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Foto 1: Bárbara y Jorge con sus hijos Juan Antonio y Jorge Luis. Miami, enero de 2016.
Foto 2: Bárbara y Jorge Carbonell. Miami, Navidad de 2015.

París, 24 de febrero de 2016.

Querida Ofelia:

Después de haberte enviado los testimonios de cómo lograron alcanzar la Libertad : Tayde, Mayra, Cuqui, Carlos e Ileana, hoy te envío el de tu querida Barbarita.

Sé muy bien como tú y mi padre la querían y las excelentes relaciones que ustedes tenían con sus padres Juan y Caridad. Eran gentes, nobles, trabajadoras, una familia que Cuba debería estar orgullosa de conservar en su seno y que sin embargo el régimen de los Castro hizo todo por destruirla.

Conservo bellísimos recuerdo en mi mente de esa familia. Barbarita es una de mis Amigas del Alma. Una chica que compartió conmigo y con nuestros numerosos amigos su simpatía y gentileza. El mundo da vueltas y creo que Jorge se ganó el premio mayor de la lotería de El Niño el día en que la conoció en el modesto hostal madrileño. Manifiesto aquí mi admiración y amistad para ambos. A continuación te reproduzco el testimonio de esa chica que te quiso sinceramente.

Barbarita- “Todo lo que quería era ser Libre y eso iba a costarme mucho. Estaba estudiando en el Instituto de La Habana José Martí y en la Escuela de Idiomas del Paseo del Prado. Al notificar que tenía la intención de viajar al extranjero, simplemente me expulsaron de ambos centros de estudios. ‘Esas escuelas tenían que ser sólo para los revolucionarios.’
Mi hermano comenzó a abrirme el camino hacia la Libertad al enviarme desde los Estados Unidos los dólares necesarios para comprar los billetes de avión y poder salir de Cuba por un tercer país, en mi caso fue España.

Pero eso no era lo único, también el régimen cubano exigía que te ‘ganaras’ ese viaje con un trabajos forzados en el campo por tiempo indefinido.

Fueron diez los meses de viajes cotidianos en camiones o autobuses repletos de toda clase de personas y personajes desaliñados, para ir y regresar de los lugares muy lejanos a mi hogar, adonde me mandaban a realizar labores agrícolas. Era el castigo y al mismo tiempo el precio a pagar por querer abandonar el país.

Después de esos largos meses trabajando en el campo y rodeada de: cucarachas, alacranes, lagartijas, culebras, ratas, y sabe Dios cuántos animales más, me llegó mi ansiada entrevista en la que un “compañero” me interrogó, para ver si me había “ganado” la salida del país.
Durante los meses de duros trabajos bajo el sol y en condiciones higiénicas medievales, me enfermé de: hepatitis, de asma, alergias y de la espina dorsal. Eran cotidianos los malos tratos, faltas de respeto, insultos, malas palabras, humillaciones, falta de comida, madrugadas llenas de humedad y de insectos como mosquitos guasasas y pulgas del campo.
Al llegarme la autorización para irme del país, tuve que asistir a mi ansiada y temida entrevista con el “compañero”. Él me dijo que yo había faltado mucho a mis tareas debido a mis enfermedades y que no me concedía la salida del país, que tenía que trabajar mucho más para ganármela. Fue grosero y tajante. Mi futuro estaba en las manos de aquel repugnante personaje, que me había tratado tan mal.

Yo estaba temblando, muy mal física y mentalmente. Me sentía aplastada con todos mis sueños destruidos por aquel “compañero” al que todos temíamos en el campamento y que controlaba el futuro de todos allí.

No sabía cómo decirle a mi sufrida madre la terrible noticia. Subí al autobús de regreso a casa, me senté en el último asiento. Allí estaba una mujer morena, muy gruesa, vestida completamente de blanco. Al verme, se sintió conmovida y me dijo “yo sé que no te han autorizado para salir del país, pero debes confiar en mí, tú verás que tú si vas a irte del país.”

Sin la autorización o salvoconducto del “compañero” responsable del campamento de trabajos forzados, no había quién se fuera de Cuba. Ese documento era más importante que el mismo pasaporte.

Le di las gracias a la morena y seguí llorando hacia casa a contarle mi mala suerte a mi pobre madre. Ella me dijo: “hazle caso a la morena. Ve al aeropuerto sin el documento, y vamos a ver que pasa”.

El día de mi salida, al entrar en el Aeropuerto Jose Martí mis rodillas temblaban. Yo tomaba por primera vez en mi vida un avión, viajaba sola y por primera vez me separaba de mis padres y sin la esperanza de volver a verlos jamás. Me separaba de todo lo que era importante para mí, seguía mi sueño de Libertad, pero no tenía el documento más importante.

A todos en la aduana les pidieron el documento o salvoconducto. Cuando me tocó enfrentarme al “compañero”, le pedí a Dios que me ayudara.

Entré en la oficina o “pecera” y puse mi pasaporte y otros documentos en la mesa. En ese momento entró otro “compañero”. Empezaron a conversar entre ellos. Mis documentos fueron estampados casi sin mirarlos y me los devolvieron. ¡Era mi permiso, mi autorización para ser Libre!

Entré al avión con la cabeza dándome vueltas como en un torbellino, no entendía nada. Me senté y no me atreví ni a levantar la cabeza. Estaba muy asustada.

El avión comenzó a moverse y de repente se detuvo. Pensé que me iban a bajar de él. Mi corazón palpitaba aceleradamente.

Alguien subió al avión. Se comentó que era un “compañero importante” que iba en una misión oficial. Pasaron unos interminables minutos, al cabo de los cuales el avión comenzó a moverse otra vez y sentí que había despegado. Al fin pude respirar normalmente. ¡Me volvió el alma al cuerpo!

Habían pasado varias horas cuando sentí que alguien que me tocó en el hombro, miré al rostro del hombre que me dijo: “no te preocupes, yo estoy en una misión especial, pero cuando regrese a Cuba le diré a tu madre que tú estabas bien”. Era un amigo de adolescencia, que simpatizaba con el sistema, pero al fin y al cabo, amigo.

Llegué a Barajas en una fría y preciosa noche el 7 de Noviembre de 1969. Me esperaban unos primos, que un mes después partirían hacia los EE.UU. Mi corazón estaba lleno de emociones y ansioso de vivir una nueva vida.

Empecé a visitar un hostal donde estaban hospedados algunos de los conocidos del viaje. Especialmente hice amistad con una pareja que tenía dos niños pequeños y me sentía bien con ellos. Esta pareja se convertiría en los padrinos de mi boda.

Mi hermano me enviaba dinero desde los EE.UU. con el cual alquilé una habitación en el piso de una señora que alquilaba varias habitaciones sólo a muchachas cubanas en espera de partir hacia América. Con el resto del dinero lograba vivir normalmente.

Mi boda religiosa en Madrid fue con Jorge, un joven cubano que se había escapado de Cuba como polizón en un barco yugoslavo.

Jorge era un muchacho de 23 años, muy valiente, que acababa de llegar a Madrid desde Ceuta. Él había intentado salir de Cuba en una balsa a los 16 años, pero fue atrapado y sentenciado a cinco años de prisión. Varias veces fue enviado a las celdas de castigo debido a su fuerte carácter.
Llevaba tres años preso cuando empezó a salir de la cárcel con permisos de algunas horas para poder visitar a su madre.Ella estaba desesperada buscando medios para sacar a su hijo de Cuba a cualquier precio, hasta que logró hacer un buen contacto.

Uno de los marineros de un barco yugoslavo anclado en la Bahía de La Habana había tenido que ser operado de urgencia del cerebro. El neurocirujano fue el tío de Jorge. Este marinero al ver que su vida estaba fuera de peligro le dijo al doctor que lo salvó que le pidiera lo que fuera, que el trataría de cumplir su deseo.

El tío de Jorge le pidió que por amor a Dios, que le ayudara a sacar a su sobrino de Cuba porque si seguía preso lo iban a matar en la cárcel. El marinero se comprometió a ayudarlo.
Las posibilidades de éxito eran muy pocas. La vigilancia en la Bahía de La Habana era en esos momentos era intensa.

Cuando salió con un nuevo permiso de algunas horas de la cárcel, ya todo estaba planeado entre el tío y el marino yugoslavo. Jorge tuvo que nadar de madrugada por la Bahía de La Habana con el riesgo de encontrarse con algún tiburón, encontrar en medio de la oscuridad el barco correcto. Una equivocación le hubiera sido fatal.

Subió por una soga sin nudos, con el cuerpo casi cubierto de petróleo y de la suciedad de las contaminadas aguas de la bahía. Temblando de emoción y de miedo logró subir al barco y esconderse en la sentina (que es el espacio más bajo de la bodega, donde llegan las aguas que pueden haber penetrado en ella).

Respiraba por una pajita . No sabe por cuánto tiempo permaneció allí, pues había perdido la noción del tiempo. De repente sintió voces y el ruido de un palo entrando en el agua, para revisar que no hubiese alguien escondido. Eran los del ejército revisando el barco. Picaron cerca de él. No lo vieron, y siguieron buscando en otros lugares.

Unas horas más tarde el barco se empezó a mover. Pensó que pronto estaría fuera de peligro para salir y respirar. Cuando imaginó que había pasado un tiempo prudencial para que el barco estuviera lejos de las costas de Cuba, Jorge salió de su escondite y respiró en Libertad.
Aparentemente un marinero lo informó al capitán, el cual ordenó que regresara el barco a Cuba, pero los marineros le pidieron que mejor sería llamar a la Guardia Costera pues ya habían estado mucho tiempo en Cuba y todo el trámite de un polizón los demoraría mucho.

El Capitán aceptó mandar un telegrama a La Habana para que fueran a recoger al polizón.
Alguien le contó a Jorge que ese telegrama nunca fue enviado. No quisieron hacerle ese daño a un joven que había arriesgado tanto. ¡Dios lo ayudó!

El Capitán le ordenó a Jorge que para ganarse el viaje debía pintar el barco y, ése ha sido el trabajo más feliz que ha realizado en toda su vida.

El barco tocó puerto en Ceuta en las costas de África. Allí bajó el que sería mi esposo. Varios meses después fue trasladado a Madrid y vivía en el hostal donde yo visitaba a mis amigos.

Me encantó cuando me contó su historia y todavía hoy, 45 años más tarde, la encuentro extraordinaria.

Nos casamos en Madrid, en Mayo 22 de 1970. Recorrimos parte de España y vivimos en Las Palmas de Gran Canaria. Trabajamos duro, mi esposo inclusive trabajó en una plataforma americana. Viajó en barcos a las costas africanas, la India y a otros países para lograr ahorrar el dinero necesario con el objetivo de poder sacar a mis padres de Cuba.

Llegamos a los Estados Unidos el 12 de octubre de 1973. Aquí construimos nuestro nido en un clima de prosperidad y Libertad, Dios nos dio dos hijos maravillosos. El mayor es un abogado de éxito que dirige una firma de 10 abogados. El menor es ingeniero de computadoras y ha recorrido numerosos países. Se graduó en Sydney, Australia, de su Master en Estrategia de Negocios.

Doy gracias a Dios desde el fondo de mi alma por habernos dado la Libertad, por permitirme haber salvado a toda mi familia del régimen oprobioso de los Castro y porque mis hijos son Libres como el viento.”

Un gran abrazo desde La Ciudad Luz,

Félix José Hernández.

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