Antonio Moreno Ruiz

Aprovechando estos días de vacaciones, me he empapado de la serie “Fariña” a través de Netflix. Como serie, me ha encantado. Escenarios naturales, nada de platós. Las Rías Bajas por los poros, y buena parte de los actores, oriundos de la tierra gallega, con lo que bastantes acentos no salen forzados. Diez capítulos que abarcan desde 1981 a 1990, retratando toda una época que marcó hasta la llamada “generación perdida” a cuenta de la droga. Si bien no fue sólo en Galicia, sí que fue en aquella región donde se vivió, cuanto menos, de una manera especialmente intensa. Al ver la serie, me conciencié para separar la paja del trigo y así distinguir la realidad de la ficción. Porque si bien la serie es muy atractiva, la realidad es mucho más contundente y compleja.

De los setenta a los ochenta (del siglo XX), todavía se daba el contrabando en la frontera de Portugal. Siendo Galicia la región española con más kilómetros de costa (le sigue Andalucía), con una orografía bien escarpada, y estando al sur la frontera de la región más rica de Portugal, si bien en toda tierra de frontera históricamente se dio el contrabando, en determinadas épocas y determinados contextos, como fue la España de postguerra, quedando el país aislado políticamente y estando Portugal en una situación tranquila, se intensificó. Del tabaco y el café al gasoil, mayormente. En cambio, de los setenta a los ochenta, estando España en plena transición, se sucedieron vertiginosamente una serie de aluviones que la propaganda oficial ha intentado tapar como “transición modélica y pacífica”. Lejos de ser así, corrió mucha sangre por mor del terrorismo separatista/comunista, así como por las cloacas del Estado que se formaba entre lo peor del franquismo y lo peor del antifranquismo junto y revuelto; y en aquellos días inciertos, la droga entraba como un terrible alud. La heroína y el sida aniquilaban de un plumazo a miles de jóvenes. Muy pronto, hubo que diversificar la actividad hacia la cocaína o el hachís, cuyos daños físicos y psíquicos tardan más en dejarse ver. Sea como fuere, ahí había un caladero de dinero que, en un país que se debatía entre la corrupción político-económica y determinadas regiones empobrecidas (y no eran ni Cataluña ni Vascongadas), representaba rapidez y facilidad. Antiguos contrabandistas de tabaco y café, pescadores furtivos, braceros y compañía se ponían las pilas, y la frontera de Portugal se ensanchó hacia Marruecos, Panamá (donde muchos registraban sus dizque empresas) y Colombia. Entre el paraíso fiscal panameño y la cárcel de Carabanchel (Madrid) se fue sellando la alianza entre Medellín, Cali y las Rías Bajas. Los gallegos, al igual que los sicilianos, tuvieron sus reticencias a la hora de empezar con el mundo de la droga, siendo que al ganar el “sí”, fue el principio de su fin, o mejor dicho, el fin de su orden, un orden hogareño y aldeano, no violento. Empero, llegaron los dinerales, ya demasiado ostentosos, así como también fue llegando la violencia.

Los noventa nos despertaban con la Operación Nécora: Los contrabandistas y furtivos reconvertidos en narcotraficantes ya no eran intocables. Ahora salían denunciados a viva voz en la radio y en la televisión. La sociedad reconocía la labor de las madres contra la droga, movilizadas desde una muy pequeña base que iba a increpar a los puntos donde se vendía droga, hasta que llegaron a las puertas de las casas de los narcotraficantes. Sin embargo, pasados los años, y volviendo la vista atrás, y con todo respeto por las víctimas de la droga, es de preguntarse si aquella operación, desde arriba, no tuvo mucho de espectáculo, de “show”, muy propio del estilo del juez Baltasar Garzón; porque si se dio un golpe de muerte a los clanes narcotraficantes gallegos, ¿acaso eso acabó con la droga en Galicia y en el resto de España? ¿Entra menos droga desde entonces? Es todo lo contrario: Cada año que pasa, más y más droga entra y se consume, siendo España, efectivamente, por posición geoestratégica, América en Europa y Europa en América; algo que todo el mundo sabe y, como tal, actúa en consecuencia, menos nosotros los españoles.

Y digo yo, sin decir que Laureano Oubiña, Manuel Charlín y compañía fueran unos santos: ¿Qué tal si ellos fueron cabezas de turco visibles? Me explico: Si el mismo periodista Nacho Carretero reconoce en su libro “Fariña”(cuyo homónimo título ha inspirado a la serie), que todo el mundo de la política está complicado con los narcos, y especialmente el PP (aunque sin excluir al PSOE y a los separatistas) porque es el que más tiempo lleva el poder en aquel rincón del noroeste, ¿cómo es que detuvieron a estos señores y los políticos se han ido de rositas y sigue entrando la droga a espuertas?

Y si le echamos la culpa exclusiva a Oubiña, Charlín y compañía, ¿acaso ellos pudieron haber hecho nada sin una colaboración estrecha no ya de políticos, que por supuesto, sino también de elementos de las fuerzas de seguridad del estado?

Además, ¿cómo es posible que Ricardo Portabales y Manuel Fernández Padín, esto es, los principales testigos protegidos que conocían el narcotráfico gallego por dentro, estén dejados de la mano de Dios y hasta se arrepientan de haber colaborado con la “justicia”? A día de hoy, los narcos están mejor que ellos, y si están vivos, es porque los narcos quieren, es decir, que no cuentan ya con ninguna protección de un Estado que los dejó más tirados que una colilla, después de los muchos servicios prestados.

Otrosí, centrémonos en la figura de Laureano Oubiña, acaso uno de los más mediáticos debido a su carácter: El tipo fue encarcelado durante dos décadas por contrabando de tabaco y tráfico de hachís. Al menos esa es la versión oficial. Nunca se le probó cocaína, heroína u otras drogas. Sin embargo, ha pagado más tiempo de cárcel que muchos terroristas. ¿A alguien le cuadra que este hombre estuviera preso tantísimo tiempo cuando todos estos años en España se ha venido liberalizando el consumo de hachís a hierro? Mientras que en Holanda, país pionero de los “coffee shops”, se dan pasos atrás y vuelven las restricciones, en España, y sobre todo en las zonas turísticas, no es que exista la vista gorda para el montonazo de gente que planta marihuana en su casa, es que hay “clubs privados” que, amén de causar furor entre el público español, ya se han convertido en una atracción turística. Antes, para fumar porros se pensaba en Holanda. Ahora se piensa en España.

Reitero: ¿A alguien le cuadra esto, máxime cuando hay traficantes de cocaína que a los pocos años ya están fuera y hasta disfrutando de sus ilícitos bienes?

Con todo, comoquiera que el narcotráfico continúa, estos años en las costas de Cádiz se ha estado dando una fusión curiosa entre narcos gallegos y andaluces. Y es que entre Galicia y Andalucía, si bien hay muchos kilómetros de diferencia, así como clima y paisaje, hay cosas vitales en común, seguramente reforzadas por la repoblación mozárabe de Galicia, y segundo por la repoblación y emigración gallega especialmente en la Andalucía atlántica. A saber:

-Somos muy celosos de nuestras tradiciones. Así se hagan urbanizaciones nuevas, la gente las quiere con motivos arquitectónicos familiares/tradicionales. Y eso se refleja también en cómo somos muy celosos de nuestras tradiciones, ya sea de nuestro acento, vocabulario o música.

-Somos muy celosos de nuestras familias. Somos muy familiares y a veces tenemos hasta “dependencia”. La organización familiar es vital para entender cómo se comportan muchos el resto de su vida, desde sus pasiones o sentimientos hasta lo más crematístico y hasta político.

La casa es muy importante porque somos muy celosos de todo lo que implica el hogar.

-No tenemos tendencia al racismo y eso se ve en las mujeres de muchos gallegos y andaluces indianos.

Naturalmente, estoy generalizando burdamente, pero creo que se me entiende.

Esta conexión Galicia-Andalucía en malos menesteres era cuestión de tiempo que pasara. Si se da en lo bueno, ¿cómo no se va a dar en lo malo? Lo que pasa es que de antropología e historia el personal que debería saber más (especialmente el de “inteligencia”), empero, está cortito y con sifón. Porque, total, como las letras no sirven y todos damos por hecho que somos muy científicos; después, pasa lo que pasa.

Y otra cosa que sigue sin cuadrarme, después de las muchas cosas pasadas en todos estos años, es cómo España sigue siendo un país seguro/tranquilo dada la impunidad que hay y el poco respeto ante la autoridad. No sé si algún día encontraré la explicación a esto, pero el día que la encuentre, tal vez sea demasiado tarde.

En fin, pasados los años, y estando España en un punto muy crítico, podemos hacer un triste balance de engaños por parte de una infame clase dirigente que ha destrozado un país que podría haber sido mucho mejor de haber seguido otro camino, esto es, el del sentido común. Y en ese triste balance, la Operación Nécora cuenta como un tragicómico espectáculo.

 

Recomiendo ver los siguientes vídeos sobre lo aquí tratado:

 

https://www.youtube.com/watch?v=PSZHWRjnOMI

https://www.youtube.com/watch?v=hZQA0AO5fSY

https://www.youtube.com/watch?v=Tr36nnFjLL4

https://www.youtube.com/watch?v=Gmn9rij-sA8

https://www.youtube.com/watch?v=1F620Med1bU&t=1053s

https://www.youtube.com/watch?v=rnX5jT3S0TU

 

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