La Patria en tiempo de exilio

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París, 7 de marzo de 2016.

Querida Ofelia:

Don Antonio A. Acosta me envió desde New Jersey este artículo sobre “La Patria en tiempo de exilio. Te lo hago llegar para que como sueles hacer, lo hagas circular allá en nuestra San Cristóbal de La Habana.

Patria es raíz, génesis de vida y surco abierto. Y está aquí, no allende de los mares; a noventa millas está la tierra mancillada por las víboras del crimen y el quebranto. Pero la patria también está en nuestro espacio, en estas arenas frías del destierro.

Aquí siento la presencia de mi naranjo en flor, de la ceiba vetusta del patio de mi casa. Siento profundamente que la patria vino con nosotros sin visas ni equipajes, para ser parte del exilio nuestro. La patria en sí es un ideal que puede florecer en cualquier entorno. Ella está en cada rincón de este generoso suelo americano que no cobija y nos acepta.
A veces cuando me encuentro con un amigo y nos damos un caluroso apretón de manos, ahí está la patria con nosotros. Si hacemos un brindis por su independencia, ahí está la patria que brinda con nosotros.

Cuando una lágrima humedece nuestras mejillas; cuando la nostalgia nos oprime la garganta y un suspiro del alma traduce la añoranza, y las costas de la isla del silencio nos parecen más cercanas, las aguas más cristalinas, las olas más apacibles, haciendo menos peligrosa la travesía de los balseros de la otra orilla que buscan libertad en ultramar. En todo ese conjunto de emociones la patria está presente.

La patria es prolongación en otros confines, siempre que se le ame y se le admire y respete. La patria está en la familia reunida, platicando de valores y armonía con niños alegres dibujando sonrisas y travesuras en horizontes ajenos.

La patria está en el recuerdo de los tiempos de antaño; las palomas errantes, que parecen las mismas de nuestra Cuba de siempre; aquéllas que observábamos desde la humilde escuela de campo donde aprendimos las primeras letras, porque el amor a la patria no admite olvidos a la usanza.

Mi patria, aunque la sueño, no es un sueño en sí; no es una quimera quijotesca, aunque admiro y respeto la locura genial del Hombre de la Mancha. Mi patria es tangible y es ideal a la vez, yo la palpo en un etéreo palpitar desde el balcón abierto de mi eterna esperanza; porque patria es un concepto medular sin limitaciones terrenales. Es dimensión del alba, rumbo y destino. Es el andamiaje espiritual que en comunión con nuestra fe cristiana nos mantiene vivos, alertas y comprometidos con su rescate.

La patria es ideal en pos. El idealismo no envejece, ni se agota, ni se humilla, y aunque el músculo se torne débil y flácido, el espíritu del Mensajero de la Rosa Blanca nos alienta y nos da fuerzas para continuar por el camino que él mismo trazó. Y este propósito no admite excusas ni pretextos, pues hay que volver a poner los símbolos patrios en el sitial de honor que a ellos corresponden.

La patria nos crece en el hondón del pecho, y se hace tronco de roble firme y aroma de gardenias. Fortaleza y perfume a la vez. Así es la patria; jazmín en primavera y madera fuerte para resistir los embates de los vientos escarlatas. Pero la patria, siendo estandarte de decoro y orgullo nacional no se doblega jamás; permanece firme e incólume por el amor de sus hijos leales que la respetan y adoran; de lo contrario no seríamos merecedores del sublime gentilicio de cubanos.

Por último, patria es juramento compartido; espiga fecundada por la savia de nuestros próceres heroicos. Y si el remolino traidor la sacude bruscamente, nosotros lucharemos en contra del viento. Y muy pronto con la ayuda imprescindible del Señor, recogeremos el fruto merecido de nuestra siembra, pues el surco sigue esperando la mano diestra que deposite en él las mejores semillas y la cosecha definitiva ya está a nuestro alcance.

Compatriotas, hermanos, el triunfo final será nuestro. Vamos a embarcarnos rumbo-Cuba con las herramientas del regreso; un libro abierto, una flor en el corazón con todos los colores del espectro solar, y como fieles creyentes, una humilde petición a Dios para que con su omnipotencia y bondad nos ayude en tan noble encomienda”. Antonio A. Acosta

Antonio A. Acosta es Doctor en Pedagogía graduado en la Universidad de La Habana, maestro, profesor de la Havana Military Academy, del Instituto del Vedado, de la Escuela de Arquitectura de la Universidad de La Habana. Renunció en 1963 a causa de su desacuerdo con el régimen de los Castro y en 1966 logró llegar a los EE.UU. Volvió a comenzar, renació como Ave Fenix, obtuvo nuevos títulos universitarios y fue profesor en célebres universidades, al mismo tiempo que llevaba a cabo su labor poética.

Es autor de los poemarios: Mis poemas de otoño, Imágenes, La inquietud del ala, Dimensión del alba, Raíz de flor y café, García Lorca-genio y voz, Cuba y la dictadura y Cuando queda el sueño. Pertenece a numerosas instituciones culturales, entre ellas: el Pen Club de Escritores Cubanos en el Exilio, la Academia de Artes, Ciencias y Letras de París, etc. Es presidente de la delegación en New Jersey del Colegio Nacional de Periodistas de Cuba en el Exilio.

Un gran abrazo desde La Ciudad Luz,

Félix José Hernández.

Hispanista revivido.