La interminable ruta funeraria de Martí

Exhumación del cádaver de José Martí, Santiago de Cuba, 1907. (WIKIMEDIA)

A 120 años de un viaje fúnebre de ocho días desde Dos Ríos hasta Santiago de Cuba.

Han terminado los homenajes y ceremonias por los 120 años de la caída en combate de José Martí, ha concluido el coro de letanías, encomios y delirios líricos, se han callado por un rato los sacerdotes del martianismo.

Pero hace 120 años, el cadáver de Martí todavía no había recibido sepultura aún. Caído en la tarde del 19 de mayo, el insigne muerto no sería enterrado hasta varios días después, en medio del calor y la lluvia constante.

La primera vez que vi la terrible foto del cadáver fue en el blog de Arsenio Rodríguez Quintana, que la había tomado de la página web de la Unión de Periodistas de Cuba, donde se hace un detallado recuento de la ruta fúnebre del Apóstol.

Cuando Martí, el 19 a las dos de la tarde, cae a tierra ante la descarga de fusilería española y es posiblemente rematado en el suelo por un voluntario, se revisan sus pertenencias para identificarlo y es reconocido además por dos personas que lo habían visto antes.

La ruta fúnebre

El coronel José Ximénez de Sandoval, que dirige la tropa peninsular, ordena llevar el cadáver a Remanganaguas, donde podrá telegrafiar a sus superiores en Santiago de Cuba para informar lo sucedido.

Una pequeña fuerza mambisa al mando del General Quintín Banderas, bajo la intensa lluvia, intentará durante todo el camino recuperar el cuerpo, lo que resulta imposible por la superioridad numérica del enemigo.

Al día siguiente, por la mañana, José Martí es enterrado en el cementerio de Remanganaguas bajo el cadáver de un sargento español también muerto en combate. Por la noche llega a España la noticia de que ha muerto el “Presidente de los mambises cubanos”.

El día 21 el hecho es informado por la prensa alrededor del mundo y, el 22, el director del bisemanario cubano La Caricatura —que publica fotos de actualidad— encarga al experimentado fotógrafo Higinio Martínez que marche a Santiago de Cuba para cubrir el acontecimiento.

Ese día, en Remanganaguas, se exhuma el cadáver de Martí mientras todavía por los alrededores insisten las fuerzas de Quintín Banderas, y al día siguiente, 23, se realiza la autopsia y embalsamamiento del cadáver.

El Segundo Batallón Peninsular, de 1.500 hombres, llega el 24 al pueblo para custodiar el cuerpo hasta Santiago de Cuba. Al día siguiente, colocan el cadáver en un tosco ataúd de cedro construido por un aprendiz de carpintero adolescente y llegan a Palma Soriano, siempre hostigados por los hombres de Quintín Banderas.

Durante algunas horas, antes de llevarlo al cuartel, se expone el ataúd abierto en un parque de la ciudad para que nadie dude del terrible golpe que han dado las fuerzas españolas.

El 26, la enorme columna, tiroteada a ratos por los mambises de Banderas, logra llegar a San Luis y desde allí el cuerpo es conducido en tren hasta Santiago de Cuba, a donde llega al atardecer y a cuyo cementerio de Santa Ifigenia es llevado bajo la mirada consternada de la gente.

A las ocho de la mañana del 27 comienza el militarizado entierro. El fotógrafo de La Caricatura toma varias instantáneas del servicio fúnebre y del cadáver, la última y dolorosa foto del héroe cubano a ocho días ya de su muerte.

Por orden del Gobernador de Santiago, el coronel Ximénez de Sandoval, ya que nadie se animaba a despedir el duelo, pronunció unas pocas palabras de despedida a quien no consideraba él un enemigo, sino simplemente un hombre al que “las luchas de la política colocaron ante los soldados españoles”.

Luego, el ataúd fue situado en el nicho 134 del cementerio. Sin embargo, todavía, en el transcurso de los años, sería movido al Templete, después al Retablo de los Héroes y finalmente descansaría en el mausoleo que se le erigió en Santa Ifigenia.

Un rostro de yeso o de papel

El destino posterior de la imagen de Martí durante estos 120 años no ha sido menos tortuoso.

Sabemos que este hombre vivió la mayor parte de su vida en el extranjero y en Cuba era muy poco conocido. Después de su regreso final, a veces la gente confundía su nombre. Un campesino trajo una vez un pollo al campamento para el general “Matías”.

Antonio Oliva, voluntario del ejército español, entró en una tienda de Remanganaguas el día 20 de mayo y pidió un trago del popular licor de anís “Mañanitas de Carabanchel” celebrando que había rematado al líder de los mambises, “un tal Martínez o Martín”, como relató el adolescente carpintero que luego armó su ataúd.

Hoy todos conocen muy bien en Cuba su nombre, cualquiera cita sus palabras y los escolares recitan sus versos y ponen flores ante los incontables bustos de yeso que hay por todo el país, pero ese Maestro, ese Apóstol, tiene realidad y significado en la vida de muy pocas personas.

Las mentiras y manipulaciones históricas del castrismo han hecho un daño mortal al martianismo. La sombra nefasta de Fidel Castro ha devorado la vitalidad que le quedara a la figura del prócer cubano por excelencia y, para colmo, el propio eclipse del mito revolucionario ayuda al eclipse del mito martiano.

Es muy extraño para el cubano aquel hombre cabalgando un magnífico caballo blanco, vestido de negro, con sombrero de castor y un revólver plateado con cachas de nácar en la mano, y para acercarlo lo imaginan borrachín y mujeriego.

No es probable que el culto martiano desaparezca por completo, pero la historia y la realidad misma son implacables y, en nuestro caso actual, los jóvenes tienden obligadamente a ser prácticos y a desdeñar todo idealismo.

Recuerdo que un día, al atravesar un grupo de muchachos que conversaban en una acera, escuché nombres de próceres. Uno de ellos sentenció: “Un Martí no me sirve para nada. Yo quiero un Washington”.

Claro que hablaban de dinero.

Hispanista revivido.