nos llegó la tan esperada salida del país. Octavio se enteró y fue a despedirme a casa, pero había tanta gente que sólo pudimos intercambiar unas palabras. Intentó besarme en la mejilla, pero se lo impedí al alargarle la mano. Lo vi partir de casa con la cabeza gacha, él que tan derecho caminaba siempre con la vista al frente. En aquel momento tuve la intención de salir a la cera detrás de él para intercambiar unas palabras más de despedida, pero llegaron otros amigos y no pudo ser.

Llegué con mis padres a los EE.UU. el 24 de septiembre de 1968 gracias al puente aéreo desde Varadero.

En las cartas de nuestra amiga común Teresita, me escribía que cuando Octavio la encontraba en alguna fiesta, en el Ten Cent de Galiano donde solían merendar o en cualquier lugar, siempre le preguntaba por mí.

Hace una semana, logré encontrar a Octavio por Facebook, le pedí la amistad virtual y en “mensajes” le expliqué quién yo era y le pregunté si él era el chico que había sido mi novio en La Habana en 1967 y 1968. Me respondió inmediatamente y me pidió el número de teléfono. Me ha llamado varias veces y a cada vez hemos hablado durante más de una hora. Nos hemos contado nuestras vidas y hemos visto las fotos de nuestras familias respectivas.

Octavio vive en Bruselas con su familia desde hace casi 40 años.

Me parece mentira que 48  años después, haya  podido hablar de nuevo con aquel chico – hoy abuelo -,  que fue mi primer novio, el que me dio el  primer beso, el que fue mi primer amor y también el primero que me destrozó el Corazón.  Ha sido un retorno al pasado y ambos hemos revivido recuerdos que estaban dormidos en nuestras memorias. Es muy cierto que recordar es volver a vivir.

Me pidió que contara nuestra historia de amor, para enviarla a París a un amigo que podría publicarla. Es ésta, la acaban de leer.

Esther.”

Después de leer la carta de Esther, muchos recuerdos me vinieron a la mente. Llamé a Octavio a Bruselas y le pregunté por qué motivos había terminado su historia de amor con ella, aquella noche de fiesta en el Vedado Tennis de La Habana.

Me confesó: – Querido amigo, yo estaba enamorado de Esther, pero también de Mercy. Como ésta última me había dado esperanzas y estaba aquella noche en la fiesta, pues tomé la estúpida decisión de terminar con Esther para poder pasar la noche bailando con Mercy. Así mismo fue, pero ni en esa fiesta ni en ningún momento posterior logré tener una relación amorosa con ella. Por lo cual considero que terminar con Esther, fue un error que cometí a causa de mi inmadurez.

Y así querida Ofelia, soy testigo de la “resurrección” de una vieja historia de amor de adolescencia, casi medio siglo después, ahora convertida en amistad entre una abuela y un abuelo, a los que separa físicamente un océano.

Te quiere siempre,

Félix José Hernández.