El escritor habanero es el autor de la serie del detective Mario Conde y, en paralelo, del gran relato sobre el desencanto y la nostalgia por la Revolución Cubana

 

Habrá que ver a Leonardo Padura vestido de traje el próximo otoño, en Oviedo, camino del Teatro Campoamor: saludará a reyes y princesas y seguramente lea un bonito discurso sobre su barrio (que se llama Mantilla y no está dentro de esa ‘Habana bonita’ por la que pasean los europeos) y sobre Cuba, que se abre al mundo, quizá no como él quisiera, como quisiéramos todos, pero algo es algo, ¿verdad? Entonces le darán el Premio Princesa de Asturias de las Letras y todos haremos recuento de sus libros y de su vida, que son tan sugerentes los unos como la otra. El jurado del Premio ha elegido esta mañana al escritor cubano para su palmarés y alguien, a estas horas, se preguntará si es fácil encontrar un traje de caballero más o menos bueno en La Habana.

Empecemos por la vida: Leonardo Padura Fuentes nació en La Habana en 1955, cuando a Batista le quedaban tres años en su ‘trono’. Su infancia, por tanto, fue en el mundo nuevo de la Revolución. Él mismo ha recordado esa época como un momento casi feliz: niños que no tenían mucho pero que necesitaban aún menos, que jugaban en la calle, que tenían bastante libertad y a los que, de alguna manera, les llegaba algo de ese clima de optimismo que debía de sentirse en Cuba en los primeros 60.

Padura dice que la clave para entender su vida es su apego a las cosas, el sentido de la lealtad: al barrio, a su mujer, a Cuba, a la literatura… El escritor vive en la casa de su padre. “Un día, mi padre nos dijo cómo quería su funeral, los sitios por los que quería que pasase la carroza fúnebre: la casa de su madre, la casa que él construyó, la bodega que abrió con su hermano, la logia masónica que fundó, la estación de omnibús en la que trabajó… ¿Y sabe cuál es la distancia más larga entre esos cinco lugares? 250 metros. A mí cuando me hablan de patria me suena todo un poco abstracto. Pero esos 250 metros son otra cosa”, explicó a EL MUNDO en una entrevista publicada en marzo pasado.

Pero una cosa es eso y otra, vivir en un cascarón. Padura fue a la universidad en los 70, se hizo periodista, embarcó hacia la guerra de Angola, aunque no fuera para combatir sino para hacer algún trabajo administrativo más o menos inocuo, sobrevivió al Periodo Especial y, justo en ese momento de hambre y liptimias colectivas, decidió dejarse de vainas y escribir. Mandó el manuscrito de ‘Máscaras’ al premio Café de Gijón y lo siguiente fue una llamada de Beatriz de Moura para decirle que preparara el pasaporte, que había ganado. Padura recuerda siempre que la editora de Tusquets, su editora de siempre, tuvo que llamarle a casa de los vecinos porque en la suya no había teléfono.

Era 1995 y arrancaba la carrera internacional de Leonardo Padura. ¿Cómo resumirla brevemente? Hay dos tipos de libros del escritor habanero. Por un lado, está el ciclo de las novelas de Mario Conde, historias policiales en las que el encanto no está tanto en la trama, como en el paisaje: en torno a Conde y su amigo Carlos está la niebla del desencanto, la pobreza, el humor y la extrañeza de haber crecido en un mundo utópico que, poco a poco, se volvía una ruina.

Y por el otro están los otros libros, aquellos que, un poco injustamente, llamamos serios: ‘La historia de mi vida’, casi autobiográfica, ‘El hombre que amaba a los perros’, sobre el asesino de Trotski; los relatos de ‘Aquello estaba deseando ocurrir’, que cuentan los años de Angola y del periodo especial…

En realidad, las dos familias de libros de Padura cuentan el mismo mundo: el de los cubanos que no saben si irse o si quedarse, porque las dos cosas son una condena en vida.

Y en este punto, el relato de la obra de Padura se vuelve a trenzar con la historia de su vida. Porque entre irse y no irse, Leonardo decidió quedarse. Quedarse para escribir porque tiene la noticia y la sospecha de que ser un exiliado cubano no es una buena condición para la literatura. “El mundo está lleno de escritores cubanos que no escriben”, dijo en la entrevista de marzo. És verdad que Padura tiene la suerte de que en su cuenta corriente entra dinero llegado de Europa y de América. Corre el rumor de que fue el primer trabajador por cuenta propia de la isla, aunque será difícil demostrarlo. Para La Habana, Leonardo es rico. A cambio, ha tenido que mantener una relación de amor-odio, o más bien mal amor-casi odio con la Cuba oficial.

Entrevistar a Padura es un juego del ratón y el gato en el que siempre gana el ratón, ratón habanero: los periodistas europeos intentamos que el escritor diga algo tajante contra el Gobierno castrista, pero Padura no expresa más que críticas parciales y razonadas. Y, a su manera, es honesto: Padura cuenta siempre que él creció con la Revolución y que su afecto está con la Cuba socialista, que no le escucharemos decir “todo esto es una porquería” porque no puede sentirlo así. Pero que, al mismo tiempo, es consciente de toda la corrupción y de toda la crueldad que acompaña al régimen.

Hay quien reprocha a Padura esa actitud como una cuestión de estrategia, una manera de sobrevivir sin quedar mal con nadie. Otros creen que es un tanteo, un camino por el que adivinar la reconciliación de los cubanos. Enhorabuena también para todos ellos.

 

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