El buscado encuentro de Raúl Castro con el papa Francisco, la oportunista visita del presidente francés a la isla, las expectativas económicas generadas, sobre todo en los EE.UU., con la perspectiva de un establecimiento regular de relaciones diplomáticas merecía una atención que las elecciones ha retrasado. Existen circunstancias de las que puede deducirse una singularidad de las relaciones de España con Cuba. Quizá haya algo personal, que no procede de lazos familiares. Fue el último país de América en independizarse de España con una intervención nada ejemplar de los EE.UU. El bloqueo decretado por ellos contra el régimen cubano ha devenido en su soporte. Obama reconoce que no ha servido para cambiarlo. La llamada de Juan Pablo II en su histórica visita a Cuba de que se abriese al mundo iba acompañada de que este se abriese a ella; en definitiva, a favor del pueblo cubano. La política española en la etapa democrática no siempre ha seguido esa orientación, sobre todo cuando la citada singularidad eximía de asumir un liderazgo de dureza en la Unión Europa, que ahora se ha reblandecido al aire del giro americano. Conocida es, por contraste, la iniciativa personal de Fraga con Fidel Castro. Aunque no tuviese un resultado notorio, algo queda. Puedo aportar un pequeño dato. En una reunión de rectores españoles y cubanos, escuché del propio Fidel un elogio de Franco, del que obviamente no era partidario, porque no había seguido el bloqueo decretado por EE.UU. Fue en el llamado período especial provocado por la caída de la URSS. No lo había olvidado.

No tenemos la potencia inversora de los EE.UU., estamos más lejos de Cuba que ellos. La singularidad de la relación proporciona, en cambio, la ventaja de invertir, con visión de futuro, en la formación académica de personas que estarán en las primeras filas de la sociedad. Esa idea movió al rector de la Universidad Politécnica de Madrid, Rafael Portaencasa, fallecido hace unos meses, a establecer puentes en lo que hemos coincidido otros colegas. Es valedera para toda América hispana que traté de impulsar desde el comité universitario de relaciones internacionales durante la breve estancia de Rajoy en el Ministerio de Educación. No interfería la política oficial del Gobierno, pero podía producir relaciones duraderas de amistad.

La apertura no es fácil, como revelan las negociaciones para establecer embajadas en Washington y La Habana. Tampoco para ampliar libertades clásicas. La reconocida autoridad del papa Francisco permite abrigar la esperanza de que se consiga. De entrada, Raúl Castro ha manifestado la posibilidad de volver a rezar. De lo que puedo dar testimonio es del interés que tuvo Fidel Castro para ver a Juan Pablo II en el Vaticano con la excusa de asistir en Roma a una reunión de la FAO; fue una primicia a cuatro rectores en una larga cena, con recuerdos de su paso por un colegio de los jesuitas. La historia da muchas vueltas; no hay que perder el rumbo.

José Luis Meilán Gil

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