Las nuevas Repúblicas

El autor reclama una revisión histórica de los siglos XVIII, XIX y XX que realce los logros de lo que él llama la  ‘América morena’

 

El día que se pueda escribir la verdadera crónica de los siglos XVIII, XIX y XX, probablemente la gesta que más sorprenda a las generaciones futuras, fue aquel resurgir desde los andrajos con los que tenía vestido el imperio español a toda la América Morena, a constituir, por el empuje de ellas mismas, repúblicas independientes que solo el sistema económico las ha doblegado, como han sido doblegados, en mayor o menor medida, todos los pueblos de la tierra.

La presencia de generales-sargentos como el zamorano Pablo Morillo, o militares de su cámara como Pascual Enrilo, que al mejor estilo que después les copiaría del dictador gallego Franco, fusilaron a todo lo que olía a intelectualidad en la Nueva Granada, para gloria y honra después Colombia o Venezuela, a pesar, la emancipación, la rápida y fecunda instrucción de las nuevas repúblicas, fue, insisto, probablemente la gran lección de libertad y buen hacer que está a falta de un mayor y merecido reconocimiento histórico, aunque solo sea en el mundo de expresión española.

Con la rabia que le suponía el comparar al Vaticano con los voltan de los chiapanenses, por ejemplo. Con el celo y desquite asesino con el que se volvió a instituir el santísimo tribunal de la santísima inquisición entre los movimientos emancipadores de las nuevas repúblicas, resultó del todo un hito no fácil de igualar, porque, incluso se tuvo que barajar la legalidad o no de la emancipación en virtud de lo dispuesto trasnochadamente y dicho en el tratado de Tordesillas por boca de aquel papa, un Alejandro, el VI, y la fijación de aquella línea ridícula, inculta, brutal, que dividía en globo en dos zonas a repartir entre portugueses y castellanos, y, entre ambos reinos, abierta la boca del insaciable saco papal, dueño verdadero de todo, porque así se lo habían comunicado mediante un buró fax alado desde el cielo.

Hasta que unos espabilados no dijeron aquello de que muerto el perro se acabó la rabia; de que muerta la monarquía española, cobardemente entregada al francés, ya no tenía vigencia lo regalado por el papa, hubieron meapilas y borracheros de agua bendita que no quisieron mover un dedo emancipador por si entraban en pecado mortal por desobedecer lo dicho por un papa de Roma, o el banco vaticano que es lo mismo.

Hubieron repúblicas en alza, que inmediatamente, pese a toda la basura que gravitaba sobre ellas, cuando en la metrópolis la enseñanza se limitaba al catecismo, y el analfabetismo le alcanzaba hasta a los príncipes y las princesas que no iban al trono a gobernar, ya establecieron la enseñanza primaria obligatoria pública y laica, desde aquellos caseríos mayores de cincuenta vecinos.

Algo muy digno de tener en cuenta y no dejar en el olvido. Salud y Felicidad.

Hispanista revivido.