Foto: Alma Mater, Universidad de La Habana.

París, 6 de marzo de 2016.

Mi querida Ofelia:

Solo hoy he sabido que esta carta nunca llegó a tus manos, a causa de los “misterios del correo cubano”. Es por ese motivo que te la vuelvo a enviar ocho años después, ya que la considero como muy importante.

Con gran cariño y simpatía,

Félix José Hernández.

París, 28 de octubre de 2007.

Querida Ofelia:

Acabo de recibir esta carta de mi hermano desde Italia. Sé cuánto significó para él su profesora de alemán en la Universidad de La Habana, quien además de ser una intelectual excepcional, fue una de aquellas personas que dejan huellas en quien se acerca a ellas, sé también que se ganó tu cariño y la simpatía de tu adorado Amado. Ambos vieron en Christa Pohl una persona única en su clase, que alumbraba el camino de mi hermano dentro de la Bicentenaria Universidad de San Cristóbal de La Habana. Luego supe por él, que para ahorrarte sufrimientos, las cosas que soportó y tuvo que sobrevivir durante esos años, jamás llegaron a tus oídos de madre. El sufrimiento en silencio se ofrece con humildad a Dios y basta. Aquí te envío esta carta hasta allí donde estás con Amado esperando ya la llegada de Christa.

Te quiere siempre,

Félix José.

Ischia, 25 de octubre de 2007.

Mis queridos hermanos,

Sé como se sentirán, pero he aquí la noticia que me ha sacudido el alma pues nuestra querida Christa Pohl ya no está entre nosotros.

Todo el día he estado pensando en que ya dejó este mundo en medio de un dolor que nadie merece. Uno tras otro se han ido marchando tantos y tantos seres queridos, dejando en nuestro recuerdo la luz que despedían a su paso. Ahora se marchó la mujer que tuvimos entre nosotros en nuestros años mozos, que con su carisma marcó nuestras vidas; la que compartió nuestras tristezas y sueños en los primeros pasos que comenzábamos a dar ilusionados en nuestra futura vida profesional, la que sembró en nosotros principios, la semilla de la ética profesional y método de estudio para lo que nos esperaba en nuestra aventura, la que nos repitió hasta el hartazgo que no estudiáramos para los exámenes sino para la vida que nos esperaba. Se fue la mujer a quien todo debemos del alemán que hablamos, escribimos y traducimos. Se marchó quien se enamoró de La Habana, de nuestro mar y cielo azules, de nuestro carácter tan diferente al del mundo de donde venía. Soñó con el café que se toma de pie, a toda prisa, entre los vecinos habaneros, se entregó a nuestro mundo y se empapó en sudor diariamente, se unió a todas las privaciones que nos seguían los pasos, y comió lo que nosotros comíamos, viajó en nuestras guaguas y siguió siempre junto a sus estudiantes.

A pesar de todos los pesares, contra viento y marea, chorreando sudor habanero aprendió a amar a aquellos jóvenes, se hundió en desilusiones y lágrimas al vernos sufrir amargamente cuando el viento se viró contra nosotros para antojarse kafkiano y cubrir nuestro cielo azul de jóvenes, al tratar de entender cuando nada estaba previsto entender, para luego brillar de gozo al ver renacer nuestras vidas con el paso de los años, cuando poco a poco pasó el temporal, escampó y la volvimos a encontrar en Alemania, en su modesto apartamento de Halle.

Hemos tenido la satisfacción de tener su visita en la Isla de Ischia en su soñada Italia a donde no le estaba dado viajar mientras el cielo de su país y de Europa, al decir de sus letras, se mantuvo dividido. Cuánto nos criticaron y envidiaron en tantos la imborrable satisfacción de haber merecido el afecto y la confianza de aquella mujer eminente que nos adoptó como los hijos del alma que no tuvo y que luego nos quiso en silencio desde su casa en Halle, esperando que regresáramos un día a verla en su tierra, y nos mantuvo en su corazón hasta que cerró los ojos para siempre.

Fue la que sobrevivió al bombardeo aliado sobre la ciudad Dresde junto a otras jóvenes en una cisterna helada en el lejano marzo de 1945. Al saberlo, saboreando un café cubano en su modesto apartamento de Halle, pude entender por qué no tuvo fuerzas para hablar en clase de aquellos duros tiempos que marcaron su vida y su salud, optó por cerrar los ojos, enjugó sus lágrimas en silencio y con un suspiro parpadeó nerviosamente y pasó las páginas de aquel libro que luego me regaló y conservo como un tesoro para mí de un inefable valor sentimental.

Desde hoy brilla una nueva estrella en el cielo, allá donde junto a todas brillan también las de Ofelia, Mafalda, Luis, Amado y tantos más.

Rafael, Adela, Dalia, Sonia, Gisela, Helga, queridos hermanos todos, habéis visto la pasión de aquella mujer enamorada de su profesión, la entrega incondicional al sacrificio de sí misma con tal de educar los hijos que había encontrado en La Habana. Dios es grande y su misericordia infinita, ya Christa descansa tal y como me pidió la última vez que conversé con ella al teléfono, cuando con palabras entrecortadas me rogó que pidiera su descanso pues ya no podía soportar más los días del fin. Me pidió que no estuviéramos tristes, aunque irremediablemente lo estamos. Recordémosla como siempre fue, caminando de prisa, envuelta en libros, en una tacita de café apurando otra, en un daiquirí cubano, en un mojito criollo, en la arena y la brisa de Santa María del Mar, en sus cigarrillos Populares, en un concierto de Haydn y en otro de Bach, en la plaza de la Catedral de San Cristóbal de La Habana, en su infinito amor por la vida y la justicia.

Juan Alberto, Hans o Albertochen, como siempre me llamó ella.

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