Ninguna diferencia con Hitler o Mussolini en lo que respecta a sentir piedad o temblecón en la mano a la hora de firmar la sentencia de muerte de alguna persona que ellos entendieran que era su enemigo. Y, en asuntos de enemigos, el general Franco siempre pensó que tenía muchos.

Y siendo, por tanto, o por lo menos así nos los pinta la crónica, tanto Hitler como Mussolini unos dirigentes políticos odiados desde el seno de los EE.UU. Franco, siendo como hemos señalado de la mismica cuerda de los dos anteriores, puede que lo fuera solo a nivel posicional y cara al escaparate social; pero, los Usa, Franco y el clero vaticano, siempre estuvieron a partir un piñón y repartírselo como buenos amigos.

El anticomunismo de Hitler o de Mussolini, nadie puede catalogarlo como de menor intensidad que el que sentía Franco; por tanto si la decidida y clara ayuda de los Usa hacia el franquismo está basada o fundamentada en lo que suele decir que Franco era en Europa la vanguardia, la cabeza del ariete derriba puertas en contra del comunismo, uno se puede hacer un lio mental, porque no se ve, a ese respecto de odio, diferencial ninguno entre los tres dictadores.

La única diferencia que se puede palpar es que, mientras detrás de Hitler y de Mussolini, hubo un pueblo entero con conciencia, muy para mal, de pueblo, detrás de Franco parece que solo hubo profesionales de los ejércitos, las finanzas y el clero, que entendieron que el elemento obrero o campesino no era necesario en el concepto nacional de un país, y no movieron ni un solo dedico, cuando ya terminada la guerra en España, en los campos de exterminio europeos miles a miles, codo a codo, horno a horno, con judíos y gentes que el fascismo entendió que sobraban en la sociedad, lo pasaron de rechupete exterminándolos a barra libre.

Los republicano españoles que estaban refugiados en Francia que no podían volver a su país porque por muy aparto que fuera el lugar donde vivieran, siempre había el dedo de un cura para señalarlos o delatarlos, que ya en aquella altura bélica pudieron muchos de ellos disponer de una arma portátil o pesada para defenderse, dieron, aquellos perdedores sin suerte, una demostración de su capacidad de acción guerrera, porque sin chicles ni chocolatinas, toda una gran franja del sur del territorio francés, lo liberaron ellos sin necesidad de que los llamados aliados intervinieran en ello.

Unos aliados que, la crónica está ahí, en lo que respecta a Hitler o Mussolini, no querían ni escuchar su nombre, pero, en lo que respecta a Franco, históricamente, seguramente porque desde el primer minuto ya lo llevaba el clero bajo palio, el caso es que los Usa y el clero vaticano, que es tanto como decir la policía del mundo, lo consideraron y lo siguen considerando como un compañero del alma; y los unos se autodefinen como demócratas republicanos, y los otros como socialistas amantes de la igualdad entre sus fieles feligreses.

Y eso que no hemos empezado comentando la tremenda suerte que gente tan bien ubicada entre la gente de sus seguidores como estaban los generales Mola y Sanjurjo, cuando la rebelión clericó militar del año treinta y seis del siglo pasado iba a ser encabezada por un triunvirato formado por los dos citados generales más Franco, un tremendo golpe de suerte puso al general Franco al frente de todo; y todo el mundo a callar; y muchos a temblar.

Esa suerte de Franco, hasta hoy nos ha contado la crónica chorradas de que todo vino con la lógica conocida de que el agua siempre camina cuesta abajo; pero es muy probable, que ya que se están descalificando papeles de ciertos bancos que han estado ocultos y reservados, a lo mejor pronto se pueda saber que la suerte y la casualidad no existe con tanta asiduidad en una persona.

Salud y Felicidad. Juan Eladio Palmis.

1 COMENTARIO

  1. BANDOLERO

    Abierto el pecho
    por la tronera del trabuco,
    el último bandolero,
    como un saco grande
    a horcajadas
    cabalgando muerto
    sobre un mulo.

    ¡Fuera. Los chiquillos
    fuera!
    gritaba nervioso
    la guardia civil.
    Y el trabuco,
    uno de los últimos
    trabucos apercibidos,
    escondido
    en la albarda
    de aquel mulo,
    que cuidado llevaba al andar,
    para no ser nunca culpable
    de descabalgar de su lomo
    al último bandolero muerto
    ¡Se ha muerto!
    ¡Lo han matado!
    ¡A disparos de trabuco!
    ¡Ya no quedan bandoleros!
    es el último,
    decían,
    allá en mi pueblo.

    De Sevilla,
    según dijeron.
    De Aracena,
    o de los Picos de Aroche
    dijeron otros.

    Y allí en mi pueblo,
    de todo un hombre,
    de mucha hombría,
    de la Andalucía,
    como tantas veces
    en aquellos tiempos
    de la posguerra,
    de buenas gentes
    hubo derroche.

    Camino del cuartel,
    a la tarde:
    ¡Zagales!
    ¡Fuera. Fuera!
    ¡Que ya es de noche!
    Y el trabuco
    escondido:
    que no se viera.

    En adelante
    sería así,
    el trabuco escondido
    que no se viera.

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