Uno nace donde le tocó nacer y muere donde lo coge la pelona. Lo demás son cuentos de intelectuales wannabe que nadan entre dos aguas culturales. La identidad nacional no es una libre decisión que se toma, sino que viene socialmente condicionada como una fatalidad, que puede ser dulce o amarga, según y cómo, o ambas cosas a la vez o de manera sucesiva. Más que de donde naciste, tú eres de donde creciste y te formaste, de donde empinaste el papalote y jodiste la papeleta, aunque cambies el acento y hayas soltado los ariques del guajiro. La identidad no es apenas una abstracción o una construcción teórica, aunque así lo pretendan algunos gurús que se ponen la patria por montera. Ahora que lo posmoderno se nos ha vuelto antiguo y no se estila tanto epatar con ínfulas de bloguero posnacional, nos va quedando más claro que la identidad no es un simple constructo. Tiene infinidad de concreciones que desbordan el congrí y otros estereotipos, incluyendo los mitos fundacionales. Pero al final tu perfil identitario viene dado no solo por quién tú eres sino sobre todo por quién en realidad no eres.

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