La Península Ibérica es una unidad geográfica creada por la propia naturaleza. Es un modo de creación (valga la redundancia) natura naturata. Su singularidad está fuera de toda duda.
Todo lo que ella ha sido y es, todo lo que en ella ha acontecido forma parte del ideal iberista.
El Iberismo es un inmenso e inacabado incunable en el que han garabateado todos los pueblos de su historia. Con escritura pictográfica o ideográfica sus primeras tribus anarquistas; con letra propia, fenicios, griegos, romanos, cartagineses, godos, árabes, y hasta franceses, en consentido mestizaje con la caligrafía monástica y humanística peninsular; luego, el llamado Nuevo Mundo, en el incluimos amplias zonas de África y Asia, llenó páginas y páginas de glorias y agravios en su descolorido y viejo papel.


Pero es en los siglos XIX y XX cuando esa desgastada biblia iberista se refuerza y emerge del olvido de varios siglos con una pléyade de intelectuales y hombres de acción que cambian su trayectoria imperialista por fórmulas de convivencia más respetuosas con la realidad del otro, basadas en los ideales de libertad. igualdad y hermandad.


Esa es, pues, la herencia y no otra: la aplicación de los ideales de la Ilustración al proyecto de la unidad política, social y económica de Iberia.


Ese proyecto de unidad ibérica no es una aspiración romántica o el sueño de una noche de verano, es un trabajo de largo recorrido con diferentes etapas que deben ser asumidas dentro del máximo respeto y garantías de éxito en todos los órdenes.


Por eso, la Declaración de Lisboa propone como medidas de inmediata negociación todas aquellas que pueden servir para evitar duplicidades o aumentar la eficacia, como la creación de un Plan de Emergencia Ibérico o la defensa de los intereses comunes en Europa por parte de los eurodiputados ibéricos, así como otras muchas explicitadas en dicha declaración.


Otra medida inteligente, a medio plazo, es la propuesta que hace la Declaración de una unión política confederada entre Portugal, España y Andorra. Eso permitiría que cada país mantuviera su autonomía en temas más conflictivos que requieran más tiempo y debate.
La guinda de la Declaración de Lisboa es el reconocimiento de la iberofonía y su proyección a todos los países de lengua portuguesa o española.


El Iberismo ya no es solo un incunable, con la Declaración de Lisboa es un denso tratado lleno de contenido esperanzador de cara a una nueva modernidad.

Partido Ibérico (íber)

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