Las dos Velázquez de Camajuaní, Cuba

Las dos Velázquez de Camajuaní, Cuba

París, 12 de marzo de 2016.

Mi querida Ofelia,

el aroma inconfundible del más puro café cubano nos deleitaba en el ático de un hotel de Saint Moritz en los Alpes suizos, cuando mi hermano y yo comenzamos a recordar con nostalgia en medio de un paisaje inmaculadamente blanco, los palmares, los cañaverales y los cultivos de tabaco que todo el planeta nos envidiaba y que nos rodeaban en el lejano Camajuaní donde dimos nuestros primeros pasos. Nuestra conversación llegó hasta las personas que nos acompañan con su dulce recuerdo. Le pedí a Juan Alberto que me enviara algunas de estas reflexiones, que no pueden ni pretenderán jamás ocultar la nostalgia que las invade, salpicadas del color, la alegría y el sabor camajuanenses, común denominador de todos quienes un día dejamos atrás nuestra tierra.

Querida Ofelia, desde Italia Juan Alberto me ha enviado estas líneas que hoy te envío pues sé que tú también sentiste un gran cariño por estas dos amigas entrañables:

“Podría comenzar indistintamente por una o por la otra; si las pongo en una balanza podría hasta iniciar por deshojar una flor para decidir por cuál de las dos empezar mi breve relato, pues fueron las dos caras de una moneda valiosísima que llevo, y en tantos llevamos, en el corazón. Los valores que ambas dieron a su paso por La Loma [1] no se compran, antes bien se heredan y forjan en la cotidianeidad, como fue en las familias donde crecieron. Su condición humana y su generosidad nos impregnaron a todos los que veníamos pisando sus talones en la vida que se abría paso ante nosotros. A pesar de tantos años y los miles de kilómetros que me separan de ambas, la vida no ha logrado arrancar de mi memoria todo lo que me dieron de sí mismas en aquellos meses de sol incansable, Clara y Monga, en nuestra querida colina, a la luz perdida de un poste de la luz pública o bajo los inigualables aguaceros cubanos desbordando las cunetas camajuanenses.

No sé si llamarla Clara, como siempre me dirigí a ella, o bien decir Cutis, como muchos la conocían, o simplemente evocarla como quien fue, Clara María Velázquez, aquella amiga a prueba de tantos años, quien desde Leoncio Vidal 94 nos envolvió con su encanto en una exquisita atmósfera de espiritualidad magnética para nosotros en aquella adolescencia. En mi mente es aquella mujer siempre joven, que nunca ocultó las canas que ya se asomaban en su melena al estilo Georgia Gálvez, de raíces profundamente camajuanenses – de quien también se nos perdieron los pasos en el exilio – rodeada por todos nosotros, Carli Catoira, Toni Cabrera, Yoly Martínez, y por mí, al colmar su gran portal, como siempre lo hemos llamado en Cuba; con las piernas cruzadas, sentados sobre el cemento, con los ojos abiertos de par en par, recostados sobre el borde de aquel “salón” hacia la acera, o sobre el muro de bloques de cemento del colindante de Cuca y Piloto, sus eternos vecinos, mientras otros nos acomodábamos como podíamos, casi los unos sobre los otros, en el banquito que una vez fuera verde vivaz y que luego perdiera todo su brillo como Clara misma, como su madre Amparo y el mítico periquito verde que inútilmente trataba de dar vida y color a ese banco donde siempre estaba con ellas, como celoso guardián ante la algarabía juvenil que invadía su territorio.

LAS CLAVELLINAS DE CLARA

a Clara María Velázquez
Ischia, 14 de septiembre de 2008

Ni mármoles ni calizas,
vienen de los ríos de mi tierra
y cubren aceras y cunetas en mi pueblo lejano,
donde hierbas, musgos y algas se discuten un espacio.

La lluvia de agosto cae intensa y cerrada,
el cielo se pierde detrás de las nubes
y yo miro apenas por la ventana
el llanto incesante de las tejas al viento.

Corre el agua loma abajo y salta sobre las piedras,
tan blancas como la cal, escondiéndolas por toda una hora.
Un suave olor fresco se alza al vuelo en el viento del verano
anunciando el suspiro de la tierra sedienta y agradecida.

Allá abajo,
en la línea del tren
volverán siempre a florecer
a raudales las clavellinas de Clara
mientras un coro de grillos proclama el final del atardecer.

Fue Ángel Velázquez el padre de Clara, fiel en sus pasos junto a Su Amparo, como su nombre lo dice. Ángel se marchó a la casa del Señor a inicios de la década del sesenta, no sin antes haber transmitido a su hija su amor por la vida, sumado a la cubanía que guiaba los pasos de su hija. El portal de aquella casa carecía de muros para contener a todos quienes nos acercábamos a nuestra amiga, violando su elemental derecho al reposo durante el bochorno del mediodía en el valle de Camajuaní, siempre que una vez que almorzaban, fuera lo que fuera lo que encontraran en sus platos, cuando Amparo se asomaba a la puerta entreabierta por el gancho que la fijaba y decía a su hija que la mesa ya estaba servida.

Aquella llamada se repetía discretamente, con un encanto muy especial, cada mediodía y cada atardecer, interrumpiendo dulcemente nuestras tertulias sin fin, improvisadas en aquel portal, donde nuestros pasos se perdían sobre el cemento, como la gran mayoría de los portales en Camajuaní, sin mayólicas sevillanas – casi exclusivas de Trinidad –, sin baldosas elaboradas, sino simplemente sobre el humilde cemento fundido sobre la tierra de la colina. Eran pisos cubanos fundidos listos a soportar huracanes, aguaceros y los baldes de las típicas limpiezas de nuestras amas de casa, o como un rompecabezas de lajas blancas, prolongando aún más las aceras de piedras del río Sagua. En una ocasión soñé que aquel torrente maravilloso que corta graciosamente la carretera que conduce a Camajuaní, poco después de la entonces finca de los Riestra, en otra dimensión universal donde los ríos, bosques y mares tenían voz propia, había sido premiado por su belleza y su bondad al habernos regalado tantísimas piedras blancas para nuestras aceras.

CUNETAS VERDES
Al Mediodía de Camajuaní

Apenas dos palmas de mis manos
me separan de tu paso constante.
Ni olores, ni impurezas, ni desganos,
sino transparencias deslumbrantes
que limpian dibujando mi pueblo de cal.
Verdes las largas algas, los musgos y la vida
que danza en junto al suspiro de mis peces,
cual esperanza al final de la mañana.
Verdes y anónimas también las lomas lejanas
vibrando bajo el sol del bochorno inevitable,
como la sabia esperanza de la madre incansable
ante cazuelas de harina, boniato y sofritos improvisados.

Clara fue amor espontáneo para toda La Loma, fue la chica que conoció la poesía de Gertrudis Gómez de Avellaneda y Sor Juana Inés de la Cruz, leyó a Miguel de Cervantes y amó la lírica mística de Santa Teresa de Ávila y San Juan de la Cruz. Fue la mujer que nos condujo de la mano hojeando incansablemente al ritmo de una voz dulce y profunda sus poemarios de Machado, Lorca y Hernández. ¿Quién habría podido sospechar que aquel tesoro de ideas se escondía en esa mujer discreta, sentada en su comadrita o en el eterno banco verde, envuelta en el humo de sus constantes cigarrillos Populares, en otros tiempos Regalías El Cuño, con o sin filtro, apurando una tacita de café, o de borra, lo que encontrara. Una amiga franca y sincera, siempre dispuesta a escuchar a quien quiera se sentara en el portal de las tertulias. Un buen día descubrí que Clara, cosa que ya yo sospechaba, también incursionaba en la creación literaria. Humildemente, con la modestia que la caracterizaba y que en mi inmadurez adolescente nunca supe valorar en toda su dimensión, un atardecer del lejano verano de 1966 me mostró sus “papeles”, como los llamaba, donde recopilaba tantos y tantos poemas apresurados, algunos a lápiz, otros en tinta – ¡Clara sabía escribir hasta con la pluma y el tintero!, escritos en las hojas que lograba llevarse de la Casa de Socorros Toribio Castellón, ya convertida en Policlínico, donde trabajaba frente al Chalet de Piedra, conocido también como el Chalet de la Tota – quien también un día tomó rumbo hacia la Florida.

No me atreví – y hoy me arrepiento – a pedir a Clara que me permitiera copiar sus poemas, cuando después de leérmelos me confesó que ya pronto no nos veríamos en los veranos de su portal pues estaba esperando la salida definitiva del país hacia los Estados Unidos. Un dolor muy grande sentí cuando mi prima Aurelita me confirmó que sí, que era cierto, y que se esperaba que de un momento a otro se marcharían. Todo no fue tan veloz como ella misma pensó, para alegría mía y de todos los que disfrutábamos de tan especial amistad. Los años habían volado y nos encaminábamos hacia la temprana juventud. Entre ellos mi gran amigo y hermano el Carlos Alberto Catoira Martínez, Carli, así como nuestra gran amiga Mirta Yolanda Martínez Vázquez, Yoly, y por supuesto, Toni Cabrera, nuestro insustituible compañero de travesuras, hoy heredero de toda la tradición que cultivó su padre, el Gran Antonio Cabrera, legendario e irrepetible Chivo Mayor de toda La Loma.

Si no lo hubiera vivido personalmente nunca habría podido imaginar que en nuestro pueblo natal, entre escogidas, despalillos y zapaterías, con un aire de olor a “melao” del Central Fe [2], salpicado del hollín que salía a borbotones por su chimenea a unos cinco escasos kilómetros de distancia detrás de la loma de la Blanquita rumbo a Placetas, una mujer joven y autodidacta conocía y adoraba la obra del maestro de las letras alemanas Johann Wolfgang von Goethe. Quién sabe si hasta un cierto punto fue ella quien sembró en mí las primeras inquietudes hacia aquella cultura. Clara fue la primera persona en mi vida que me habló del Dr. Fausto y de las Cuitas del Joven Wherter. Era una experiencia maravillosa el poder escuchar una persona que por su amor a la cultura y a la vida había logrado llegar por su esfuerzo propio hasta la leyenda del Oro de los Nibelungos. En la ciudad de La Habana nunca encontré, a igualdad de condiciones y oportunidades, nadie ni remotamente semejante. No escatimó ocasión para alegrarnos a todos con sus fantasías y un día nos prometió que esa noche celebraría en su casa, especialmente para nosotros, nada más y nada menos que un “Conjuro a Mefistófeles”. Clara se disfrazó con una capa de agua de plástico color gris, se envolvió la cabeza con una toalla en combinación perfecta cual turbante apenas llegado “del más allá”, y nos recibió a Carli, a Yoly, a Toni y a mí, en la sala de su casa. Amparo no podía disimular una carcajada contenida, precisamente porque sabía lo que estaba por suceder. Clara nos condujo solemnemente en medio de una fabulosa atmósfera mística hacia la cocina-comedor, donde en penumbras habían cubierto la mesa con un mantel hasta el piso. Sobre aquella mesa habían colocado un globo de vidrio, muy de moda en Cuba en los años cincuenta, que volteado, hacía las veces de “bola mágica”. El punto culminante llegó con las notas de su cajita de música, embrujando más aún aquel ambiente ya desesperante para los que allí nos reuníamos. De pronto se encendió una luz que invadía la “bola mágica”, alternando aquello con bocanadas de humo. No era otra cosa que Monga, nuestra extraordinaria amiga, que se había prestado para esconderse debajo de la mesa con una linterna de baterías, y al fumar inyectaba el humo a la bola y con ella a nuestra imaginación aterrorizada. De pronto, un gato en el patio hizo un ruido detrás de la ventana y todos, empezando por Carli y terminando por mí, salimos despavoridos y horrorizados de la casa hasta llegar al portal para morirnos de la risa cuando luego salieron las dos. Esa es una de las páginas más hermosas que guardo de LAS DOS VELÁZQUEZ juntas para regalar a los jóvenes de La Loma una noche de fantasía inolvidable.

Clara me escribió cartas bellísimas a mis escuelas al campo [3], que me animaban en la lejanía de la familia durante inviernos interminables. El 2 de septiembre de 1967 ya me iba de Camajuaní, siempre tristísimo, al terminar el verano para regresar a La Habana. Me abrazó fuertemente y me regaló un libro que guardo celosamente, pues es lo que de ella me queda. Se trata de un viejo ejemplar de la Historia de la Vida del Buscón llamado Don Pablos, de Don Francisco Quevedo Villegas, editado en Madrid en 1915, con una dedicatoria llena de cariño donde concluye “Aunque algún día esté lejos no me olvides”. Años más tarde, su espíritu y su recuerdo no dejaron de acompañarme durante mi paso por la Universidad de La Habana, y me pregunté si la visión de aquella mujer habría logrado imaginar que algún día me dedicaría a las letras, quién sabe si estimulado por lo que esa entrañable amistad había logrado sembrar en mí. Al despedirnos me negué a pensar que fuera ésta la última vez en que la vería. En esos años, al irse de Cuba la persona que subía al avión desaparecía para siempre, definitivamente, como por arte de magia para quienes quedaban atrás en Cuba. El espectáculo desgarrador de las despedidas en los aeropuertos cubanos era comparable al de un funeral en vida. Es un dolor que arrastramos todos, de quien sobrevivió esas décadas. Sólo queda el amargo recuerdo de todo lo que se nos fue entre las manos en los más bellos años de nuestras vidas, cuando cada momento es único e irrepetible, como el ser humano mismo.

Los meses pasaron y ya de regreso en La Habana supe por mi prima Aurelita que Clara se había marchado con Amparo por el “puente aéreo” desde Varadero hacia Miami, y nunca más supimos de ella. Su recuerdo, como todo lo que desaparece sin más ni más, se convirtió en un mito irrepetible para todos y así la recuerdo, en la incertidumbre de si todavía vivía, de cómo estaría, de qué habría sido de la amiga que había entrado en nuestras vidas jóvenes para quedarse entre nosotros, de si trabajaba en una factoría de Hialeah, de si tenía la pensión de la seguridad social de la Florida, de si sufría la soledad, de si había encontrado otras amistades que hubieran logrado reproducir la relación que tuvo con tantos jóvenes en su portal de Camajuaní. En vano tratamos de encontrar su rastro. Hoy vivo convencido de que desde allá donde hoy su alma descansa, sigue los pasos de todos los que tuvimos el privilegio de conocerla en este mundo. Clara terminó sus días como una infinidad de cubanos, del lado de allá del Estrecho de la Florida, en un cielo dividido por tantos, tantísimos motivos kafkianos e innombrables de intolerancia fraticida.

Si bien Clara fue pura espiritualidad galáctica, Ramona fue desde su niñez lo que hoy podríamos llamar “un espíritu libre e indoblegable”. Esa Fue Ramona Velázquez, a quien siempre llamamos Monga. La hija de Toña y Ramón Velázquez, hermana de Daysi Velázquez, quien desde Leoncio Vidal 90, en su humilde casita un poco más alta de la de Clara, distinguía los movimientos de toda “La Loma”. Un amplio escalón servía para alcanzar el portal con su banquito y la ventana protegida por una reja de maderas de poco menos de dos metros de altura. En aquel escalón, por muchos años, se sentaba el chino Manuel, quien apoyaba sus dos enormes cestas de yaguas entretejidas en el piso que dividía la casa de Monga de la de sus vecinos Cuca y Piloto, recostando cuidadosamente el palo sobre las tablas ya descoloridas por el paso de los huracanes. Manuel llevaba y vendía de todo lo habido y por haber en sus cestas. Era un espejismo asiático en medio de la colina cubana, la viva imagen de la libre circulación de los hombres en esta tierra compartida. Llegó a Cuba para quedarse como tantos cubanos se iban para siempre, en un torrente humano que trascendía las ideologías. Parte inseparable del banquito en el portal era Toña, cuando no estaba sentada en la salita, siempre con su pierna cruzada, recostada a un brazo del sillón, con una sonrisa que era amor puro de absoluta Alma Mater, y un cigarrillo que sólo se apagaba cuando encendía otro. Ramón Velázquez, Mongo, torcía sus puros cuando no mascaba la hoja, tradición muy villareña, con tabaco de tripa que él mismo se procuraba en las escogidas de nuestro pueblo, y allí, balanceándose suavemente, con la paciencia de la sabiduría de los años vividos, fumaba uno tras otro, los puros que él mismo torcía sobre la mesa del comedor que conducía hasta la cocinita del fondo. Deysi fue desde muy joven ejemplo de laboriosidad incansable. Cierro los ojos y la veo sentada los domingos en el portal, con su mesita de manicure, rodeada de las chicas de La Loma: Carmita, Yayo, Mary, Clara, Cuca, Aurelita, Panchita, Fefa, Milo, Hito, Pichín, Rina, Luisa, en fin toda el alma joven que colmó de alegría La Loma, esperando su turno para embellecer sus manos. Se casó con Rolando Vázquez, Vitea, y de esta feliz unión nacieron Odalys y Rolando, dos primores de niños. Ya desde que la vio nacer, mi prima Aurelita sintió un cariño muy especial por aquella bellísima criatura que fue Odalys, y así se convirtió en su madrina. Los ojos de Rolandito fueron a parar a los de nuestra querida Zenaida Blanco, que tejía incansablemente kilómetros de estambre mientras jugaba y conversaba con aquella criatura que la adoraba – no creo que haya existido jamás alguien capaz de trabajar las dos agujas a tal velocidad y con tanta maestría -. Todos sabíamos que se marchaban también del país para siempre, y nos preguntábamos qué sucedería cuando Rolandito y Zenaida se separaran para siempre. Al final de sus días, Zenaida se despidió del mundo en su Palacio del Comején, como ella cariñosamente llamó a su casa en la calle General Naya.

Como cada año la llegaba de septiembre y la vuelta a las aulas en La Habana me separaba una vez más de nuestro pueblo y de tanta gente sin saber las volvería a ver ni cómo ni dónde. Una noche estábamos sentados en el portal de mi abuela Aurelia, en Leoncio Vidal 98, y vi bajar a Cozón con Yayo, eran casi las diez de la noche y ya el tren de Sagua había pasado hacia Caibarién. Yayo entró a despedirse de mi abuela Aurelia pues se iba ya para siempre. Nunca supe exactamente cuándo se fueron Deysi, Vitea y sus niños. Un día de junio al regresar a mi “aldea”, encontré la casa de Monga más vacía. Allí estaba mi amiga con Toña, balancéandose junto a su cigarrillo, contándome que los demás se habían ido. Un suspiro profundo sacudió el rostro de Toña cuajado de arrugas, se puso de pie y me trajo, como siempre, una tacita de café de bienvenida, del que le habían traído de Remedios. ¿Cómo olvidar la amabilidad de estos gestos en medio de la humildad y la decencia más profundas?

Los ojitos de Toña recuperaban su brillo de antaño al verme regresar cada mes de junio apenas cerraban las aulas en La Habana. Y entonces comenzaba Monga a interrogarme, literalmente, sobre “qué estaba haciendo” y “qué estaba estudiando”. Monga disfrutaba en carne propia todo lo que le contaba. Su interés por saberlo todo iba creciendo día a día. Recuerdo una noche a Esther Policart, en presencia de su madre y su hermano Jaime, explicando unos versículos del Apocalipsis de San Juan a mi prima Aurelita y a ella en su casa situada entre el Cine Teatro Muñiz y el Super Bar – un verdadero oasis de helados hechos con frutas frescas. ¡Qué curioso, las tres estaban vestidas de verde, sobre todo Esther, que lucía aquel color en todo su vestido, en cambio, Aurelita y Monga vestían dos faldas verdes con sus blusas blancas! No sé si fue coincidencia o la mano de Dios diciéndoles que a pesar de todo lo que sucediera, siempre había que tener esperanza! Años más tarde me llegó la noticia de que los Policart habían logrado salir de Cuba con rumbo a Panamá.

Monga adoraba el cine, prácticamente no había película, ya fuera de Hollywood o de la nueva presencia de Sovexportfilm en las pantallas cubanas que no hubiera visto en los cines Muñiz y Rotella, no había matinée dominical en que no estuviera. Delia y Sofía, las Parras, allá en el cine Rotella junto a la excavación, sabían perfectamente que Monga no podía vivir sin el cine, y ya Aurelita, ella y yo entrábamos noche por noche gratis, sentándonos en las últimas filas a la izquierda, apenas se entraba en la sala.

Fue un alma libre que no soportaba imposiciones de ningún tipo. Su entusiasmo innato y contagioso no conocía ni cuerdas, ni alambres de púas ni fronteras imaginarias por insalvables que parecieran; nació libre y luchó a capa y espada por vivir a su manera. Un día le traduje la letra de la bellísima canción My Way [4] y me dijo: ¡Esa soy yo! No había carnaval de agosto en que no bajara con nosotros disfrazada como “mascarita” desde la glorieta del parque hasta el final de la “trocha” llegando a la línea del tren en el barrio de San José, casi hasta Tercera del Oeste. En “algo” lográbamos llegar a Patio Club, o con los zapatos en la mano para salvar el fango del tramo final del camino hasta Piscina Club. Con ella fuimos a las parrandas de todos los pueblos cercanos de la comarca, encontráramos lo que encontráramos para ir, pues lo importante era eso: ir, ver las fiestas de Remedios, de Vueltas y de Caibarién. Fue cómplice de nuestras aventuras, la inseparable, la incansable, la que corrió con nosotros “pidiendo botella” tras los camiones de “Recursos Hidráulicos” para lograr llegar hasta la playa de Caibarién. Fue con quien tomábamos por asalto los trenes “lecheros” de Sagua a Caibarién, siempre buscando el mar, los espacios libres, y si no lo lográbamos entonces nos bastaba el agua cristalina del río Camajuaní al cual bajábamos por el “palmar de la coja”, o en la famosa Poza del Níspero, más allá de la casa de Milagros. Sólo el Gran Antonio Cabrera, con una vida consagrada a la tradición parrandera, podía comprender su pasión por “nuestras carrozas”. La casa de los trabajos de Los Chivos situada en la antigua escogida, jamás habría subsistido sin Monga y su carisma durante los durísimos años del llamado Período Especial en Tiempos de Paz de los años 90. Era ella la que no tenía hora para terminar de trabajar, de pintar, de inventar con nada de nada, de recortar y montar bambalinas.

Un día de la década del sesenta supe que la intolerancia en que vivíamos había sido implacable con ella. No había espacio para alguien que no se comportara a tono con los “cánones establecidos” y terminaron por enviarla a una granja de Corralillo para su “rehabilitación”. Por suerte aquello duró poco tiempo y al regresar en el verano la volví a encontrar en su casa, impaciente porque le contara todo lo que podía sobre la vida en La Habana – que para ella era el universo imaginable – y lo que yo hacía en la escuela. Llegó hasta mí la feliz noticia de que la Gracia de Dios la había premiado con el mayor de los regalos: nuestra amiga sería madre, y así fue. Cuando llegué a Camajuaní me apresuré a ir a conocer a Silvia, su más preciado tesoro. Había acabado de bañarla en su habitación. Me dijo textualmente: “¡Mira Juan, mira qué linda es mi niña!”. Recuerdo su ternura maternal al presentármela sobre su cama. En 1978 estuve por primera vez en Alemania y me vi en el museo Zwinger de Dresde ante la obra maestra de Rafael: la Madonna Sixtina, creada por el Maestro entre 1514 y 1515. Silvia era el tercer ángel que faltaba en aquella maravilla del arte universal.

Llegó 1980 y con él también un acontecimiento que sacudió la historia de Cuba en la segunda mitad del siglo XX: el éxodo masivo del puerto del Mariel. Miles y miles de personas salieron de Cuba hacia los Estados Unidos, y entre ellas, también se fue Silvia.

Monga y Toña se presentaron ante mí, nuevamente, sentadas en sus sillones entre un cigarrillo y otro, con una lágrima que no dejaba de cubrir sus rostros. Permanecí en silencio, sin preguntar nada. Monga me confesó que no quería para su niña “ni lo que ya había vivido, ni lo que había dejado de vivir”. Sus palabras eran y son la divisa de miles de personas desaparecidas o por desaparecer en el mar por más de medio siglo en el Estrecho de la Florida en cuanta cosa pueda flotar: el deseo de descubrir lo que no hemos podido ver con nuestros ojos, pensar con nuestros cerebros, oír con nuestros oídos y tocar con nuestras manos.

Llegaron los años del tercer milenio y con ellos el pasaje de nuestra amiga hacia la Casa del Señor. Nadie merece tanto dolor y mucho menos ella. Carli Catoira logró visitarla dos días antes de que sus días terminaran en La Loma. Antes de despedirse, le susurró al oído que siempre la habíamos querido mucho. Con ella se fue un ángel de la alegría. Un sueño me sigue en Europa: volver a vivir en La Loma los tiempos que dejamos atrás, aunque sé que las segundas versiones nunca fueron buenas y que es mejor guardar el recuerdo de como fue antes que defraudar el corazón y sus esperanzas.

LO INDESCIFRABLE
Ischia, 2009

La vida es un devenir
indescifrable, incognoscible;
el tiempo, innombrable,
se lleva en su fugacidad
el espejismo de la vida
que en vano tratamos de atrapar.

Y al final aquí estamos, eso pensamos,
como allá estuvimos creyendo ser partícipes
de la gran imagen virtual, fugaz, total y mordaz,
que arrastra, implica, envuelve y compromete,
con su fuerza de huracán insaciable.
Todo lo pide a cambio en su voracidad inusitada,
pues todo se va en el tránsito de una existencia arrolladora.”

Querida Ofelia, así termina el homenaje de Juan Alberto a dos personas inolvidables que formaron parte de nuestras vidas en el terruño camajuanense. Te ruego que lo hagas a llegar a nuestros amigos y familiares de Camajuani que las conocieron.

Un gran abrazo desde La Ciudad Luz,

Félix José Hernández.

Foto 1: Año 1963 en La Loma – de izquierda a derecha: Juan Alberto, Ramón, Yoly y Carli. Foto 2 : Camajuaní, Juan Alberto y Silvia

[1] Barrio del pueblo de Camajuaní en la provincia de Villa Clara, Cuba
[2] Rebautizado “José María Pérez” en los años sesenta en Cuba
[3] Período de 4 a 6 semanas en que todos los años las escuelas cubanas cierran para trasladarse a los campos a trabajar en la agricultura.
[4] My Way, una de las canciones más famosas de todos los tiempos, escrita y cantada en francés por Claude François, traducida al inglés por Paul Anka y popularizada en el mundo por Frank Sinatra.

Hispanista revivido.