La receta del recuerdo

París, 22 de abril de 2016.

Querida Ofelia:

Aquí tienes otra de esas interesantes crónicas de Marta Requeiro. Me la envió desde Miami. Estoy seguro de que te gustará.

“Hay un proverbio chino que nos aconseja no regresar nunca al lugar donde hemos sido felices. Parecerá algo ilógico pero si nos detenemos a analizar, hallaremos toda la razón en éste planteamiento. El que se fue de Cuba hace veinte años y regresa ahora, no la reconoce. Día a día las cosas van perdiendo su encumbramiento. Los lugares, rincones de la ciudad, las casas, y las gentes muestran una faz cada vez más luctuosa. La calle donde aprendí a montar bicicleta hoy no existe, fue tomada por la maleza como en el más desalentador de los capítulos de “La Tierra sin humanos”, y el lugar donde di mi primer beso y el banco del parque que me lo recordaba, ya no están. Sólo los conservaré vívidos y nítidos en la mente, delineados por la connotación que quiera darles.
En la niñez y la adolescencia vivimos momentos que nos marcan, agradables o no; aunque por suerte somos más propensos a evocar lo bueno, a exagerarlo quizás, agregando emociones placenteras al recuerdo con el afán de clavarlo a la pizarra de nuestra retentiva.

Hoy hice unos espaguetis para el almuerzo basada en una receta que extraigo de la memoria. Primero elaboro una abundante salsa de tomate, ya sea usando las envasadas o haciéndola con tomates maduros y diversos condimentos; logrando que quede semi-espesa, sin dejar de agregarle una pizca de azúcar, o algo más de orégano, pero teniendo siempre el máximo cuidado al concentrarme y traer de vuelta todos aquellos sabores que me deleitaron una tarde de antaño.
Debo ir probando hasta que el paladar perciba aquel: el que evoco con nostalgia, y atesoro. El que llega igualmente plagado de imágenes, como en una película con efectos no inventados aún. Porque de esa remembranza, si me concentro, me llega el aroma exquisito de la salsa que emanaba de aquel plato coronado con abundante queso. Repaso, con exhaustivo cuidado, lo que el recuerdo conserva proveniente del paladar, y eso sucede cada vez que me dispongo a hacer este tipo de pastas de mi predilección.
El culpable fue aquel plato que probé en mi adolescencia, una tarde cualquiera, y que pedí a mi madre tal vez por capricho y con pocas ganas de comer.
Lo memorizo muy bien porque desde el primer bocado me supo a felicidad, y porque fue además una magnífica velada que disfrutamos las tres: mi madre, mi hermana y yo, donde reímos y conversamos dándonos muestras de amor y afecto. Pasado los años hemos tenido que vivir separadas, cada una en un lugar distante, en países diferentes, con muchos años mediando para vernos y la imposibilidad de reencontrarnos con la frecuencia que hubiésemos querido por asuntos económicos, de leyes y de tiempo. Por eso almaceno ese día en mi mente con tanta claridad, que hasta la luz del sol de aquel meridiano se hace presente en la evocación.

El nombre del local no lo recuerdo, pero la primera vez que lo frecuentamos fue un domingo a la hora del almuerzo; después de salir del cine Actualidades, pionero en su clase en la capital. Esplendoroso, en ése entonces, como muchos otros cines de la época de los setenta en La Habana; que ya hoy se transformaron en ruinas o dan sus últimos estertores. Muchos surgieron gracias al reacondicionamiento de salas de teatro para la proyección de películas.
Éste en particular poseía cómodas y hermosas butacas de terciopelo rojo, y un escenario majestuosos enmarcado en una arquitectura de cemento que daba la sensación de desafiar la lógica viendo convertido el rudo material en algo aparentemente liviano y vaporoso por las artísticas manos de algún escultor, y donde al descorrerse las cortinas, también de terciopelo del mismo color de los asientos, como si fuéramos a presenciar una puesta en escena, aparecía la imponente pantalla blanca que al instante se iluminaba para dar paso a las primeras imágenes proyectadas que nos envolvían en su magia acompañadas de la música.

Mientras recibíamos el frío del aire acondicionado en cualquier lugar que nos sentáramos, que exigía ir preparado con algo de abrigo. Si afuera hacía el mayor de los calores, que caracteriza la mayor parte de los días en Cuba, ahí lo olvidábamos, placenteramente concentradas en la trama que nos incumbía.
Esta sala de cine estaba situada en la Avenida Bélgica, comúnmente conocida como calle Monserrate, entre Neptuno y Ánima, en La Habana Vieja, y fue inaugurada en los primeros años del siglo XX. Hoy penosamente destartalado, luce su cartel a medio caer en una fachada roída por el abandono y la falta de interés más que por el tiempo.

Esperábamos con entusiasmo el domingo para salir de casa e ir a nuestro paseo acostumbrado. Salíamos temprano, sorteando las dificultades del transporte bajo el clima sofocante de la espera y el calor, pero sabiendo que al regreso, como si formara parte de un itinerario inviolable, degustaríamos aquellos singulares espaguetis que no eran “al dente”, como se considera la forma ideal de cocción para las pastas, sino más bien blanditos, con abundante salsa y mucho queso, dando el aspecto de una pequeña montaña de tierra roja con cima nevada puesta sobre un plato.

La pizzería era simple, pequeña. La caja estaba situada a la entrada, a la izquierda y después de llegar a ella y pagar lo que íbamos a consumir, pasábamos al local: un espacio exiguo y con pocas mesas. Creo, incluso, que no tenía ventanas; sólo la vidriera del frontis que se extendía de pared a pared. Nada lo diferenciaba de los sitios a donde había ido anteriormente a comer pizza, no tenía nada que me atrajera hasta entonces. Como los demás, estaba impregnado de los olores característicos que flotaban en el aire provenientes de los hornos, el del queso pegándose a los bordes de los moldes y el de la salsa cociéndose en una inmensa olla sobre el fuego que se podía apreciar cuando la puerta abatible, situada en la pared que separaba la cocina del restaurante, se abría.

Saliendo de allí, con el estómago lleno y la mente plagada de fantasía por la película que acabábamos de ver; nos dirigíamos caminando a la intersección de las calles Egido y Corrales para tomar la ruta 95 que salía de ahí con destino a Guanabacoa y pasando por el túnel de La Habana se dirigía al este, cruzando en su recorrido por el Reparto Residencial “Antonio Guiteras” donde vivíamos. Llegando allí nos enclaustrábamos en nuestra vida apacible y de barrio en espera del próximo domingo.

Después de eso, por supuesto, he comido de los mejores platos de pasta que se puedan elaborar y en los restaurantes italianos más destacados de los lugares en los que he vivido o visitado, porque la comida italiana es mi debilidad, pero como aquellos espaguetis del recuerdo, y en la compañía inigualable de mi madre y hermana, ningunos. Creo, más que nada, que por eso no los olvido, porque como aquellos… sólo en aquellas tardes después de la matiné del cine Actualidades.

Aún estamos separadas pero algún día, haré unos espaguetis como aquellos, guiada por la receta que atesoro en el recuerdo y nos sentaremos a la mesa a compartir y a hablar de esos y todos los momentos que hemos dejado de vivir juntas”. Marta Requeiro Dueñas

 Puedes encontrar el nuevo libro de Marta Requeiro “Lo que no nos mató”, en: http://www.amazon.com/dp/B01EGO22AG/ref=cm_sw_r_fa_awdo_8zFfxb0MKMRV0

“Lo que no nos mató brinda un paseo a través de estas letras, prontas a descubrir, por la Cuba que viví. Comprendida entre principio de los 70 y finales de los 90. Vicisitudes y carencias por las que pasan las familias cubanas esquivando vigilancias y prohibiciones. Un realismo plasmado con algo de humor y tragedia. Los nombres se cambiaron, pero los hechos son reales.” Marta Requeiro

Con gran cariño y simpatía desde la Vieja Europa,

Félix José Hernández.

 

Hispanista revivido.