José Gabriel Barrenechea.

Parto de condenar los recientes ataques al prestigio del poeta Arístides Vega, por demás de
una manera ruin que por sí misma más que empequeñecérselo se lo resaltan al contratarlo con
la naturaleza chancletera de los “argumentos” usados por su agresor: suciedades que más
hablan del estercolero maloliente que habita en la mente de este, o la envidia monda y lironda
de quien sueña llevarse a casa los mismos privilegios merecidos por el agredido.

Pero afirmo, además, que como regla si semejantes ataques desacreditan más bien a quien los
hace, también lo logran con el atacado, si es que comete el triste error de darse por enterado
de ellos. Lo cual puede complicarse hasta casi los límites mismos de la infamia si el susodicho
cae en la tentación de ciertas ingenuidades, como la de pedirle favores al Enemigo Malo.

No niego el derecho del afectado a buscar justicia, a proteger su nombre. No niego por
completo la necesidad de establecer el precedente que evite que tales ataques se repitan, pero
sobre todo, como me replicó el misericordioso Otilio, que se repitan hacia ciertas personas más
vulnerables del gremio.

Lo entiendo, pero a la vez recuerdo el buen consejo que más de una vez he escuchado de mis
mayores, aquel de que “a palabras necias, oídos sordos”. Un consejo mucho más valedero en el
caso de la figura pública, como lo es todo aquel que escribe para los demás más que para sí
mismo; y es que lo primero que se debe de saber al entrar por propia voluntad en tal categoría
es que desde ella no se tiene absolutamente ningún control sobre lo que los demás piensan en
definitiva de uno (como tampoco sobre qué los demás entenderán de lo escrito por uno, que
por lo general no es lo que uno desearía que entendieran: tómese por ejemplo el seguro
destino de este artículo).

Hay que conformarse con lo que uno piensa de sí mismo, y no dejarse llevar por el tiránico
deseo de querer imponerles a los demás una creencia; por más que la misma sea la que tienen
en sus mentes sobre nuestra persona. Y mucho menos hay que de dárselas de encabronados
cuando tal desacuerdo de opiniones necesariamente ocurre, porque entonces, como todos
sabemos pasa sin escusas en este país, lo que hacemos no es más que en convertirnos en
“trajinados”, en esos individuos que todos hacen blanco de sus burlas; o lo que es lo mismo, en
las pelotas del deporte nacional de este país: el choteo , el cuero , el trajín .

No niego, repito, el derecho a buscar justicia. Solo critico la ingenuidad de buscarla en ciertas
instituciones que todos sabemos, mucho más personas como Arístides, a quien tantos palos le
ha dado la vida (y quien no es la vida…), que son parte, y fuente principalísima, en muchos sino
en todos los chismes, bretes y mentiras que constantemente se mueven dentro del mundo de
las letras en Cuba.

Me refiero, claro está, no tanto a ese MININT que suele cumplir, aunque no siempre, una
función legítima en el ordenamiento institucional de la República, sino a la institución-cáncer
que necesariamente fue consultada en última instancia este caso: la Seguridad del Estado (el ​
presunto culpable está afuera, y hasta España la rechoncha y poco dotada de medios mano del
DTI no llega… como sí es el caso del largo brazo , peludo y simiesco, del G-2).

Ir a buscar ayuda en una institución que no nos es desconocido se dedica a mantener dividido
e indeciso, mediante métodos non santos , al gremio literario; que históricamente, y con
sistematicidad merecedora de mejor causa, se ha consagrado al asesinato del prestigio ajeno
de cuanto literato no actuara con la debida sumisión en esa obligada ceremonia iniciática por la
que se nos deja bien claro quiénes son los cheches de este país (los segurosos, claro está), es
en todo caso de una ingenuidad pueril.

Porque todos sabemos, o al menos sospechamos, que más de uno de esos frecuentes chismes
que constantemente se corren por el gremio ha sido parido en las oficinas secretas del G-2;
porque todos, o casi todos, si exceptuamos a los anodinos o a los agentes desde un principio,
hemos advertido en esas “conversaciones” que a ratos tienen con nosotros los “compañeros o
compañeras que nos atienden”, sus nada sutiles intentos de manipularnos unos contra los
otros (divide, y vencerás); las “informaciones” que como por descuido o supuesta amistad nos
dejan caer, para mediante esta argucia psicológica redireccionarnos el malestar que
invariablemente sentimos en tales entrevistas: redireccionarnos como arma suya contra
alguien hacia quien en los planes del G-2 está el que le viremos nuestros cañones, mediante la
manipulación de esa mezcla de sentimientos de impotencia, de miedo, de humillación… ante el
ridículo escenario de tener que soportarle a ese seguroso “que nos atiende”, imbécil e inculto
evidente, muy creído en su posición de miembro alpha de la Manada Nacional, el que se dé el
lujo de venir a “sermonearnos”.

En este sentido, me pregunto: ¿No podría estar detrás de esos correos infamantes nada menos
que la mismísima institución a la que se ha corrido a pedir ayuda para que descubriera al autor
de los mismos?

Una suposición para nada infundada, porque recordemos que el “desertor” era nada menos
que el director de Capiro, que tiene contactos bien ganados por la destacable labor editorial
que aquí realizó, y que ahora desde España podría convertirse en un canal de comunicación
entre el gremio santaclareño y el poderoso sector insumiso de las letras cubanas de Madrid. En
tal caso: ¿a quién le iba a convenir más la ruptura que habría de implicar el que el “desertor”
fuera el autor de semejante escándalo, sino a la Seguridad del Estado? Porque en tal caso
incluso sus amigos, no hablemos de sus enemigos de antes de la partida, no podríamos más
que poner distancia ante alguien que se comporta de manera tan indigna.

No se puede ser ingenuo, repito, mucho más cuando ya se ha sobrevivido a tantos palos,
porque entonces sí se puede uno embarrar de a bueno el prestigio… y nada menos que de
mierda.

El meollo de este acto tan ingenuo, pero no malintencionado, a mi modo de ver, paréceme
estar en el provincianismo. Es esa particular condición del escritor de provincias, que lo lleva a
no percibirse como una figura pública, la que explica la acción infantil del poeta de marras. En
un final ese haber vivido toda su vida adulta como un infante bajo el cerrado régimen
informativo y deliberante impuesto por el patriarcal castrismo, en que independientemente de
su valía se vive como fuera del mundo de los medios y de las grandes discusiones, en todo caso​

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