Las mentiras sobre el portugués Magallanes

Particularmente llevo años interesado en saber en qué experiencia, en qué plano o carta se basó Magallanes

Sin la severidad sevillana del santísimo tribunal inquisitorial de la diócesis andaluza, que se quiso cepillar, por haber comido carne en viernes, al llevar el calendario de su larguísimo periplo equivocado en un día, a los supervivientes del conocido viaje de Magallanes, entrar a hablar del lusitano Magallanes, es entrar en un intento vano de romper una lanza en pos de algo que está tan aderezado hacia la ensalada castellana del rey, que puede ser ya prácticamente inamovible.

Cuando el noble en cuarto grado de los cinco que existían en Portugal don Fernando de Magallanes entró por la raya de la frontera española corriendo el año de mil quinientos dieciocho en la compañia, entre otros, del mercader Cristóbal de Haro, el rey lusitano Manuel I, no los acompañó, ni mucho menos, ni despidió la comitiva deseándoles suerte en el reino vecino gobernado bajo aquel rey extraño a España, que siguiendo la costumbre al uso de los bailaguas, según, era más español que el español de más pura cepa.

Magallanes, el noble luso natural de la localidad portuguesa de tan lindo nombre como puede ser Sabrosa de la región de Tras los Montes, entró en el reino de Castilla acompañado del citado mercader Cristóbal de Haro, porque la idea de aquella especie de troupe de navegantes y cosmógrafos, los hermanos Rui Falero, era armar ellos una escuadra, con permiso real castellano, y marchar, sin más explicaciones, camino oriental del Moluco o el Maluco, y retornar con las bodegas de las naos cargadas de sabrosos esclavos, y de especias cuyo valor y demanda en los mercados, estaban a la par de los esclavos de aquella zona del Índico.

No vamos a relatar los chalaneos, negocios, tiras y aflojas de una página marinera, cuyo estudio pone de relieve lo poco novedoso que son las comisiones, los amigos, los amichis, y las peripecias que llevaron a que al final fuera el monarca imperial español, don Carlos el Primero en España, el que izara pabellón real en cinco naves, algunas para el desguace, pero fletadas como nuevas recién astilladas, que partieron de Sevilla, del Puerto de las Mulas, donde en la actualidad si uno se sienta en el lugar y se toma algo en el bar, parece que se quiere escuchar el trajín de aquel momento emotivo.

La mezcla de portugueses y españoles, por el afán español de querer tragarse todo lo portugués, y porque con razón los portugueses no se dejan, siempre conlleva roces. Y el hecho de que en pleno Mar de las Yeguas, un marinero de la nao Vitoria (no Victoria, sino en memoria de la capital de Álava), abusó contra natura y contra su voluntad de un grumete, el asunto, junto a que Magallanes a su jefe policial impuesto por la Corte, Juan de Cartagena, achuchado por el padre fraile Pedro Sánchez (nada que ver con el del Pesoe de España) quiere que Magallanes le diga la altura y el rumbo para doblar el Cabo de Buena Esperanza y el de Las Agujas, y rumbear derechos por la vía portuguesa hacia el Maluco, la cosa no navega bien. Máxime si encima, Cartagena, pasándose por el arco de sus ingles el debido respeto que siguiendo las normas de las flotas se les debe a sus almirantes o sus capitanes generales, los ánimos no estaban como para tirar bombardas de fogueo.

De las cinco naos, la Santo Antonio, La Vitoria y la Concepción, sus juntas de pilotos, que hacían mayoría frente a las dos naves que siguieron fieles a Magallanes, demandaron del lusitano irse todos en conserva doblando el citado cabo de Buena Esperanza o de las Tormentas, y por esa vía rumbear al Maluco, porque no querían saber nada de aquel secreto (que todavía no se sabe) del por qué Magallanes quería ir al Maluco por la vía marinera del sur del continente de Las Indias.

Y ahí, precisamente en ese empeño magallánico de buscar otra vía que pensaba que era mejor y más corta, radica el resultado épico de un viaje, de un periplo que empezó y terminó siendo netamente comercial, pero que, a resultas, la crónica ha querido aderezar como si la Corte castellana estuviera interesada en saber cosas tan sin importancia para entonces – como lo son ahora de lo que es ciencia pura por la ciencia pura no comercial vendible-  como era demostrar que el mundo era redondo y aproximar en mucho el valor real en leguas del grado terrestre.

Particularmente llevo años interesado en saber en qué experiencia, en qué plano o carta se basó Magallanes para, después de un sufrir inenarrable, conseguir, el excelente navegante que fue, cruzar y cruzarlo con tanta presteza y bien, un canal de navegación que sigue siendo un paso marítimo muy difícil, y que resulta en extremo muy raro que el contexto cartográfico mundial siga anotando su nombre a aquel lugar, y no te salgan los gringos o sus primos los sajones (ahora es en ese orden) diciendo que lo descubrió uno de Massachuttes y le pongan su nombre.

Salud y Felicidad. Juan Eladio Palmis.

Hispanista revivido.