José Gabriel Barrenechea.

Un importante sector del espectro político cubano: la izquierda democrática, no termina de decidir cómo votará en el próximo Referendo. No obstante un análisis de las razones de esa indecisión nos deja ver que se basa en equívocos.

En primer lugar, como izquierda, a muchos de sus integrantes les repugna votar de la misma manera que la derecha. Sin embargo, quienes sienten ese malestar indefinido que genera el tener que coincidir en acción electoral con el “bando contrario”, no tienen en cuenta que a lo que llama la derecha más recalcitrante y trumpetera no es a, según ellos, validar el manipulado proceso electoral con el voto, si no a no asistir.

Por lo tanto, el asistir a las urnas, para votar NO, es una posición propia e indisputada de la izquierda democrática dentro del amplio arcoíris opositor. De hecho fueron personalidades de la izquierda y el centro democrático quienes primero se refirieron, desde el mismo 19 de abril, a las posibilidades que abría el Referendo anunciado por Raúl Castro, y quienes comenzaron la campaña por el NO. Campaña que solo después, tras muchas vacilaciones, fue adoptada por el sector racional de la derecha.

También retrae del NO a muchos miembros de la izquierda democrática y progresista el que al elegir votar de esa manera mezclarán su voto con el de los sectores culturales más retrógrados, embebidos de intolerancia homofóbica e irracionalismo, de la sociedad cubana actual. Algunos representantes de la izquierda incluso temen que en caso de una victoria del NO sería esta capitalizada por el grupo militante mejor organizado dentro de esos sectores: los fundamentalistas cristianos.

Ante lo último solo podemos decir que es cierto, un triunfo del NO podría ser capitalizado por los fundamentalistas cristianos. Los cuales, como no se atreven a pasar por opositores abiertos asistirán a votar, y por lo tanto, a diferencia de lo que hoy ocurre en EE.UU o Brasil, renunciarán a unirse a la derecha trumpetera en la abstención.

Pero el gran peligro está en que el tal capital político de los fundamentalistas, en un tiempo en que el gobierno cubano da signos inequívocos de querer desplazarse a la derecha, quizás lleve a un acercamiento entre estos dos actores políticos cubanos, que parecieran necesitarse el uno al otro cada vez más: Resulta significativo que quien esto escribe pasó preso 24 horas a fines de septiembre, por enviar correos en que promovía el NO; mientras en cambio muchas iglesias han celebrado actos públicos en que implícitamente hacen lo mismo, e incluso muchos religiosos cuelgan hoy en las puertas de sus casas propaganda en que tácitamente llaman a votar NO, y no obstante no se los molesta. No olviden los escépticos ante tal probable alianza, que los fundamentalistas cristianos demuestran muy pocos escrúpulos éticos o ideológicos a la hora de escoger a los campeones que los defiendan del mundo, y que el gobierno busca desesperadamente aliados poderosos dentro de los EE.UU.

Sin embargo, tras admitir ese posible escenario, es ineludible comprender que el triunfo del NO solo podría ser capitalizado por los fundamentalistas cristianos si la izquierda y el centro se retrajeran.

Aun sin necesidad de encuestas, cabe asegurarse que la izquierda democrática cuenta con más votos en la Cuba de hoy que los evangélicos, los homofóbicos o la derecha trumpetera, todos en conjunto. Pero incluso si tuviera ella menos Nos a su haber, el carácter más presentable de sus argumentos, la superior amplitud y profundidad de los asuntos que le interesan, y el más concreto interés de los mismos, ya de hecho convalidarían tal diferencia a su favor, al hacerla mil veces más visibles.

Por otra parte, si la izquierda democrática hiciera suyo el NO, en paralelo con los evangélicos, dejaría a la izquierda autoritaria, en el poder, en una posición en que no le queda otra salida que buscar acercarse a ella mediante concesiones democráticas. Porque aunque el deseo inconfesable de la izquierda autoritaria sea en verdad acercarse a los evangélicos, con los que comparte la tendencia al autoritarismo y a la visión paternalista de los pobres, le sería muy complejo dar un timonazo ideológico y acercarse a estos. No nos engañemos, en una situación como la descrita la izquierda autoritaria tenderá a moverse más bien en dirección a la izquierda democrática, por la inercia de sus discursos auto-legitimadores, que no puede simplemente cambiar de la noche a la mañana.

Es cierto que votar NO nos llevará implícitamente a votar en contra del derecho de los homosexuales a legalizar sus uniones en matrimonio, o sea, a negar un derecho humano; pero el asunto es aquí cuantitativo, y de estrategia más que de táctica. Negamos, contra nuestras ideas y creencias, nuestro apoyo a una concesión, la que le hace el estado autoritario a una minoría, por luchar con nuestro voto castigo para obtener un conjunto de derechos humanos esenciales, sobre los cuales se asienta a su vez el derecho a elegir libremente con quien nos unimos en matrimonio: Los derechos civiles y políticos que nos hacen una persona que en consecuencia tiene ese derecho a elegir, con quien casarnos, pero también cómo cortarnos el pelo, o qué creer, a reunirnos, o incluso a consumir drogas o música chatarra.

Ya no se trata por tanto de apoyar una graciosa concesión del estado: el artículo 68, sino el conquistar nuestro derecho a tener un espacio intocado por el estado o los otros individuos libres (derecho negativo), y a participar realmente en el ordenamiento de nuestra sociedad (derecho positivo). Para lo cual debemos ampliar nuestro panorama desde la inmediatez de nuestros intereses a los más amplios esquemas, desde los que solo nos es dado cambiar nuestra cotidianidad.

En todo caso, y para terminar este punto particular, en este asunto no debe dejarse de lado el que muchos de los que dicen votarán NO, únicamente por ir en contra del artículo 68, lo harán en realidad en contra de otros muchos artículos, y quizás hasta del sistema político en sí. Solo que como la homofobia parece no ser considerada por el régimen como un crimen de lesa revolución, muchos prefieren camuflar tras ella esa intención de voto contraria al régimen instaurado por la izquierda autoritaria.

Otro argumento en el que suele atascarse la acción positiva de la izquierda democrática es aquel según el cual no se debe ir en contra de quienes hoy gobiernan, y en general de las estructuras del estado, porque aquellos y estas tienen intrínsecamente la potencialidad de convertirse en un gobierno y un estado propiamente socialista. Solo parece necesitarse que la persona adecuada llegue a la cabeza de la maquinaria estatal para que todos los vicios actuales se superen, y reine la virtud, la abundancia, y sobre todo la justicia.

Independientemente de lo discutible que resulta esta pueril idea, hay una realidad política simple: Incluso si el régimen estatista cubano tiene la potencialidad de transformarse en un estado socialista, en que más que estatizarse propiedad y poder, se los socialice, es evidente que él no realizará esa transformación a menos que se lo estimule, en otras palabras, que se lo obligue: ¿Y que mejor estímulo que un 40%… o más, de votos NO en el Referendo? O sea, mediante un masivo voto castigo de la izquierda democrática.

Dejemos claro, a los que deseamos una transición pacífica más que una súbita caída del régimen, que votar NO de ninguna manera implicará lo segundo. El NO solo lo obligará a prestar oído a nuestras demandas de construir una sociedad más eficientemente productiva, y sobre todo más libre, aunque sin perder lo poco de igualitaria y fraterna que todavía conserva tras décadas de miseria y enquistamiento del privilegio. Una sociedad en que, por ejemplo, los candidatos a diputados no nos sean impuestos por una comisiones pro-gubernamentales, y luego sancionados por un sistema electoral al cual no se lo puede más que catalogar que de tramposo desde la misma Ley Electoral (en Cuba no hay necesidad de hacer fraude en los procedimientos legales electorales, ya estos son fraudulentos en su letra).

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