La Patria, una tapia

Para bien fusilar sin correr riesgo alguno para el que fusilaba y el que con gesto como de escarmiento los presenciaba, bastaba una tapia

Para bien fusilar sin correr riesgo alguno para el que fusilaba y el que con gesto como de escarmiento los presenciaba, bastaba con aquella tapia vieja hecha de cal y canto, y con jirones de la piel, más bien cuero que piel, de las manos del albañil que probablemente en el siglo pasado del pasado la levantó. Y lo que menos se podía figurar aquel albañil, que seguramente fue un buen hombre, que dirigió el levantamiento de la tapia con buen oficio y plomada, era que después iba a servir con el tiempo de parapeto trasero para que las balas resultantes, las que no se quedaban incrustadas en los cuerpos, en las carnes y huesos de los fusilados, perdieran las urgencias de sus recorridos, y echas plomo deformado se quedaran paradas por entre las juntas caleñas de las piedras evitando que sus rebotes lastimaran a los presentes, que inmediatamente después de presenciar los fusilamientos deberían de acudir a misa de las once de la mañana, cuando ya el relente se hubiese caldeado un poco, y el café con leche, acompañado de una buena ración de churros, aunque había quien prefería unas buenas tostadas untadas con manteca blanca de cerdo o pringue a los churros, hubiese hecho su reglamentario asiento en los, según ellos creían, distinguidos estómagos.

Porque siempre se solía tomar un buen desayuno presidido por el cura párroco antes del patriótico acto de acudir, cada domingo y fiesta de guardar, al descampado próximo a la iglesia donde con el temblor del miedo en los ojos, unos hombres y algunas mujeres republicanas, de las etiquetadas con el adjetivo de color rojo, eran fusiladas después de ser rociadas con agua bendita y exhortadas, seguramente en un latín inculto y chabacano, a pedir perdón por no haber sido traidores a la República Española.

Con el ladinismo que ha llevado al estamento eclesial a permanecer incrustado en todas las sociedades comunales  por un tiempo coetáneo con la prostitución, la esclavitud y la humillación más ultrajante para el género humano, la poderosa terrateniente Iglesia cristiana vaticana, fruto de una excelente campaña de mercadeo, caló en la opinión de las gentes dando a entender que todos aquellos que estuvieran de su lado no sólo eran más distinguidos, socialmente, sino que a la hora de repartir bienes materiales, bienes no eclesiales, claro está, que todo bien terrenal material que entra por la puerta de una parroquia eso ya no vuelve a ver la luz del sol, sus acólitos tenían bastantes más posibilidades de recibirlos que otros hombres. Según  un dicho por los curas desde siempre, y repetido cuando corrían unos tiempos muy cercanos, aunque parecen como lejanos, donde los gorriones caían en los cepos, probablemente sabiendo que eran cepos, pero una migaja de pan, es una migaja de pan cuando se tiene hambre.

Aquella mañana de domingo de un febrero que no le dio la gana de que en ninguno de sus días cayera ni una sola gota de agua de lluvia, el frío se permitía la osadía de entrar muslos arriba, falda arriba, hasta llegar a una zona o territorio del cuerpo de doña Angustias, que según, era reserva natural y coto privado de don Ramón, un cura, según él decía, oriundo de Las Baleares, pero sin especificar ni isla ni ciudad, ni aldea o pueblo; porque, algunos  comentarios a la chita callando, o en voz todavía más bajo que la chita callando, si don Ramón no tuvo que arribar nadando a la Península, es muy probable que lo hiciera en un barco de pesca escondido, camuflado, porque por mucho Franco, mucho palio y mucha dictadura y control, contaban que un empleado de una fábrica de hacer hielo, con un gancho de los de manejar las barras congeladas, además de una buena navaja, rondaba por la puerta de una parroquia balear por un asunto de cuernos que, según las malas lenguas, ni era el único en la localidad en llevarlos por culpa del clérigo, ni tampoco había un especial interés por parte del obrero de la fábrica de hielo de que el párroco siguiera en su carrera selectiva de preparar mujeres para lo que según solía decir en sus sermones su glorioso destino: la maternidad.

Doña Angustias, lo de doña no era obediente a título académico o de elevada posición económica alguna, sino porque como era una de las muchas mujeres asiduas a todos y cada uno de los actos religiosos que se celebraban en la única parroquia del pueblo, al margen de que hablaba peste de los rojos, de los republicanos, como cuando había que cantar en las ceremonias llamadas religiosas, la desafinada y como amariconada voz del cura don Ramón llevaba el acompañamiento de la más alta de tono y sobresaliente por encima de todas las demás de doña Angustias, el párroco le adjudicó, dejando de lado otros lados de la cama, lo de doña, y porque al cura lo motivaba mucho el hecho de que cuando doña Angustias  aspiraba aire, aunque no tuviese educación musical alguna, se le movían las dos enormes tetas de tal manera que parecía que escote de pico adelante se iban a salir de aquellos sostenes enormes para los que no todas las barba de las ballenas daban la medida para su confección.

La paridad, la similitud pareja de vida en casi todos los pueblos de España en aquella posguerra más sangrienta y virulenta que la propia guerra, donde sin necesidad alguna, porque hasta lo que se suele llamar escarmiento estaba ya colmatado, y se mató, se fusiló por fusilar, me llevaron hace años a escribir el libro del que he trascrito el comienzo: Por Aquellos Tiempos.

Salud y Felicidad. Juan Eladio Palmis.