La victoria inglesa y la ruina de América

Y los únicos argumentos de quienes estuvieron y están implicados en la permanente bancarrota, siguen centrándose en que España se llevó el oro de América, extremo que, caso de haber sido cierto, que no lo fue, no hubiese sido sino un reflejo de lo que, tras 1820, sí llevó a cabo la flota británica

 

Se había pasado de la pertenencia a un Imperio generador a la dependencia de un imperio depredador donde poco o nada importaban las personas sino como meros clientes de las mercaderías producidas, transportadas y distribuidas por los comerciantes británicos. Las prendas más tradicionales serían producidas en los telares británicos, que inundarían el mercado produciendo la ruina de los manufactureros locales.

La influencia de la nueva situación llegaba a todas las estructuras, y las dudas de cómo diseccionar el imperio para crear falsas fronteras y procurar que el comercio a través de las mismas estuviese controlado por mercaderes británicos posibilitaron que“las probabilidades de éxito para imponer un orden nacional, estuvieron condicionadas tanto por la “situación de mercado” regida por el grupo que controlaba las exportaciones – monopolio de los puertos, dominio del sector productivo fundamental, etc.-, como por la capacidad de algunos sectores de las clases dominantes de consolidar un sistema político de dominio.”

A pesar de ser la Ilustración motor principal de la situación, las ideas fiscales heredadas de Imperio Hispánico creaban conflictos con los amos recién instalados, lo que hacía necesaria una nueva concepción de la política fiscal, que permanecía lastrada con los usos anteriormente aplicados. Perú sería uno de los primeros lugares donde se plasmó una nueva legislación al respecto, donde según  Leslie Bethel, “Con la ley de 1833, el gobierno peruano empezó a adoptar una política aduanera más liberal; redujo el impuesto sobre los tejidos importados al 45 por 100. Esta tendencia hacia la liberalización continuó con la ley de 1836 y se mantuvo durante la existencia de la Confederación Peruano-Boliviana (1836-1839), que redujo el arancel sobre los tejidos importados a un simple 20 por 100.

Ello representó una victoria para los comerciantes ingleses que comerciaban con el Perú, cuya influencia se evidencia en el hecho de que la reglamentación de 1836 no hacía sino sancionar las propuestas formuladas por la comunidad mercantil británica…/… El proceso que aceleró la expansión comercial británica, vía la masiva importación de textiles, al mismo tiempo hizo que por un lado la renta de las aduanas fuera uno de los sustentos del gasto público, y por otro que completara la ruina de la producción nativa.”

La realidad se impuso y con ella el deterioro de la vida. “Si en tiempos coloniales el favor por excelencia que se buscaba era la posibilidad de comerciar con ultramar, ésta ya no plantea serios problemas en tiempos postrevolucionarios. En cambio, la miseria del Estado crea en todas partes una nube de prestamistas a corto término, los agiotistas execrados de México a Buenos Aires, pero en todas partes utilizados: aparte los subidos intereses, las garantías increíbles (en medio de la guerra civil un Gobierno de Montevideo cedía desde las rentas de aduana hasta la propiedad de las plazas públicas de su capital para ganar la supervivencia, y a la vez la interesada adhesión de esos financistas aldeanos a su causa política), era la voluntaria ceguera del Gobierno frente a las hazañas de esos reyes del mercado lo que esos préstamos garantizaban” , nos recuerda Tulio Halperin Donghi, La inmensa riqueza de América se volatilizaba…

Y las grandes expectativas que podían vislumbrarse años atrás, desaparecían como por actos de encantamiento. América había roto los lazos con España y los había estrechado con Europa, pero “la ligazón con Europa y los intereses económicos del naciente sistema capitalista internacional, condicionaron el desarrollo de los países latinoamericanos en los cincuenta años posteriores a la Independencia, configurándolos como meras economías agroexportadoras, proveedoras de materias primas para la creciente actividad industrial del Viejo Continente” . Nos recuerda el profesor Mario A Pozas.

Curiosamente, un territorio prometedor en todos los campos, exuberante en producción de todo tipo, había devenido en un conglomerado de aldeanos en disputa que se veían incapaces de sobrevivir dignamente. Los entes creados se endeudaban más y más, hasta el infinito. En Perú, señala  Leslie Bethel que “en 1858, bajo el gobierno de Echenique, la deuda reconocida llegó a 23.211.400 pesos (aproximadamente 5 millones de libras esterlinas).”

Inglaterra medía bien los pasos; no dudaban en facilitar el crédito que fuese necesario para que sus títeres consiguiesen sus objetivos, ya que ello redundaba directísimamente en su beneficio. Por ello, y tras entregar todos los fondos existentes en los Virreinatos, según Salomón Kalmanovitz, “los primeros gobiernos criollos consiguieron financiamiento inglés para la guerra de liberación [sic] pero no fueron capaces de pagar la deuda, de modo que se les cerró el crédito externo durante el resto del siglo XIX. En cada conflicto interno era frecuente que se recurriera a préstamos forzosos, y a veces voluntarios, o a las requisas de reses y cosechas para alimentar a la soldadesca a cambio de bonos o vales de deuda pública que eran descontados a favor de agiotistas y banqueros con la suficiente influencia política para hacerlos valer.”

Toda esta debacle tiene responsables directos; los primeros, aquellos que vendidos a intereses extranjeros presentaron la cuestión como un acto de liberación de España; los primeros también, aquellos que desde Madrid o desde Cádiz remaron en esa misma dirección, alguno de cuyos nombres será expuesto a lo largo del presente trabajo, y finalmente, en este caso comprendiendo su actuación, el imperio británico, que hizo los esfuerzos oportunos para combatir a su enemigo principal y obtuvo un éxito rotundo.

Nos sigue declarando Leslie Bethel que “entre otros que sirvieron los intereses comerciales británicos durante los primeros treinta años de la independencia encontramos a Thomas Manning, John Foster, Jonas Glenton y Walter Bridge en Nicaragua; William Barchard, Richard McNally, Frederick Lesperance, William Kilgour y Robert Parker, que operaron con menor éxito en El Salvador; y Peter y Samuel Shepherd en la Costa de los Mosquitos. Los hermanos Shepherd recibieron una donación de tierra del rey de los mísquitos como pago por unos cuantos cajones de whisky y rollos de calicó lustroso de algodón.

Las importaciones centroamericanas reflejaban sus estrechos lazos con el comercio británico. Ya en 1860 casi el 60 por 100 de las importaciones guatemaltecas llegaban vía la colonia de Belice, mientras que otro 20 por 100 llegaba directamente desde Gran Bretaña.”

Y es sólo un ejemplo, ya que “los británicos, con los recursos, capital, flota y contactos con Europa de que disponían, asumieron el papel mercantil”  que la inexistencia de ellos dejaba abierta de par en par, la puerta que permitía el acceso a quien tuviese la astucia y los medios para hacerlo.

Si eso sucedía en centro América, “la competencia de las importaciones británicas deprimió las industrias rurales y artesanales del interior en un momento en que la guerra y la secesión estaban eliminando los mercados establecidos en Chile y el Alto Perú. La coyuntura creada por la competencia británica, los estragos de la guerra y la decadencia del interior dejaron incapacitada a la economía tradicional de Buenos Aires para sustentar a la clase dominante.”

La dependencia de la Gran Bretaña, en todos los campos, pesaba (y sigue pesando) como una losa sobre la actividad económica, de forma que en el último cuarto de siglo XIX, Perú era un estado quebrado. “La situación existente en el mercado monetario de Londres hacía imposible que el gobierno peruano pudiera continuar la anterior política de empréstitos, circunstancia que se agravó aún más cuando en 1874 Dreyfus anunció que sólo atendería el pago de las obligaciones anteriores hasta fines de 1875. Los desesperados esfuerzos del gobierno peruano para encontrar un sustituto a Dreyfus a través de acuerdos comerciales firmados en 1876 con la Société Genérale de París y la Peruvian Guano fueron finalmente infructuosos. En 1876, una vez más, el Estado peruano hizo bancarrota financiera, encontrándose en la imposibilidad de suscribir nuevos empréstitos externos y de hacer frente al pago de los anteriores.”

Y los únicos argumentos de quienes estuvieron y están implicados en la permanente bancarrota, siguen centrándose en que España se llevó el oro de América, extremo que, caso de haber sido cierto, que no lo fue, no hubiese sido sino un reflejo de lo que, tras 1820, sí llevó a cabo la flota británica.

Hispanista revivido.