París, 5 de septiembre de 2017.

Mi querida Ofelia,

Te envío el testimonio de Carli, el hijo de tu querido ahijado Ortelio.

Carlos Valdés: “Y así como sucede en todo el Caribe, en esos meses de calor, para ser más exacto en agosto de 1994, amanecí una mañana sentado frente al mar en la playita de 34 y 1era, que en realidad de playa no tiene nada.

Vivía harto del verde oliva, de las colas y el racionamiento, de la vigilancia del C.D.R., de no poder escuchar música en inglés, del temor que me atrapaba cuando veía pasar por la acera de casa al “Jefe de Sector”, de no poder realizar mi sueño de llegar algún día ser un Hombre Libre.

Miré al mar azul, con ese orgullo en la mirada superlativa que nos distingue a los cubanos, que creemos que no existe mar en este mundo tan bello como el que nos rodea. Pero de pronto se me subió una especie de vapor a la cabeza y dije en voz muy alta:

‘Hasta hoy te soporté fidelismo de mierda, prefiero mil veces morir en el intento que darle a mi hija esta vida miserable, yo quiero para ella una vida distinta, hasta hoy esta revolución me puso la bota encima ¡Hasta hoy!’

Esa misma mañana al llegar a casa, mi madre me preguntó:

-¿Hijo qué te pasa?

-Nada, no te preocupes, pero ya estoy harto de esta vida paupérrima, sin futuro para nadie, considero que no tengo opciones, yo te quiero muchísimo y me parte el alma lo que te voy a decir, hoy mismo me voy en balsa con José el gordo y unas gentes que conozco muy bien. Yo sé que tú encenderás cuanta vela tengas a tu Caridad del Cobre para que nos proteja, pero yo ya acabe con esto, cuida bien a mi hija y a mi mujer, si todo sale bien yo vendré a por ellas. Despídeme de la abuela Marucha y si mi papá llama dile que me largué, quizás en una semana ya puedas saber de mí. Me despedí de mi mujer por teléfono y no quiero ver a Jessica mi hija porque sé que me pondré muy mal.

-Escucha bien a tu madre, yo sé que toda la vida has pensado en eso y si esa es tu decisión te la respeto, pero creo que debes de vender tus cosas y buscarte una buena embarcación y llevarte a tu mujer y a tu hija. Esa es tu familia, no los dejes atrás.

Me fui a casa de José el gordo. Él se despidió de Gretel su mujer y de su hijo. Su hermano desvió una guagua de turismo de la que él era el chófer y nos dejó en la costa en el área de Santa Fe. Contábamos con una pequeña balsa de salvamento y un pequeño motor que más bien parecía un motor de ventilador. Con tremenda disposición José y los otros trataron infructuosamente de inflar aquel artefacto lleno parches por todas partes, bajo una nube de mosquitos. Nos hicimos al mar, apenas sin agua, muertos de cansancio por el estrés de los días anteriores pero con tremendas ganas de irnos del país. Nos llevamos un gran fiasco, ya que la balsa se desinfló, el motor se hundió y no llegamos ni siquiera a subirnos en aquella balsa robada. Nos sentamos sobre el lodo a ver como José y otra mujer se tomaban el agua y a reírnos pues no había otra que hacer.

Regresé a casa de mi mamá alrededor de las cinco de la mañana. Ella estaba sentada en medio de la sala con una vela encendida y un rosario en las manos de frente al cuadro de su Caridad del Cobre que nunca quitó de la pared. Me miró con una bella sonrisa y me dijo:

-Yo sabía que sin tu mujer y tu hija no te irías, Dios es sabio, ahora quítate ese mal olor que traes, báñate y mañana será otro día.

Al día siguiente, ya fresco, pero con el remordimiento de no haber cumplido ese sueño de balsero, me fui a ver a Surina mi esposa y a Jessica mi hija que sólo tenía 2 años de edad. Mi suegra me miró y me dijo:

-Yo sabía que todo era un cuento, que tú sin ellas no te ibas.

Mi mujer miro a la madre como quien pide permiso, ésta asintió con la cabeza y le dijo:

-A donde va el hombre va la mujer y ése es tu marido, así que recoge y dale, no lo pienses porque sino te quedas en esta mierda.

En menos de 24 horas con la ayuda de mi hermano Luis y mi cuñada Yamilé, José el barbudo y los hijos de Mayiyo, Pichichi, Renier y Lizet, llegamos a la reunir la suma de 13 000 dólares. Esa cantidad en Cuba en aquella época era una gran suma de dinero.

-¡Alguien nos vende un barco! dijo mi hermano Luis.

-¿Quien y dónde?, le pregunté.

-En Isabela de Sagua, donde por suerte no hay mucha vigilancia, pues las condiciones geográficas no le permiten a nadie salir por allí, a no ser que sea de la zona, pues tiene muchos bajos.

-¿Y tú qué sabes de marinería? Tú sólo sabes dirigir, bailar y hablar mal del gobierno.

-Yo te diré que tengo todo controlado, Nos iremos al atardecer, y estaremos en Santa Clara por la noche. Dentro de tres días seremos libres. ¿Me entendiste? ¡Libreeeeeees!

En el grupo de 18 personas iban: Renier, con la ex mujer María Elena y los dos hijos uno de ellos de Renier, Lizet la hermana de Renier con su hijo Julai, José el barbudo, el médico con la mujer y su hija (no recuerdo los nombres), Luis mi hermano, Yamilé, Luis Marcel mi sobrino y su suegra Isela, Surina mi mujer, Jessica mi hija y yo.

Todos nos acomodamos dentro de una furgoneta como sardinas en latas, en la esquina de 60 y 41 en Playa. Eran como las seis de la tarde y cuando las puertas de aquella furgoneta se cerraron, más nunca volví a ver a mi barrio, ni a mi abuela, ni a mis amigos.

Todos con tremendo entusiasmo, un alboroto controlado, una alegría que sólo nosotros sabíamos, ya ni siquiera pensábamos en lo que dejábamos sin saber cuándo volveríamos, pues sólo hacíamos ya desde allí, hablar mal del gobierno. Nos fuimos quedando dormidos unos encima de los otros después de apenas una hora de viaje, estábamos bien cansados. Llegamos de madrugada a Isabela de Sagua bajo un torrencial aguacero.
Aquello era como llegar a un pueblo embrujado, estar dentro de una película de horror. Nos esperaban en un apartamento en los bajos de uno de esos edificios de microbrigadas, mal oliente, sin luz, con una cocina de keroseno, platos sin fregar por falta de agua y luz, y del baño algo que jamás había visto, un w.c. reparado con cemento gris, 90% cemento y 10 % el resto de lo que parecía ser porcelana. Los que allí vivían no eran más que un par de delincuentes que pensaron haber visto en nosotros una presa fácil. Pero nosotros de precavidos teníamos todo el dinero repartido, y éramos un grupo contra dos o tres. No éramos unos bobitos, habíamos crecido en Buena Vista, un barrio plagado de timadores por doquier. Apenas una hora después volvimos a reunir al grupo y plantamos el campamento debajo del puente de Isabela, un pequeño riachuelo en el pueblo del mismo nombre.

Todo el que pasaba en la mañana sabía que no éramos de allí, pues la manera de vestir y el acento del habanero nos delataba, pero la decisión de irnos ya estaba tomada, no había vuelta atrás, cada hora, cada minuto dentro del país era un reto. Todos habíamos reportado ausente a los trabajos, ya nos estarían cuestionando en los respectivos Comités Defensa de la Revolución. Conclusión: ya éramos unos “apátridas vendidos al imperialismo yankee.”

Allí debajo de aquel puente en plena calle empezamos a consumir los suministros del viaje, pues en aquel pueblo no había donde comprar ni agua, y en medio de aquel picnic apareció un personaje que nos cambió la vida a todos, Juan de Dios, así era su nombre. Rubio, flaco, con unos dientes horribles, feos y amarillos, con más pecas en la cara que un batido de trigo, se bajó de un carro americano de los años cuarenta, con la camisa abierta, y caminó hacia nosotros en son de paz.

Este Juan de Dios era toda una lección para no juzgar por la apariencia. Era un muchacho noble, bueno, muy humano, lo demostró todo el tiempo.

Preguntó por el líder del grupo y allá fuimos todos. Él nos dijo:

-Yo sé quien tiene la embarcación, pero no tengo un centavo ni para comer, pero sé quien tiene un bote que vende, si ustedes me llevan sin pagar yo los ayudo en esta empresa.

Y allí exactamente comenzó la odisea. Me dejaron con el médico para cuidar a las mujeres y los muchachos, Luis mi hermano se fue con los otros junto a Juan de Dios a conocer a Pompi, un nativo del pueblo, éste a su vez, se unió a la camarilla y fueron todos a casa del gordo, el que de verdad tenía la embarcación.

Resulta ser que unos meses antes de la apertura del 94 el gordo y Pompi habían decidido construir una embarcación para salir del país, pero el gordo por asuntos familiares se arrepintió a última hora y quería que Pompi pagara la parte que él había invertido en la construcción del llamado Bimbán, como le decían a aquel artefacto de fabricación casera, hecho con planchas de hierro y pedazos de tuberías para las barandas. En fin, algo bien rudimentario. El gordo dijo:
-Ustedes no me dan un centavo hasta que el barco no esté en el agua, pero las cosas se harán a mi manera, pues ya yo tenía todo esto bien planeado. Todos estuvimos de acuerdo y así se hizo.

Esa misma tarde mandó un camión de cargar caña de azúcar y nos recogió debajo del puente. Llegamos a casa de una amiga suya que vivía en el pueblo, en un edificio muy viejo, pero limpio. Nos ofreció tremenda hospitalidad, todo estaba muy limpio y ordenado, todos pudimos bañamos y comer.

A las 5 de la mañana del día siguiente el mismo camión nos recogió y fuimos a una finca cerca de Caratas donde estaba el famoso Bimbán. Llegamos a casa del guajiro. Así le decíamos cariñosamente. Era un tipo soltero, corpulento, de mediana estatura, pelo ralo. Vivía en un bohío con piso de tierra con su madre y un niño que andaba descalzo como su abuela por todo aquello, como si nada. Según el propio guajiro, la madre de su hijo se había ido para La Habana y le dejó el niño a su suerte y nunca volvió. La estancia en la finca se la pagaríamos al guajiro llevándolo a él y a su hijo en la expedición.

Pasamos todo el día durmiendo bajo las matas de mango, conversando y comiendo carne de puerco frita de un lechón que el guajiro mató para el grupo, plátanos tostones y fufú para los muchachos. La grasa que sobró la pusimos en latas para conservar carne para el viaje, y así pasamos el tiempo para no pensar en lo que nos esperaba. Al rato el gordo apareció con más de diez hombres a caballo con machetes a la cintura, como los mambises. Con sus caras arrugadas y haciendo alarde ante los habaneros de sus habilidades equinas.

Resulta que el gordo aparentemente tenía dinero y se había hecho respetar en la zona por sus habilidades de negociante sin miedo. Él y Pompi se habían apropiado de los materiales para la construcción del barco y dentro de aquel monte bien tupido, a más o menos uno cien pies del camino, habían fabricado aquello que parecía poder flotar. Le habían puesto un motor de tractor con barra de transmisión, dos tanques de 55 galones para agua y una especie de banco alrededor de toda la embarcación para poder sentarnos. Tenía una capacidad según sus cálculos, para 20 personas más o menos.

Los hombres del gordo interpretaron un papel bien importante, pues la embarcación estaba escondida dentro de la maleza, pero como se dice en mi Cuba “donde hay hombre no hay fantasmas.” Aquella tropa machete en mano abrió en un abrir y cerrar de ojos una brecha por donde poder llegar al barco con comodidad. Entre todos ellos y algunos de nosotros cargamos en peso aquella mole con unas barandas que le habían puesto por fuera como una agarradera alrededor de todo el bote (muy inteligente el gordo), lo subimos encima de una rastra que ya esperaba en el camino, lo amarramos bien. Caminamos hasta la casa de otro campesino y llenamos los dos tanques de 55 galones con agua pura de pozo, y de los tanque de la rastra le completaron lo que les faltaba de petróleo para el viaje.

El gordo dijo:

-¡Ahí tienen petróleo y agua hasta Canadá! Así que estoy tranquilo.

Al mismo tiempo, en la finca del guajiro, un camión cerrado estaba recogiendo a las mujeres, los niños, los suministros personales, y hasta los santos de todos los que en ellos creían, para que nos guiaran por el camino hacia la Libertad. En ese camión se subió toda la prole anticastrista, entre ellos el médico. Lo recuerdo muy ridículo pues estaba vestido como si fuera a viajar en A Airlines , con guayabera blanca, pantalón de lino, la mujer de peluquería y la hija maquillada ridiculísima como una bailarina de Tropicana, con el respeto de las bailarinas de Tropicana, con unas uñas larguísimas. Recuerdo a su esposa sintiéndose muy mal, tenía la cara desencajada, quizás no esperaba un choque así con la realidad de los trabajos que pasaba la gente para abandonar el país. En la cabina del camión iban los niños con Surina e Isela, la madre de Yamilé.

Nos cogió la noche en toda aquella faena. Iba la comitiva del gordo delante en un tractor con una cadena por si nos quedábamos atascados en el fango, a caballo los hombres a machete cortando alguna que otra rama de ese marabú bien espinoso, un grupo a ambos lados de la rastra a caballo, detrás como en una diligencia el taller móvil con el resto de los pasajeros presuntos suicidas. Hasta llegar a la orilla del mar, entre todos bajamos el Bimbán, lo tiramos al mar y vimos como flotaba. Hicimos una cadena humana y llevamos todas las cosas a bordo. En la arena Luis, Renier, José el barbudo y yo contamos el dinero, le pagamos al gordo. Recuerdo que le pusimos por precaución seis cámaras de tractor, tres a cada lado, amarradas al bote. Le dimos las gracias al gordo y a aquellos hombres anónimos que trabajaron como animales para ayudarnos en la fuga. Así comenzamos nuestro viaje hacia la Libertad casi a las 11 de la noche. El mar era un plato, tranquilo, y la noche, la más clara que había visto en mi vida….”

El mar visto desde la orilla en aquel lugar desierto, no tenía nada que ver con una playa paradisíaca de esas que aparecen en las revistas, no era más que mangles por todas partes. Pepe el capitán, que era un tipo rubio de mediana estatura, con una buena constitución física, había trabajado para la flota de pesca en La Isabela desde jovencito, se conocía aquello como la palma de su mano. Él era la garantía de que no encallaríamos.

Al amanecer nos percatamos de que habíamos estado toda la noche navegando por la cayería al norte de La Isabela. Nos encontramos una estación de la flota de pesca. Pepe los conocía a todos, por lo que ellos nos ayudaron a rellenar los tanques de petróleo y nos dieron agua fresca. Seguimos rumbo al Norte, ya en la tarde nos encontramos al oeste en mar abierto, una isla llamada Cayo Verde.

El mar se puso feo, era una marejada muy fuerte, con lluvia y viento. Entonces Pepe tomó la decisión de acercarnos a las costas de Cayo Verde. Nos encontramos allí con un náufrago. Ese señor había llegado a nado hasta la orilla, pues sus amigos se habían ahogado y él era el único sobreviviente. Le dimos comida y agua. Él decidió irse con nosotros. Este cayo no tiene ni un sólo árbol que dé sombra, por lo cual pusimos una sabana por encima de los matorrales y descansamos unas horas hasta que el mar mejorara.

El calor y los jejenes eran insoportables, ya en horas de la tarde cuando nos decidimos a seguir, vimos que la marea había bajado y estábamos prácticamente encallados. Entre todos tuvimos que empujar y lo pudimos poner a flote, nos subimos y esa fue la última vez que vi las tierras de mi Cuba.

Un par de horas después comenzó el mal tiempo con gran marejada y aguacero, las olas golpeaban la lancha y nos caíamos unos sobre otros. Algunos gritaban, otros rezaban o clamaban por sus madres e hijos, casi todos vomitaban. Era una escena espantosa. Yo estaba aterrorizado ante la idea de que mi esposa e hija, que estaban amarradas, cayeran al mar.

La madre de Pompi le gritaba a su hijo: ¡Pompi no dejes que me ahogue, sálvame! ¡Dios mío protégenos! Escuché un grito: ¡se cayeron dos! Era mi hermano Luis y René. Una gran ola los había lanzado al mar.
René aguantado de la borda con una mano y una soga gritaba a mi hermano: “¡agárrate co…, ayúdate co…, no te sueltes!” Luis agarró fuerte la soga y con la ayuda de las olas pudo subir a bordo al igual que René. La tormenta seguía, la lluvia caía incesantemente y no se veía nada. El llanto de los niños era interminable. La madre de Pompi lloraba y rezaba. De madrugada la tempestad empezó a pasar y cuando amaneció todos estábamos mirándonos, contándonos. Gracias a Dios no faltaba nadie. Un rato después una balsa hecha con dos cámaras pasó flotando cerca de nosotros, vimos en ella zapatos de niños flotando y restos de comida. No había nadie. Es la imagen más desgarradora que he visto en toda mi vida. Hicimos silencio, no dijimos palabra alguna, tragamos las lágrimas y lo guardamos en la memoria.

Serían la 7 de la mañana cuando José dijo: “miren, es una gaviota, tiene que haber tierra cerca”. En efecto, unas tres horas después llegamos a Cayo Sal, que pertenece a Las Bahamas.

Un grupo de personas nos gritaba desde la orilla. Eran decenas de balseros que como nosotros, habían salido desde La Isabela. Desde la orilla, nos fueron diciendo por dónde entrar para no golpear el barco contra los arrecifes.

El problema era grave, pues en el cayo no había agua potable. Nosotros compartimos inmediatamente el agua de nuestro bote con todos de una manera organizada, y guardamos un poco para los muchachos.

Algunos salíamos con los pescadores en los botes y con lo que lográbamos pescar comíamos. Con unos calderos viejos abandonados y leña, pusimos a hervir los animales que encontramos dentro de los cobos, con agua de mar, pero aquello nos provocó diarreas.

Por la tarde con un machete, nos turnamos para cortar ramas secas y quemarlas con el petróleo de las balsas. El fuego se podría ver desde lejos y con el humo aplacábamos los jejenes. Eran tantos los insectos, que metíamos a los niños en el mar con el agua hasta el cuello y les tapábamos las cabezas con toallas. La piel de mi hija Jessica parecía un guayo.

Al tercer día apareció en horas de la tarde un helicóptero del ejército de los EE.UU., con guardias de Las Bahamas. Los americanos llevaban uniformes azules y cascos blancos, fueron amables, cariñosos con los niños y se preocupaban por nuestra situación. Los bahamenses iban vestidos de militares con armas largas y eran desagradables. Los americanos les dijeron que éramos refugiados y que merecíamos cuidado y respeto. Nos dejaron más de 10 botellones de agua, escribieron los nombres de todos nosotros para darlos a las organizaciones del exilio en Miami y que las familias en Cuba supieran por la radio de onda corta que estábamos vivos. Nos dejaron una caja de comida por familia, y nos dijeron que un Guardacostas nos recogería al día siguiente.

Al anochecer decidimos incendiar parte de la maleza para alertar algún barco o avión que estuviera por el área, pero todo parecía infructuoso. Serían aproximadamente las cinco de la tarde cuando vimos en el horizonte un punto negro que se iba haciendo más grande. Después otro puntico se fue haciendo más visible, parecía un espejismo. De momento ya teníamos frente a nosotros una gran lancha de salvamento con dos motores. Era un recluta de lo más simpático, pero no hablaba el español.

Nos dijo: “yo no hablo español, venimos a buscarlos.”

Todos apuntaron a Sury, ella era graduada de inglés en la universidad. Inmediatamente se puso disposición de nuestro salvador. Él preguntó, cuántos éramos, si todos éramos cubanos. Cuántos enfermos había. Él riéndose dijo que sólo sabía decir en español : “dame una cerveza , amigo y hasta la vista.”

Llegó la otra lancha. Nos repartieron agua y Gatorade y nos pusieron chalecos salvavidas. El primer viaje para el buque madre fue solamente el de los niños y algunas mujeres. En menos de una hora ya estábamos todos en la cubierta de un barco de la armada americana. A cada niño le regalaron un muñeco de peluche y un juguete. Nos estaban esperando con unas peras de goma muy grandes llenas de agua potable y jabón líquido para que nos bañáramos. Después, nos dieron comida caliente, Gatorade y leche fría en cajitas. Distribuyeron a cada uno una manta, para taparnos y pulóveres blancos.

Ya de noche el capitán mandó a buscar a Surina a su despacho. Yo aproveché y fui con ella. Era un hombre robusto, con una expresión amistosa en su rostro. Nos dio la bienvenida. Nos dijo: “bienvenidos a bordo, yo soy el capitán de esta nave”. Después dirigiéndose a mi esposa exclamó: “uno de mis oficiales me ha informado que usted, domina bien el inglés, deseo que usted me acompañe a la baranda que da cubierta para que traduzca a su gente mis palabras.”

Fue conmovedor ver a todos aquellos cubanos, llorando y dando gritos de felicidad cuando el capitán pronunció aquellas palabras que jamás olvidaré.

-“¡Pueden estar tranquilos pues sus vidas cambiarán para siempre, no tengan miedo, desde hoy estarán protegidos por la bandera americana. A sus hijos nunca faltará la Libertad. Desde hoy ya no tendrán más a Castro ni al comunismo sobre sus espaldas. Welcome to America and God bless America!”

Los hombres y mujeres se abrazaron, todos gritábamos de alegría, era una realidad, éramos Libres.
Al llegar a la base de Guantánamo nos esperaban unos ómnibus escolares. Nos entregaron: un cubo plástico con champú, cepillo, pasta dental, una sábana, una toalla, jabón y una ración de comida sellada con plástico. Nos esperaban unas tiendas de campaña para 20 personas, con sus catres ya armados a ambos lados. Por la parte militar americana el trato fue excelente.

Algunos cubanos dieron la nota, querían armar disturbios a los americanos que les daban protección. Eran esos delincuentes formados por la llamada revolución, que querían mezclarse con los cubanos honestos y trabajadores. Los militares enseguida separaron a toda aquella chusma infiltrada por los comunistas para desacreditar a los cubanos dignos.

Al día siguiente todos teníamos un brazalete electrónico con nuestra foto, y los datos personales. A los niños se los ponían en los pies.

En pocos días AT&T, instaló teléfonos públicos que funcionaban con cobro revertido en Miami. En cada campamento, los militares construyeron baños y lavaderos. También crearon un lugar para dar leche fresca a los niños y ancianos 24 horas al día, desayuno, almuerzo y comida, almohadillas sanitarias, y pañales para niños y ancianos. Los primeros días nos repartían dos cigarros por persona en la comida, después 1 cajetilla diaria, correo, el periódico oficial de la base en español y más adelante una edición de las noticias de los campamentos, historia de la base, etc. Los campos McKala y, Mike, contaban, con una carpa para pintores con todos los materiales necesarios. La atención en el hospital era muy buena, estaba instalado en una tienda de campaña.

Las carpas como las llamábamos, eran un “horno” de día, y un “congelador “de noche, no tenían luz eléctrica. Pero el cubano como siempre, transformó todo aquello muy rápido, con sábanas dividían las carpas por dentro en cuartos, con dos catres juntos hacían camas matrimoniales, con las cajas de cartón construían las gavetas de las cómodas. Recuerdo que en Christmas no quedó guirnalda en pie, pues con los bombillitos los cables eléctricos y baterías de radio, fabricamos linternas para leer. Con las bolsas de basura hicimos verdaderas saunas para ejercicios. El aseo personal nunca faltó, ni tampoco la comida.

Los domingos iba el capellán a dar la misa a los católicos. A los protestantes les dieron una carpa hasta con panderetas para alabar al Señor. Por otra parte, los militares habían puesto un paracaídas abierto, con luz y mesas para dominó y aquello de noche se convertía en “Las Vegas”. Las fichas eran las tapitas de los pomitos de tabasco, y el dinero los cigarros. Con las paletas de madera se hacían sillones, sillas de playa; con los catres se hicieron gradas para el cine; con las carpas rotas se hacían verdaderas ampliaciones a los llamados cuartos.

Tuvimos pavo en Thanksgiving y en Navidad un Santa Claus montado en un camión y le tomaron una foto polaroid a cada niño para que tuviera su recuerdo de su estancia en la Base de Guantánamo y además, un juguete de regalo.

Finalmente un buen día llegaron a mi carpa con “la famosa lista,” donde aparecíamos con los permisos para viajar por America Airlines hacia Miami. La capital de los cubanos Libres, donde nunca nos ha faltado ni Libertad, ni paz, donde hemos podido soñar, y trabajar honradamente y hemos podido vivir decentemente.

Cada mañana, al levantarme desde que llegué, le doy gracias a Dios en el cielo y a los EE. UU. en la tierra, por ser tan generosos y altruistas.

A los populistas mediocres que viven envidiando a este gran país y no se miran a ellos mismos como roban y engañan a sus pueblos, justificando sus fracasos con el odio y el rencor sin medidas contra los EE.UU. les digo: God Bless America!” Carlos A. Valdés

Un gran abrazo desde La Ciudad Luz,

Félix José Hernández.

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