La Vajilla. Tercera parte de las aventuras y desventuras de Matilde en Cuba

París, 27 de agosto de 2016 (a +36°c.)

Querida Ofelia:

Nuestra querida amiga Matilde, me mandó hoy desde Miami la tercera parte de sus aventuras y desventuras antes de poder salir de Cuba rumbo a La Libertad. Te la envío pues sé que te va a gustar y para que la hagas circular entre nuestros amigos allá en San Cristóbal de La Habana.

“Gracias a un gran amigo de la familia conseguí comprador para nuestra vajilla que era increíblemente grande, muy bella, de porcelana de Baviera pero al tener tantísimas piezas, no era fácil de vender por su valor.

Ese amigo, pediatra, atendía a los hijos del embajador de un país latinoamericano que venían a la consulta con su mamá. Ella un día por casualidad le preguntó si él sabía de algún cubano que vendiera una vajilla buena y de muchas piezas. Por supuesto que nuestro amigo enseguida le dijo que sí y que conseguiría una cita conmigo para que la viera.  Se concertó la cita y ella vino a nuestra casa en ¡un auto con chapa de la embajada! Está de más decir que me asusté y enseguida pensé que el Comité de Defensa de la Revolución iba a venir a casa a averiguar qué nos traíamos con una embajada. Por suerte no pasó eso.

La buena señora se fascinó con el diseño de la vajilla y la cantidad de piezas que tenía, que iban de platos grandes, medianos y chicos, tazas de café con leche y chiquitas de café, para 8 comensales y fuentes de servir de todo tamaño y hasta sopera con su gran cucharón. Con decir que ocupaban todos los entrepaños del aparador enorme que teníamos y que iban de un extremo al otro del mismo.

Los platos eran octogonales, no redondos y tenían una bella cenefa de flores de colores en los bordes. Yo había reproducido a mayor escala esa cenefa para que me la bordaran en el centro de un mantel de hilo blanco, cuya tela había comprado para ello. La señora me dijo que quería comprar el mantel también. Fue muy gentil todo el tiempo y repitiendo que le daba pena las circunstancias por las que estábamos pasando.

Empezó a apuntar en una libreta que había traído todas las piezas de la vajilla que ya había decidido iba a comprar completa. Fue muy justa en pagar si no lo que valía realmente un precio bastante cercano a él. Yo estaba respirando al pensar que ese dinero nos ayudaría mucho para cuando Alberto estuviera cesante. Hasta ahí todo estuvo perfecto, pero la cosa se complicó cuando me dijo que “iba a venir en el limousine de la embajada con una caja de madera gigante y con dos empleados para empacarlo todo con esmero”. Ahí mismo se me cayó el alma a los pies, pues con el Comité de Defensa vigilando, eso era totalmente imposible y nos podía costar la salida del país. Así se lo dije a ella enseguida y me dijo cándidamente – “pero si tú eres la dueña de la vajilla y debes poder hacer con ella lo que quieras”. ¡Qué clase de ignorancia de todo lo que estaba haciendo el castrismo a los que queríamos marcharnos del país!

Cuando le expliqué lo del inventario futuro y el chequeo constante del Comité de Defensa, le dio mucha pena y me abrazó de lo más compungida. Entonces me preguntó –“¿Cómo lo podremos hacer?”  Le expliqué que podría ser en pequeños o medianos grupos, entrando en el garaje de casa, con autos corrientes no de una embajada y espaciando las entregas para no llamar la atención del Comité de Defensa. Su reacción fue “un jarro de agua fría para mí”, pues exclamó – “eso llevará semanas y yo no quiero esperar tanto”.

Ella se dio cuenta de que yo estaba a punto de echarme a llorar, pero le dije que por supuesto yo la comprendía perfectamente pero que yo no podía poner en peligro la salida de nosotros cinco, que sería el precio a pagar si nos descubrían vendiendo algo. Así quedaron las cosas y ella se marchó. ¡Y yo tuve una desventura más!

Creo que no habían pasado ni dos días cuando recibí su llamada por teléfono, en la que me dijo -“mi amiga, voy a hacerte la visita si vas a estar en la casa”, le afirmé que sí. Al poco tiempo se apareció manejando ella, en un auto sin chapa de la embajada, que aparcó en la calle tranquilamente.

Exclamó que no quería perder la vajilla de ninguna manera y que me pedía perdón por no saber cómo eran las cosas en realidad en Cuba. Me preguntó si una visita semanal estaría bien o si debían espaciarse algo más. Pensé que estaría bien sobre todo si eran días distintos y por las tardes como una visita de amistad. Por tener que empaquetar las piezas con cuidado, entre papeles o periódicos y en cajas seguras, ella traería lo necesario en cada visita, vendría con un empleado de toda confianza de la embajada, para ayudar y  entraría en el garaje de la casa fuera de la vista de la calle. Le pedí que por favor se sentara al lado del chofer para que pareciera que era una pareja y no llamara la atención.

Quedamos en eso, volvería a casa en una semana y media más o menos.  Empecé a comprar el maldito periódico comunista para ir envolviendo poco a poco cada pieza y escondiéndolas pronto para que no se vieran que estaban envueltas si venía alguien del Comité de Defensa a nuestra casa.

Fue todo este proceso tan traumático para mí que no puedo recordar cuantas semanas nos llevó este trasiego. Estaba aterrada al pensar  que el empleado de la embajada no fuera de fiar y nos denunciara , de que el Comité de Defensa se apareciera de sorpresa cuando estábamos empacando las piezas al sospechar algo o que nos sorprendiera cuando el auto saliera de nuestro garaje con las piezas empacadas. ¡Dios mío, las pesadillas que tuve durante todo ese tiempo eran continuas! Pero gracias a Él no pasó ninguna de las cosas malas que pudieron haber pasado.

Tengo que agregar que la embajadora me quiso pagar antes de llevarse todas las piezas, pero yo no lo acepté de ninguna manera. La verdad fue, porque tenía miedo de que todo se descubriera y acabara mal, muy mal. Cuando ya todo estuvo en su posesión me dijo -“te voy a hacer un regalo por todo lo que has sufrido durante todo este tiempo”. No se lo iba a aceptar cuando me afirmó- “lleva una maleta no muy grande a la embajada con cosas que quieras sacar del país y con una dirección en donde entregarla no en nuestro país, sino en el hermano país mejicano”. Por poco me desmayo, ¡eso no lo podía rechazar! Me eché a llorar como una Magdalena, nos abrazamos, y ella agregó -“me llamas a mi teléfono particular, dices que me vas a visitar y te espero para que entres a nuestro territorio”.

Entonces le dije: -“ahora de amiga a amiga te diré que yo te voy a hacer un regalo también, que es el mantel que hace juego con la vajilla”. Ella se negó pues me acababa de decir que estaba pendiente ese pago, pero al yo insistir, finalmente aceptó y se marchó con él.

Un último detalle en el que no había caído hasta que escribí esta experiencia, ¡que nunca supe su nombre! Aunque muchas veces al correr del tiempo he orado por … ¡la embajadora que fue tan buena conmigo!

¡Otro milagro de Dios: había vendido la vajilla e iba a sacar una maleta con cosas que quería conservar!” Matilde L. Álvarez

En junio del 2012 Doña Matilde L. Álvarez publicó su primer libro titulado “Perfumes del Mar y mis Recuerdos”, en abril del 2013 “Encuéntrate conmigo en las Estrellas”, en septiembre del 2014 “El Cofre de mis Recuerdos” y en octubre de 2015 “Con mis blancas gaviotas”. Todos fueron presentados en la Casa Bacardí del Instituto de Estudios Cubanos y Cubano-Americanos (ICAAS) de la Universidad de Miami.

Un gran abrazo desde La Ciudad Luz,

Félix José Hernández.