Casimiro Sánchez Calderón*

De su pelo corto, abundante y bien cuidado, comienzan a destacar las primeras canas. Son como filamentos nacidos al azar que presagian horas de angustia y sufrimiento, y que, como el resto de su cuero cabelludo sureño, descansan en una frente amplia y firme que sugiere un interior pensante. Todo forma parte de una cara cándida, de mirada incierta y sonrisa abierta, aunque algo forzada y protocolaria, que, desde hace dos días, se ha convertido en mueca indefinida.

Son las consecuencias de su bautismo político: acaba de aterrizar en la política real. A partir de ahora, cada cana que se refleje en el espejo será producto de ese ejercicio de actividad contradictoria, imprevisible e inacabada que es la política.

Desde mi canosa experiencia política, me atrevo a sugerirle que tiene dos caminos: acobardarse y ser un político asilvestrado y anodino, o ser el gobernante que Grecia necesita en uno de los períodos más difíciles de su historia. Si es inteligente y arrojado, puede poner a Grecia en un período de progreso semejante al de Pericles.

Porque de nada servirán los acuerdos actuales, ni siquiera la condonación de parte de la deuda o los 150.000 millones de euro que necesitará en los próximos cinco años, si no se cambian todas las actuales estructuras de la nación griega; sobre todo, la educación, la economía, la fiscalidad y la estructura del Estado.
Las circunstancias son tan malas, que son las propicias para los cambios. En ninguna otra ocasión se hubiera justificado la disciplina necesaria para acometer tanta reforma.

Si aguanta las embestidas que le vendrán de todas las direcciones en los próximos dos años, y se mentaliza de que los intereses de Grecia están por encima de sus propias convicciones, la ocasión la pintan calva.

 

‘Antiguo edil de la comarca de Puertollano, el autor renunció a sus mandantos para crear el partido iberista que reclama la reunificación de la Penísula ibérica.

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