La Habana, 1975. Maydee González Gavilán.
La Habana, 1975. Maydee González Gavilán.

París, 18 de marzo de 2016.

Querida Ofelia:

Bella, simpática, generosa, luminosa, cubana al 100%, militante por la defensa de los Derechos Humanos , buena madre, excelente amiga, esa es Maydee. Todos la apreciamos y la queremos. En estos años de exilio ha sabido ganarse el corazón de todos los que la han conocido. Te envío sus Memorias, pero si deseas saber más sobre ella puedes conectarte a estas direcciones de la internet:

– “Decidí realmente irme de Cuba en mayo del 1986, después del Día de las Madres.
Desde que tengo uso de razón que comencé a entender cosas… percibí que algo raro pasaba… Nací en el 1959, soy una hija de la Revolución, viví desde pequeña los cambios que se producían en aquella época, las ilusiones y desilusiones de la gente, y claro la de mi familia en particular.

Vengo de una familia de clase media, pequeño burguesa, pero eso era una deshonra, según el Comandante en Jefe. Mis padres eran artistas plásticos. Mi madre Margie Gavilán Monzón, era pintora y caricaturista, mientras que mi padre Jesús González de Armas, era pintor, caricaturista, grafista y realizador de dibujos animados. Ella tuvo los medios, para estudiar en la Academia de Bellas Artes San Alejandro, pero él aunque de procedencia más humilde, también pudo lograrlo y con gran interés pudo viajar fuera de Cuba para informarse y evolucionar en su carrera artística. Los dos hicieron exposiciones y un libro de caricaturas titulado Dibújese una sonrisa. Después del triunfo de la Revolución, fue fundador del departamento de dibujos animados del ICAIC (Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográfica). Fue premiado y tuvo éxito como artista, pero no lo suficiente por no estar integrado al proceso revolucionario, al no ser militante del único partido, el PCC, (Partido Comunista de Cuba). No es suficiente el talento, ni el trabajo que puedas hacer, En Cuba estás condenado a estar de acuerdo con el sistema, participar en las actividades revolucionarias y esto comprende para un artista el militar en sus filas.

Mi abuelo, que era masón por tradición familiar, de padres a hijos (la Logia Masónica, era una institución considerada marginal por el régimen), fue muy entregado a ella. Fue buen padre de familia, secretario, tesorero, un hombre honrado y trabajador, que construyó tanto su casa, como su logia. La misma lleva hoy el nombre de mi bisabuelo Adolfo E. Gavilán, en Cojímar, lugar donde se establecieron. A él no le gustó el cambio de los barbudos y se quiso ir del país desde el principio, a Costa Rica o a los Estados Unidos, pero no quería perder lo que con tanto trabajo había logrado. Sabía y había comprendido lo que iba a pasar, pues tenía como decimos allí la vista larga. Como no quería separarse de la familia, es decir de mi madre, su única hija y de sus nietos, ya que ella no quería en aquel momento partir (lo cual lamentó hasta el final de sus días), nunca lo hizo.

Mi madre en aquella época estaba envuelta en esa atmósfera enajenante del cambio del gobierno, al irse Batista y llegar Fidel con su barba y sus enérgicas ideas de cambios sociales buenos para el pueblo. Ella estaba emocionada, motivada, al ser fundadora de los CDR (Comités de Defensa de la Revolución), de la FMC, (Federación de Mujeres Cubanas), hacer guardias con arma y uniforme de miliciana, era una madre joven, una mujer inteligente, preparada y liberada que conducía su automóvil para ir a alfabetizar al campo y en la ciudad, participaba en todas aquellas actividades que eran tan nuevas y esperanzadoras. Ella estaba contagiada por el ambiente de aquella época, de emancipación social, búsqueda de nuevos valores, cambios, construcción y optimismo popular.

En aquel momento mí madre y mi abuelo estaban en contradicción, por la cual, él aceptó quedarse en Cuba contra su voluntad. Como ella no quiso partir, todos nos quedamos allá. Se lo reproché siempre, pero ya era demasiado tarde, él se quedó y siempre fue infeliz y se sentía frustrado a causa de esa mala decisión que lo hizo vivir en un país donde lo perdió todo. Nunca se integró a ninguna organización revolucionaria, trabajó hasta que tuvo su retiro y en Cojimar hacía sus compras en la bodega (tienda de ultramarinos) todos los días, iba con su jabita (bolsita) a ver qué podía comprar para comer, seguía sus reuniones en la Logia Masónica; lo que le permitía sobrevivir, estoicamente sin quejarse. Recuerdo que una vez llegó con un chiste, nos dijo : ‘el Comandante en Jefe dijo en el Granma, que las gallinas de Ciego de Ávila se han comprometido a poner más huevos con la misma cantidad de pienso.’ Los cubanos nos reímos en nuestras desgracias, esa es una cualidad que tenemos.
Recuerdo cuando muy contenta me hice pionera, hicimos una fogata en un campamento, para la iniciación. Estaba muy orgullosa de ser como el Ché. En esa organización hacíamos actividades, íbamos a recoger bolsitas de café, hacíamos trabajos voluntarios en una fábrica de zapatos plásticos, todo eso me divertía mucho. Me alegraba la sensación de ser útil y colaborar con un sistema que era bueno para todos, lo veía así, nos adoctrinaban, nos lavaban el cerebro y además no conocíamos otra cosa, no teníamos ninguna información de lo que pasaba en otros países. Recuerdo que mi abuelo se reía de mí, pues yo defendía aquello con fervor, con la inocencia y la pureza infantil.

Así nos pasó a tantos niños, tantos jóvenes y a tanta gente, que como yo fuimos engañados, a todo un pueblo que creyó en ese proceso, tanta gente que trabajó, dio sus horas, esfuerzos, sentimientos, años de juventud para esa mentira, y luego tener que irse y renunciar a poder vivir en el país donde nacimos.

De todas formas considero que tuve una infancia feliz. Con mis cuatro hermanos la pasábamos muy bien, a pesar de toda la penuria material. Los apagones nos rompieron el refrigerador y no pudimos comprar otro, pues ya no había en las tiendas. Teníamos que llevar la carne que era bien poca a casa de mis abuelos, ya que todavía conservaban su Westinghouse, que por suerte duró más que el nuestro. Tuvimos que mudarnos cerca de ellos desde El Vedado, lugar donde nacimos y vivíamos. Luego permutamos para el reparto Chivás y finalmente para Cojimar, con una cuádruple permuta. En las guaguas (autobuses) el ambiente era infernal. Recuerdo que mi madre tuvo que dejar su trabajo porque jamás pudo tener derecho al semi internado para nosotros y al no poder almorzar en la escuela, teníamos que ir a casa al mediodía y, esto era un chiste, pues no había mucho a echarle el diente. Tengo un recuerdo horrible de mi hermana menor y yo fajadas por unos pedazos de tomates de una ensalada. Por suerte teníamos patio, con matas de aguacates, ciruelas, anones, guayabas, gracias a eso y a lo que comprábamos por la libreta de racionamiento, pudimos alimentarnos, claro con todas las carencias de calcio, de proteínas y de vitaminas que necesitábamos. Es triste que se pueda decir que aquello fue una infancia feliz, al estilo de ‘el hombre nuevo, con el que soñó el Ché’.

Mis padres se divorciaron como tantos otros de aquella época, pues la familia (como decía el Comandante), era un ‘rezago pequeño burgués’ Mi padrastro se iba a cortar caña, hizo varías zafras y mi madre se quedaba con nosotros. Recuerdo que los hombres estaban muy contentos al hacerlo, era una fiebre colectiva. Cuando cortaron la caña quemada, otro invento del Comandante para el rendimiento del azúcar, era insoportable la peste que tenía esa ropa que traían los macheteros.

Nos quitaron las Navidades pues los hombres no podían hacer una pausa para ver a sus familias, tenían que terminar la zafra sin parar y no podían festejar las Navidades con sus hijos y familiares hasta que no terminaran. Entonces cambiaron las fechas de las fiestas, el Día de Reyes para el 26 de Julio, fiesta nacional, conmemoración al ataque de los Castro al Cuartel Moncada. La gente creía en aquello, en lo que hacían, aunque para eso tuvieran que sacrificar valores como la familia y las tradiciones, no importaba nada, lo más importante era la Revolución de ¡Patria o Muerte! ¡Venceremos!

Hubo un año en que para comprar los juguetes había que llamar por teléfono para coger un turno en una tienda. Te podía tocar cualquier día y en cualquier parte de tu municipio. Eso era absurdo, nosotros que no teníamos teléfono, teníamos que ir a casa de una tía a llamar y mi madre casi pierde el dedo al discar durante horas llamando a las tiendas, finalmente nos tocó para el cuarto día en el reparto Aldabó, muy lejos de donde vivíamos. No quedaba casi nada, los que ‘se salvaban’ eran los que cogían para el primer día, que podían comprar la famosa bicicleta. Nos tocaba un juguete básico y dos adicionales, recuerdo los juegos de yaquis, pues esos eran los que más quedaban para los últimos días. Esa fue la infancia que me dio el Coma-Andante.

En mi primera Escuela al Campo, cuando ya estaba en la Secundaria Básica, ‘sentí gran alegría’ al levantarme a las cinco de la mañana, tomar el desayuno, que era una especie de agua sucia, ir a las letrinas, un hueco en la tierra con una cortina de saco de yuta, al esperar el camión o el tractor para ir a los campos, cantando canciones y entonando guaguancós, ‘una vieja y un viejito montando cachumbambé, la viejita le decía mira lo que se te ve.’ Los trabajos eran desyerbar, recoger toronjas, café, rábanos, papas, tomates, piñas, coser tabaco. Aprendí mucho, pero sobre todo comencé a pensar que si en mi país había de todo… ¿por qué no podíamos tenerlo nosotros? ¿Por qué en la bodega no lo podíamos comprar? Con esa tierra tan fértil y ese clima tan benévolo para la agricultura.

Me tiraba sobre la tierra colorá a mirar el cielo y recibía una sensación de paz íntegra, sintiendo el calorcito del sol, esto era cuando ya habíamos terminado la jornada de trabajo intenso y antes de regresar al campamento a hacer la cola para bañarnos. Eran unas duchas bien rústicas, con unas cortinas que tenías que inventar para que no te rescabucharan y, con agua fría por supuesto para quitarnos el fango del cuerpo y después ponernos la ropa que nos habían dado para aquello: un par de tenis (zapatillas deportivas), un pantalón y una camisa, sin ropa interior: una sola muda para 45 días. Luego por supuesto la pasábamos bien, éramos jóvenes, nos reuníamos por la noche ya sea en el comedor a jugar cartas o a otra cosa, o en el campamento a hablar y claro con las hormonas a esa edad en plena actividad, estábamos buscando novios o novias, con toda esa promiscuidad había siempre parejas que se formaban en esas famosas Escuelas al Campo. Algo que recuerdo con alegría eran esas Escuelas al Campo con las escuelas de arte, cuando ya yo estaba en la Escuela de Artes Plásticas San Alejandro. Íbamos juntos las escuelas de arte de La Habana Amadeo Roldán y Alejandro García Caturla, los Conservatorios de Música, por lo tanto habían grupos musicales de los alumnos. Lo pasábamos bien entre amigos con los mismos intereses y pasiones. Hoy en día muchos son pintores y músicos famosos, que están casi todos fuera de Cuba. Entonces todo era más simpático y el tiempo pasaba mejor, tengo muy buenos recuerdos de esa época a pesar del cansancio de ese trabajo y las condiciones duras materiales en esos barracones, durmiendo en aquellas horribles literas.

Así se ‘construía el socialismo’, así le resolvíamos al problema al Comandante. Hacíamos todos las labores agrícolas voluntariamente y al gobierno no le costaba nada. Esto no era tan voluntario, era obligatorio, pues para no ir, tenías que estar enfermo y presentar un certificado médico.
Nos maquillábamos las pestañas con betún de zapatos, nos hacíamos los jeans imitando los Levis, nos convertimos en tremendos artesanos construyendo y transformando a la perfección zapatos y ropas, claro porque lo que podíamos comprar por la libreta (un par de zapatos al año), eran muy feos, entonces los transformábamos. Yo compraba unas alpargatas de lienzo blancas y las bordaba con estambre para que fueran más bonitas y originales. No podíamos escuchar a los Beatles, la música rock, ni la pop, eso era considerado diversionismo ideológico. Nos escondíamos para oír las estaciones americanas de radio que entraban por onda corta en los radios soviéticos. ¡El colmo de lo absurdo!

Nuca fui militante de la UJC, (Unión de Jóvenes Comunistas), era considerada como apática, tampoco fui federada, no sé cómo pude escapar de éstas, debe de ser que Vilma Espín no era tan organizada, porque al CDR sí que tuve que pertenecer y tuve que hacer algunas guardias estúpidas cuidando el supermercado en la calle Los Pinos en Cojimar, con mi hermano Pepe. Ahora que pienso en eso veo que era totalmente irracional, si hubiera habido ladrones, hubiéramos tenido que correr, pues sin arma ni teléfono no hubiéramos podido hacer nada útil. Nada estaba organizado verdaderamente, sólo tenías que ‘cumplir con tu deber’, hacer ver que hacías, para no llamar la atención, para que no te echaran el ojo encima, para que te dejaran tranquilo y poder escapar en ese sistema donde todo es falso, todo es mentira, no estás cuidando ningún mercado. Si vienen a hacer un sabotaje no vas a poder defenderte, ni hacer escapar a los delincuentes o contrarrevolucionarios si no estás en condiciones de hacerlo. ¡El poder del pueblo ése sí es poder!

Me hice pintora en la Academia de San Alejandro, tuve mi diploma en el 1979. Participé en una exposición colectiva de los alumnos de mi graduación en una galería de la Facultad de Letras de la Universidad de la Habana, con éxito. Fue una gran época de mi juventud que recuerdo con gran nostalgia. Éramos estudiantes de arte con ganas de expresarnos con Libertad pero que no lo podíamos hacer, algunos no tenían ni conciencia de eso. Pasaron muchas cosas que produjeron en mí una toma de conciencia, ver como echaron de la escuela a un alumno por decir en un congreso de la FEEM (Federación Estudiantil de Enseñanza Media), que Marx y Engels podían llevar el pelo largo y nosotros no, cuando en Estados Unidos los jóvenes manifestaban contra la guerra de Viet-Nam y en París ya había ocurrido un Mayo 68, con manifestaciones en las calles, los jóvenes representantes de los movimientos de izquierda tenían el pelo largo. También hubo otros problemas ideológicos con un alumno que por no cantar el Himno Nacional fue llevado a comisión disciplinaria. No teníamos información de lo que pasaba en el mundo artísticamente, estábamos condenados a la censura, no teníamos referencias del mundo exterior y ya en ese momento comenzábamos a interesarnos por eso y a cuestionarnos sobre que algo raro pasaba.

Para mí fue revelador todo aquello, no poder pintar lo que querías, el Realismo Socialista, era lo que había que hacer. Si no, estabas al margen. Una vez pintamos en la pared de mi casa unos personajes raros, eran unas caricaturas y la policía vino y nos dio un ultimatum para que lo quitáramos, pues no entendían lo que habíamos pintado, por tanto lo calificaban como desviación ideológica y lo tuvimos que quitar. Había que comprometerse con el sistema para poder triunfar, pintar y hacer lo que ellos querían, lo que te imponían, no podíamos crear. ‘Ser cultos para ser libres.’

Trabajé a pesar de mi poca integración revolucionaria en el ICRT, (Instituto Cubano de Radio y Televisión), como pintora escenógrafa. Me hicieron una verificación política para poder llegar a este puesto de trabajo. En esa época no podían calificarme de gusana, me gustaba mucho, aprendí mas, continué el aprendizaje, fue impresionante hacer enormes forillos de pié en alto con un cabo en el pincel, fue lindo. Ocurrió lo de la Embajada del Perú y el éxodo del Mariel. La situación se complicaba, me criticaban y censuraban por ponerme jeans, escuchar música americana, tener una actitud algo disidente y liberal, tener amigos homosexuales, hasta que me fui de allí. Vi mítines de repudio que repudié, esa falta de respeto y de humanidad hacia mis compatriotas me indignaba. Reinaba la delación, el miedo, la doble moral, el estado de vigilancia que genera la paranoia entre las familias, amigos, vecinos y colegas de trabajo. ‘En cada cuadra un comité en cada barrio Revolución.’
Luego trabajé como profesora instructora de Artes Plásticas. En este lugar pude ver la falsedad y mentiras a ese nivel, elaboraciones de metas que en realidad no se cumplían, cosas que no hacían, (los globos que se inflan, como decimos allá), porque no hay ni materiales, ni recursos, ni entusiasmo para hacerlo, todo es falsedad, demagogia, y mentiras. ‘La mejor manera de decir es hacer.’

Pinté mucho en esa época y participé en algunas exposiciones colectivas, de profesores de arte.
Con todas estas vivencias ya tenía bastante en mi ‘disco duro’ como para darme cuenta que aquello no servía, aunque no conocía otra cosa, solamente los recuerdos y vivencias de mi familia, de mi abuela que había estudiado inglés en New York y se convirtió en profesora Ella me contaba sus experiencias en esa gran ciudad adonde fue sola en los años cuarenta, sus viajes con mi abuelo a México en barco, el viaje de mi padre a Estados Unidos cuando fue a aprender dibujos animados, a la UPA y a Hollywood, viaje que pagó con sus ahorros, los viajes de mi madre a Estados Unidos y a México de vacaciones, las cosas que vieron, todo eso trotaba en mi cabeza. Mis amigos hablaban de irse y se iban. La Libertad es un derecho de todos y para todos.

Ya tenía una hija, fui madre muy joven, al salir de la escuela, entonces tenía que luchar día a día para conseguir que darle de comer a mi hija, educarla y hacerla lo más feliz, honesta y sincera posible, en ese sistema de hipocresía y censuras. Pues su padre no estaba conmigo, estaba en la prisión política. De esto no hablaba, tenía mucho miedo, no sabían nada de mi vida en mi trabajo, ni en ninguna parte, era un tema tabú, oculto, para no tener problemas con la policía, la Seguridad del Estado y podía quedarme sin trabajo, cosa que no podía permitirme, porque aunque no era bien poco el salario, no servía de nada. El mercado negro comenzaba y era todo muy caro, pudimos sobrevivir mi hija y yo gracias a la ayuda de mi familia, de esos abuelos tan buenos y de mi madre tan maravillosa que nunca olvidaré.
Ese domingo de mayo, Día de las Madres del 1986, comenzamos a organizar la salida de Cuba, pues fue el día que le dieron la Libertad al padre de mis hijas, que estaba condenado a veinte años de prisión política. Fue amnistiado con un grupo de 26 prisioneros de conciencia, (con la condición de partir del país), esto pudo ser gracias a una intervención humanitaria del oceanógrafo Jacques Cousteau, durante el gobierno socialista de François Miterrand. Cousteau llevaba una lista de Amnistía Internacional y se entrevistó con el Líder Máximo, para pedir la liberación de los prisioneros políticos, a cambio de la limpieza del litoral habanero.

No nos hicieron mitin de repudio, pero sí, tuve que ir a pedir la baja definitiva de mi centro de trabajo por salida definitiva del país y la de mi hija de su escuela. Tuvimos que hacer muchas gestiones en las oficinas de emigración, chequeos médicos, colas interminables, esperas, papeleos, pedir la baja de la libreta de racionamientos de la Oficoda, hacer los pasaportes, gestionar la parte económica de pagar billetes de avión en dólares de ida y vuelta (no utilicé la vuelta y no me han reembolsado), pidiendo prestado el dinero a amistades que estaban fuera del país y que había que llamar por teléfono en un locutorio en Centro Habana de madrugada. En fin pasamos por muchas cosas denigrantes y desagradables, que he preferido olvidar. Lo que más he retenido en mi memoria es el proceso que duró meses, al irme despidiendo de mi familia, amigos, vecinos, colegas, conocidos, recuerdos, árboles, calles, casas, el mar, en fin de todo lo que había sido mi universo hasta ese momento, que con mucho dolor pero con serenidad y firmeza decidí abandonar.

Y así fue como unos meses después partimos rumbo a Francia, ya hace más de veintiocho años. París me cautivó, es mí ciudad, si hubiera podido escoger, hubiera nacido aquí, pero así es aún mejor, pues no es un proceso natural. He escogido vivir aquí. Siempre que regreso de un viaje la aprecio más. Aquí he desarrollado mi vida profesional, gracias a la Libertad que tengo y que disfruto tanto. El principio fue duro, fue como aprender a caminar, a hablar, a moverse, a identificarse, a adaptarse, a buscar trabajo, a convivir y comunicar para salir adelante económicamente, para instalarse. Pero en lo demás no había problemas, gracias a que esa Libertad tan deseada ya la tenía. Todas las demás cosas se lograban más fácilmente. La familia aumentó, las cosas mejoraron y los deseos y los sueños se fueron construyendo. Más tarde ayudé a salir a mi padre y a mis hermanos. Mi madre murió en Cuba, al igual que mis abuelos que nunca más pude verlos.

Ahora estoy en la madurez de mi vida, realizada, tanto personal, como profesionalmente. Tengo mis hijas grandes, han hecho sus carreras, viven en un mundo Libre y lo aprovechan plenamente. Soy ya abuela. Viajo, para conocer, experimentar y ver lo que pasa en otros países. Ayudo en cuanto puedo por la Libertad de mi país, manifestando e informando sobre lo que pasa allá. He participado en un gran número de exposiciones, tanto colectivas como personales, aquí en Francia y en diferentes países de Europa y en Estados Unidos. Cada una es una nueva aventura, que me procura una gran satisfacción, Es importante para mí poder comunicar a través de mi trabajo artístico, expresar mis ideas, plasmar lo que tengo dentro, desarrollarlo sin censuras. ¡Esa es la Libertad! La creación es una bendición, cuando pinto me evado y me siento un ser privilegiado y así… he llenado mi vida de colores.” Mayde González Gavilán

Un gran abrazo desde La Ciudad Luz,

Félix José Hernández.

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