La pregunta de todos los días en Cuba: ¿Qué comemos hoy?

París, 31 de marzo de 2016.

Querida Ofelia:

Me ha hecho reír Doña Marta Requeiro Dueñas, con esta crónica, pues he recordado sucesos similares de nuestra vida en Cuba, aunque en realidad, es para hacer llorar. Te la envío, como de costumbre, para que la hagas circular allá en nuestra querida San Cristóbal de La Habana.

“Miami, 30 de marzo de 2016.

Si a cualquier niño del barrio le hubiesen preguntado si la música que escuchaban del carrito del helado era cubana hubieran dicho que sí, porque, ¿qué importaba dónde había sido compuesta o su creador?, aquellas notas musicales ya habían creado un reflejo condicionado en las mentes colectivas. Ni una alarma de fuego era capaz de sacar con mayor premura tanta gente de adentro de las casas. Aún la escucho y me transporto con el pensamiento a esos momentos de antaño, rememorando lo rico que sabían aquellos helados y lo bueno que era degustar uno en aquellas tardes, siempre veraniegas, de Cuba. Adquirirlo se consideraba un trofeo después de salir ileso del tremendo pugilato que se desataba entre los de la cola, frente al mostrador del carrito, convirtiéndose en una forma de sustento ya que comerse un helado podía ser la comida de muchos en el día.

Ahora con el tiempo tengo el conocimiento de que aquella anhelada melodía era la Polonesa Heroica, opus 53, de Frédéric Chopin. La culpable de que la mayor cantidad de personas afluyera desde cualquier lugar del barrio en el menor tiempo posible, no hacía falta escucharla completa, con las primeras notas ya estábamos corriendo despavoridos. Y si los esperados acordes sorprendían a alguien en el baño, estoy segura que hacía sus necesidades a una velocidad supersónica para tener tiempo de correr y ocupar un lugar privilegiado en la cola. Las amas de casa apagaban las ollas y salían corriendo. En casa mi madre era la que salía y me advertía de lejos: – ¡Vigílame el fogón! A veces era cosa del subconsciente que nos parecía oírla y salíamos a ver, o a orientar el oído, para entrar desilusionados viendo que no era nada. Y si era real, haciendo una apreciación de dónde estaría ubicado para correr hasta allá.

Cuando el pintoresco carrito llegaba, el número de personas que partían a su encuentro era incalculable. Estoy segura que los carros blindados actuales no tienen tanto aguante ante los embates externos como lo tenía ése. Ahí olvidábamos el compañerismo y la cooperación si de agarrar una paletica, o llevar una pinta de helado a la casa se trataba. Arañazos, desgarro de ropas, pérdida de uñas y cabellos, eran el resultado natural del paso del carrito por la cuadra. Cuando se retiraba vacío, en el pavimento quedaban casi siempre, elementos de diversa índole como muestra del altercado acontecido: un botón, una chancleta rota, ganchos de pelo y, en una ocasión, hasta un pedazo de dentadura postiza.

Todos los días era la misma lucha: buscar qué echar a la olla. El Bola era el que tenía todos los contactos en el barrio, no había que ir al mercado, ya allí sabíamos lo que íbamos a encontrar: la cara de hostigamiento de la dependiente con el NO por respuesta a todo lo que le preguntásemos, y al fondo la foto de Fidel con el dedo levantado, como advirtiendo, o la del Che con su mirada perdida en la lejanía reafirmando su consigna de “Hasta la victoria siempre.” Por eso no perdíamos tiempo y temprano nos dirigíamos a casa del Bola que él sí tenía todas las opciones de sustento posibles para el día o, sino, nos decía a dónde dirigirnos.

Una vez fue de madrugada a tocarnos la puerta y pidió que lo ayudáramos con una mercancía que le había llegado, nos consideraba personas confiables. Mi esposo lo socorrió junto con el camionero, que estaba apurado y nervioso; y entre cuatro personas, incluyendo la mujer del Bola, descargaron en un pestañazo el camión de mariscos que había sido desviado de su destino y parqueado frente a la casa del negociante. Coincidiendo también con el frente de la casa de un policía, del otro lado de la calle, por lo que había que actuar con rapidez. Ese cargamento estaba destinado a los “paladares” (restaurantes particulares) del barrio, que igualmente recepcionaban la mercancía muy temprano en la mañana para evitar testigos. Estos productos eran ilícitos, pero se reservaban a clientes exclusivos y no aparecían en los menús.

Estaba inquieta esperando el regreso de mi compañero y, pasado un tiempo prudente, me aparecí en casa del vecino que ya hacía café para brindarle a sus ayudantes. ¡Llegué a tiempo!- dije al sentir el olor y me mandó a pasar.
Se sentó al borde de la mesa y acarreó hacia él lo que a simple vista parecía un radio “VEF 206”, vació sus bolsillos, hizo rollos con los billetes que de ellos extrajo, los amarró con ligas, y luego abrió por detrás el artefacto hueco para guardar en su interior los fajos; colocó la tapa del fondo como estaba y lo pegó a la pared. Sonriendo dio unos golpes por encima de la carcasa y dijo: -No quiere andar, no sé qué le pasa. Y todos reímos.

Aunque su aspecto era simple y austero, todos conocían que ahí se podía ir a buscar, como a cualquier mercado bien surtido, lo que hiciera falta.

Era usual correr a la bodega, o a lo que llamaban carnicería, con bolsas de nylon y libreta en mano, para adquirir la pasta de oca, el picadillo de soya, o la masa cárnica que ya llegaban con aspecto descompuesto, y con moscas volándoles por la falta de frío, en un camión como otro cualquiera. Cinco huevos, cinco libras de arroz, un cuarto de libra de aceite, que parecía aceite de avión, era la cuota de una persona al mes. Un tubo de pasta de diente y un jabón por núcleo familiar, cuando se acordaban. En Cuba no se conocen los nombres de los cortes de la res, la carne es de primera o de segunda, y sólo para embarazadas o enfermos. Hemos sido un experimento en subsistencia.

Era muy agotador pensar qué echar a la olla todos los días y se vivía con mucho temor adquiriendo las cosas en el mercado negro. Una mañana me levanté cavilando qué hacer con ese único pescado que me quedaba en el refrigerador. Imaginé preparar varios platos derivados de él. Primero haría un consomé que sirviera de entrada, luego lo sacaría, desmenuzaría, y haría un enchilado con verduras y viandas, las que tuviera disponible, para hacerlo rendir y acompañar el arroz, y que alcanzara para todos en el almuerzo y la comida. Lo puse a descongelar sobre un plato en el fregadero de la cocina, y salí a una huerta que teníamos en el patio de la casa donde cultivábamos todo tipo de plantas que sirvieran para sazonar las comidas o aumentarlas. La puerta de la cocina permanecía siempre abierta permitiendo la circulación del aire que mitigaba el calor. En ningún momento imaginé, cuando salí, que un gato pudiera ser tan rápido, entrar y hurtar el pescado aún congelado. Cuando regresé encontré el plato vacío. Desde la ventana de la cocina le pregunté a mi vecina, que barría su portal, si había visto un gato salir con una bolsa, y me dijo que había visto pasar al gato asesino con algo en la boca. Parecía increíble cómo el minino pudo perpetrar la acción tan rápida y eficazmente, sólo dejando la evidencia de unas gotas de agua por el suelo, que me dieron la certeza que había sido él.

Los pequeños que jugaban afuera escucharon la conversación que sostuve con la vecina, y decidieron hacer justicia. Ya era conocido el actuar del felino pues acostumbraba a meterse en los patios a matar gallinas y dejarlas tiradas a medio comer, por lo que se había ganado el título de “gato asesino”. Salieron declarando en contra del animal y registrando los patios que se comunicaban entre sí, buscando con la mirada aguda en la copa de los árboles, echando un vistazo a los techos, pero nada. El gato fue hallado dormido, reposando su almuerzo, en el lugar menos pensado: debajo de un auto. No vio cuando se aproximaron sigilosos sus jueces, que lo capturaron sin que opusiera resistencia, y lo llevaron hasta la mata de ajíes picante de la vecina. La planta estaba copiosa porque al ser tan picantes los frutos no se utilizaban en nada. Los bulbos, de un rojo brillante, eran capaces de hincharle la cara y la boca a quienes se atrevieran a morderlos o a abrirlos.

Pusieron el gato adormilado boca abajo sobre la acera; al lado de la mata. Le levantaron la cola, tomaron los ajíes por el tallo, y comenzaron a untarle al gato en el trasero. Raspaban los bulbos picosos en la acera para sacarles el sumo, y uno a uno desfilaban por la parte posterior del culpable cuadrúpedo, colocándoles la dosis de picante que estimasen conveniente o poniéndoselos como supositorios. Cuando terminaron, y el animal recuperó la libertad, plantó sus nalgas en el suelo para frotarse con desesperación, y correr como una flecha. Ésta vez no hubiese sido posible atraparlo. Los muchachos corrieron detrás de él hasta que lo vieron perderse por los arbustos, frente a la línea. Quedé pensando que el simple hecho de oler pescado le recordaría el evento y no lo volvería a hacer.

Con frecuencia descargaban refresco a granel en un tanque, o pipa como la conocíamos, que a un módico precio adquiríamos para acompañar las paupérrimas comidas; era una salvación ante el asfixiante calor. A pesar de estar toda sucia por fuera y la tapa corrida en ocasiones, a nadie parecía importarle. Permanecía inamovible en una esquina de la calle, montada sobre su base de madera, a expensas de las inclemencias del tiempo. Cada dos o tres días otro camión cisterna llegaba, la llenaba y se iba quedando alguien como responsable de su expendio. Entonces cuando esto ocurría era que salíamos corriendo a hacer la cola con todo tipo de recipiente en mano para llenarlo del apetecido néctar, no importando el sabor.

Una tarde fuimos a hacer la fila para obtenerlo, ya hacía un par de días que no lo despachaban y lo estábamos esperando. Esta vez el líquido no estaba tan transparente como de costumbre, pero así y todo los vecinos agotaron el contenido del termo gigante. Algunos, en especial los niños que se empinaban los recipientes en el lugar, notaron un sabor extraño pero no tanto como para dejar de tomar. Al llenarse los últimos frascos y quedar menos líquido en la vasija gigante, detectaron unas partículas que flotaban en el líquido. Pensaron que podía ser un ingrediente nuevo. ¡Jengibre! -decían unos- Seguro que es una fórmula china. Hasta que la presencia de unos pelos se hizo innegable. Entonces alguien se subió al gran recipiente de aluminio y a través de la tapa corrida pudo ver el cuerpo del gato, el mismo que hacía días había huido de las manos de los chicos del barrio.

En el desespero por querer refrescarse el trasero y esconderse, halló el lugar menos indicado, o cayó por accidente sin poder salir después; muriendo ahogado en el líquido remanente del fondo y cocinado por la temperatura del ambiente. Una prueba fehaciente de que nunca lavaban ese recipiente. Viraron el tanque y lo sacaron tieso y remojado. Nadie enfermó de haber tomado de aquel refresco de gato, por suerte.

Actividades de entretención eran pocas en los barrios. En las tardes los niños pedían dinero para salir a montar el cochecito (carruaje pequeño jalado por un chivo con muchas ganas de morirse). En éstos daban una vuelta a la manzana, y se tenían que bajar con llantos y perretas para que subieran otros de la cola.

Si teníamos la suerte de que estuviera el circo, con su carpa multicolor, instalado temporalmente en el terreno baldío, entonces la entretención se extendía a los mayores. La tanda empezaba a las nueve de la noche y uno se vestía de la mejor manera para asistir. Una noche fui con mi madre y los niños a ver la función, ellos se quedaron maravillados con las cabras que sabían contar dando golpecitos con sus patas, los escuálidos leones que atravesaban los aros de fuego y los monos de fondillo pelado. No tuvimos en cuenta las inclemencias del tiempo y nos sorprendió un fuerte aguacero que hizo que la carpa se destiñera, y saliéramos chorreando agua de colores huyendo de la tempestad camino a casa.

Al día siguiente nos despertó la noticia de que habían robado en el circo: faltaba un mono y las cabras. No podíamos creer que eso hubiera pasado, seguramente los ladrones aprovecharon el fuerte aguacero que se extendió hasta la madrugada para perpetrar sus fechorías.

Como al medio día pasaron por casa vendiendo una carne fresca de aspecto poco común, recordé el día que nos habíamos quedado esperando el pan porque el caballo del carretón del despacho lo habían descuartizado a medias, y también habían pasado ofreciendo carne fresca. Enseguida se especuló que la proteína de origen animal pudiera ser proveniente de la matanza de los animales domesticados sustraídos. Por suerte no compré, pues después se inició una fuerte investigación al respecto. El circo se retiró al día siguiente.

El único circo que sigue presente es el circo del pueblo, que hace ingeniosos malabares para sobrevivir, y la misma pregunta todos los días: ¿Qué comemos hoy?” Marta Requeiro Dueñas.

No olvides darte una vuelta por su interesante blog: http://martarequeiro.blogspot.com/

Un gran abrazo desde La Ciudad Luz,

Félix José Hernández.

Hispanista revivido.