Fidel me dejó en la estacada de la revolución continental

Fuente: Güicho crónico

Una fría máquina de matar y un técnico de refrigeración.
Una fría máquina de matar y un técnico de refrigeración.

Octubre 8 de 1967
Escribo estas líneas con tinta de mis entrañas. Hubiera preferido usar sangre, pero el vendaje de la herida resulta impenetrable para mi improvisada pluma, una astilla.

Desde temprano el ejército hizo acto de presencia en lo alto de la quebrada del Yuro. Era evidente que debíamos bajar hacia el Río Grande para escapar. Impartí órdenes de tomar posiciones y esperar hasta que llegara la noche o se fueran los soldados. No se fueron. Por el contrario, comenzaron a descender peinando el cañón. La mañana transcurrió angustiosa. En algún momento del mediodía alguien empezó a disparar. No sé si fueron ellos o nosotros. Los morteros sí eran de ellos. Por fortuna, tuve antes la cautela de dispersar la gente a lo largo y ancho de la pendiente, de manera que los morterazos no alcanzaban a nadie. Ni mis órdenes tampoco.

El caos se apoderó de la quebrada: tiros, carreras, gritos nuestros y comandos de la soldadesca. Mandé que salieran los heridos, y me quedé solo para evitar confusiones. Disparé al azar con la intención de asustar al enemigo, que devolvió el fuego desde su posición invisible y ventajosa, obligándome a retroceder precipitadamente. En eso me encontré con el Chino. Tenía los lentes rotos cubiertos de tierra y se escondía tras una piedra. Lo regañé por no prestar resistencia. Arguyó que su M-2 estaba descompuesto. Se lo cambié por el mío y le ordené disparar, aunque fuese a ciegas, pero después de que yo me alejase. Conseguí dar varios pasos antes de que me alcanzara una bala en la pierna. Me levanté otra vez usando el fusil como muleta. Y me volvió a derribar un disparo. Esta vez le dio a la muleta. Willy apareció en ese instante y me arrastró hacia unos arbustos. Pedí que le gritase al Chino que cesara el fuego. Contestó que el Chino no se veía por ningún lado. Ahí me entró el ataque de asma.

Willy propuso descender según lo planeado. Rechacé la idea por falta de argumentos y dispuse que fuéramos hacia arriba. Con ayuda logré ascender unos 20 metros. Me detuve y le pregunté a Willy si tenía un pañuelo blanco. Respondió que sí, pero que estaba muy sucio y podría infectarme la herida. Le dije que no era para eso. Me lo dio. Estaba literalmente negro y se lo devolví. Entonces aparecieron los soldados. Sólo vimos 4 pero eran muchos. Nos apuntaron de forma muy agresiva. De inmediato les hice saber a quién tenían enfrente. Expuse claramente que dispararme sin permiso les acarrearía graves consecuencias ante sus superiores, y que entregarme exánime depreciaría mi cotización política. Vi en la mirada de Willy la intención de aprovechar el desconcierto de los soldaditos, pero pude disuadirlo con la vista de cometer cualquier imprudencia.

A continuación los guardias nos desarmaron, ataron las manos y ofrecieron asiento en el suelo. También se apropiaron de mis enseres personales y me quitaron los Rolex, todos. Decidí que protestaría contra tal despojo en algún momento apropiado, luego. Llegaron más milicos con dos suboficiales y trayendo al Chino preso. Lucía bastante maltrecho y seguía sin ver nada. Al pasar me pisó una pierna. Los guardias nos insultaron un poco. Los dejé hacer para aliviar las tensiones. Además, un comandante no entra en debate con clases y soldados. No obstante, le pregunté a un sargento si pertenecían a la 4ta o a la 8va división, y si me llevarían a Camiri o a Santa Cruz. No me contestó, sino que mencionó a los 2 hombres de su unidad que cayeron hoy. Los soldados se pusieron muy nerviosos, manoseaban una y otra vez sus armas. Aumenté el volumen del asma para compensar su rencor y canalizar la presión evitándoles impulsos descontrolados. Tras unos minutos se obtuvo algún efecto. Hasta que por fin apareció un teniente para tranquilidad de todos. El oficial se nos acercó y me golpeó en la boca. Pude respirar mejor.

Luego llegó un capitán con un soldado sanitario. Me sequé la sangre de la cara con el hombro y comenté que había estudiado medicina. El enfermero indagó si prefería atenderme yo mismo. Por su gesto percibí que se refería a la herida de la pierna. La había olvidado en medio de las prioridades del momento. Noté que sangraba. De repente también me empezó a doler. Le contesté al sanitario que mejor me curase él. Una vez acabado el curativo, el capitán insistió en fotografiarme. Accedí por mera cortesía. No pidió autógrafo.

Avanzada la tarde salimos rumbo a La Higuera. Dos soldados me servían de apoyo para andar. Por el camino se nos juntaron más soldados conduciendo los cuerpos de Arturo y Olo en sendas mulas. Me preguntaron si quería ir en mula. Contesté que prefería ir a pie. Llegamos al oscurecer.

Nos encerraron en la escuela del pueblo. En aulas separadas. Unicamente a mí me dejaron compañía: Arturo y Olo. No sé qué planes tiene el ejército conmigo. En esta aldea no hay prensa, ni instituciones públicas, ni asociaciones civiles, nada. Entre mayor sea nuestro aislamiento, más peligro habrá. Mañana intentaré contactar al maestro de la escuela, aunque sea.

Por la noche uno de los oficiales vino a verme. Ante mis interrogantes alegó que mañana seguramente llegará alguien del estado mayor y que aún no se sabe que harán conmigo. Le di el teléfono y la clave de Manila, y le prometí que no se arrepentiría. Cuando se iba no pude elucidar de su insegura expresión si lo haría o no.

El militar regresó hace unos minutos. Dijo que consiguió comunicar y que, efectivamente, recibió una oferta, pero que no arriesgaría su carrera por 2000 pesos. ¡Fidel!

Ahora me sobra tinta para escribir.

Esta es la historia de otro fracaso. Al abandonar la guerrilla a su suerte, el PCB ha fallado de forma estrepitosa en su papel de vanguardia. No cabe duda de que han seguido las alevosas instrucciones de Moscú. El pueblo boliviano tampoco ha estado a la altura de las circunstancias históricas. Y Fidel me dejó en la estacada de la revolución continental.

Estoy bien, sereno. Sólo me espanta la suerte de los pueblos sin mí.

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