Cerraron las viejas estaciones de nuestros infantiles sueños imperiales.

Guadalmez, Chillón, Almadenejos, Madroñal, Caracollera (donde a los viajeros se les daba tiempo para beber agua en grandes chorros procedentes de la sierra), todas han cerrado total o parcialmente.

Conocí la estación de Almadenejos a los diez años, cuando mi madre obtuvo por concurso la plaza de matrona titular de Almadenejos. distaba kilómetro y medio del pueblo y once y medio, creo recordar, de Almadén (el kilómetro 13 de la carretera Almadén-Ciudad Real estaba en la puerta de Santiago Preciado, en la carretera-calle principal de Almadenejos).

Todos los días bajaba antes de las siete de la mañana a la estación para intentar coger uno de los camiones que transportaban el mercurio a la estación y llegar al colegio “Hijos de Obreros de Almadén”, que a las nueve horas y un minuto cerraba las puertas a cal y canto, porque el rezo y los cantos patrióticos en el extenso patio de recreo, antes de entrar en las clases, debían realizarse dentro del mayor silencio y orden en las largas formaciones de alumnos y alumnas debidamente separados. Cuando no había camiones, lloviera o chuceara, me hacía los trece kilómetros andando y trotando procurando no faltar a clase que era no solo deseada y agradable por la gran preparación y profesionalidad del profesorado y los enormes medios de que disponía (la Escuela poseía talleres de todas las especialidades en los que aprendíamos un oficio de cinco a seis de la tarde), sino por aquella beca, para poder estudiar después, que concedía la Mina y que por razones que no vienen a cuento no pude obtener.

Cuando en pleno invierno y sin luz llegaba al viejo puente de las Minetas ( donde los del Maquis echaron al compañero de mi novela “El Pozo de la Conciencia”) se veían como bocas de lobo las negras siluetas de las grandes pirámides de carbón vegetal que inundaban todos los espacios libres de la estación. Aquello era un bullir de materia y de vida en el que podías pasar un día entero disfrutando de experiencias nuevas e interesantes, mucho más enriquecedoras que las de esos nuevos parques artificiales que hoy se instalan en las grandes capitales para divertimiento de una sociedad cerrada y aburrida.

Por las noches, en las esperas interminables de aquellos trenes de madrugada, el factor de turno te invitaba a calentarte en la estufa oficial de la estación y allí conversabas con el Jefe de Estación y con él como si los conocieras de toda la vida.

Por allí pasaron todos los emigrantes que abandonaron nuestros pueblos de siglos, nuestros campos de sudor ancestral de jóvenes y viejos de hoz y vertedera. En aquellos andenes, hoy abandonados y despreciados, comenzaban los sueños que luego acababan en las fábricas de Cataluña o en las granjas de Suiza, Era tanto el deseo de salir de aquella miseria, que hombres y maletas entraban por las ventanas de los trenes, unas veces porque iban abarrotados y, otros, por ser los primeros en llegar al paraíso.

Hoy las viejas estaciones de nuestra infancia están cerradas porque el tren y el poblamiento ya no son razón social, sino, como todo, razón económica. ¡Torpe vida la que aleja al hombre de la naturaleza y le masifica en bloques de hormigón!

No deja de ser un genocidio social asilar a los territorios para que su población emigre adonde los servicios son más baratos y los negocios más caros.

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