LEYENDA NEGRA ANTIBORBÓNICA
Antonio Moreno Ruiz
No he leído el libro “Imperiofobia y Leyenda Negra” de la flamante historiadora María Elvira Roca Barea, aunque reconozco mi interés. Celebro que los medios de comunicación se vayan haciendo eco de una respuesta historiográfica considerable ante el aluvión de mentiras que tanto afecta a nuestra psicología de andar por casa. No obstante, sería muy caradura por mi parte intentar abordar toda su tesis. Sin embargo, yendo a algunos escritos o declaraciones, puedo hacerle algunas observaciones, basándome en enlaces como este:
https://eldiariodelamarina.com/el-virus-borbonico-en-espana/
-Si bien es cierto que en época borbónica se produce un divorcio considerable entre la élite y el pueblo (1), no es menos cierto que realmente no fue el comienzo. El primer gran divorcio se produjo tras el advenimiento de Carlos I de España y V de Alemania con su corte de déspotas flamencos, provocando las guerras de los comuneros y los agermanados. Otra cosa es la interpretación más falsa que una moneda de cuatro duros que, especialmente desde el siglo XIX -y la masonería-, se da especialmente al tema comunero. Pero como bien dijo el Barón de Eroles en su proclama en plena Guerra Realista, ahí fue cuando entró el despotismo en España, con todos los matices que queramos. Y ahí fue donde empezó la Leyenda Negra, tanto por la corte flamenca que se tropezó especialmente contra la Corona de Castilla, como por los ilustres traidores internos, llámense estos Antonio Pérez o Bartolomé de Las Casas (casualmente, los dos de origen hebreo). En cuanto al último, al fraile que el gran polígrafo Ramón Menéndez Pidal adjudicaba hasta la locura, no se entiende su prodigalidad sin sus buenos contactos en dicha corte que salió escaldada de la Piel de Toro. Muy pronto su embustera y esquizoide verborrea corrió por la Europa Central al socaire del protestantismo y de la imprenta.

-En época borbónica, concretamente con Carlos III, fue cuando se creó el Archivo de Indias buscando crear una escuela de historiadores que contrarrestara la feroz propaganda hispanófoba. El problema venía de mucho antes de la llegada de Felipe V, y José Cadalso, en sus “Cartas Marruecas”, se hace eco de ello exaltando la figura de Hernán Cortés y, sin embargo, denostando supuestos hechos de la conquista del Perú. Curiosidad o contradicción, no lo sé; pero ahí está. Ya era un problema viejo, me refiero.
-Desde Felipe V hasta Carlos IV, España tuvo que recuperarse de la multitud de guerras y bancarrotas que habían dejado los Austrias, y no sólo los Menores. ¿O nos olvidamos que Carlos I llegó a entregar Venezuela a los Fúcares? Y esto no es denostar a unos para alabar a otros; es que es un error intentar combatir la Leyenda Negra antiespañola yéndose por el derrotero antiborbónico, directamente proporcional a la Leyenda Rosa austracista. Conste que no le achaco esto a la señora Roca Barea, ni en absoluto la ataco; lo digo en general.
Muchas medidas borbónicas, incluyendo las más erradas, estaban destinadas a intentar poner orden. Con Felipe V seguimos heredando esa política de los Austrias en cuanto al belicismo por así decirlo. Sin embargo, con Fernando VI fuimos hacia una paz inteligente, recobrando nuestras fuerzas y revitalizando una marina que volvió a ser de las más poderosas del mundo. Con Carlos III definimos que el enemigo absoluto era el imperio británico. Durante todo el siglo XVIII, con sus más y sus menos, una alianza neolatina borbónica, principalmente entre las Dos Coronas (Francia y España), mas también contando con Parma y Nápoles, dominó Europa frente a un enemigo común. En el siglo XIX fue cuando surgió, tras siglos de odios y complejos escondidos desde Lutero, el complejo de superioridad germánica, yendo por pretenciosos y racistoides, que en mayor o menor medida, escondían un odio a Roma cuyo legado en muy buena medida representaba la Monarquía Hispánica. Y fue con Carlos III cuando el conde de Aranda creó todo un plan que, de haberse llevado a cabo, hubiera sido una Commonwealth hispánica: El traslado de príncipes españoles a los virreinatos para que ya sus hijos allí nacieran y formaran sus propios equipos de gobierno, manteniendo los vínculos económicos y militares. Con Carlos IV se iba a cumplir tal plan, que tardó más de la cuenta y se rompió, más que por los Borbones, por las muchas traiciones internas al servicio del imperio británico, el gran ganador del siglo XIX y que acabaría copiando el modelo del conde de Aranda hasta hoy. Personalmente, creo que Carlos III, con todos sus errores, sí que entendió cuál era el futuro de América y de hecho con él se trazó un plan que, de haberse llevado a cabo, la Historia hubiera sido muy distinta.
Asimismo, ¿fueron muy diferentes los Austrias de los Borbones en el siglo XVIII? ¿Fue muy diferente el marqués de Pombal en Portugal o Pedro el Grande en Rusia? Y más concretamente: ¿Ese divorcio entre élite y pueblo que se dio en España, fue muy diferente en el resto de países de la Europa ilustrada?
Con respecto al leitmotiv de la discriminación de los criollos como argumento secesionista americano, el colombiano Pablo Victoria Wilches y el ecuatoriano Francisco Núñez del Arco, con muchos datos en la mano, hacen temblar tal aseveración de papagayos, adjudicada también muy exclusivamente a la dinastía borbónica. Sea como fuere, acudiendo a Núñez del Arco, si a los Borbones apenas les dimos el siglo XVIII y no les perdonamos sus errores, ¿no deberíamos haber hecho lo propio con la pseudomonarquía constitucional española o las repúblicas hispanoamericanas tras doscientos años de soledad?
Así las cosas, por supuesto en cuanto pueda, leeré el libro de Roca Barea y confío en llevarme una buena impresión. No obstante, nunca debemos dejar el ojo avizor sobre determinados temas.
NOTAS
(1)Algo pudo escribir un servidor: https://www.revistalarazonhistorica.com/26-4/

1 COMENTARIO

  1. El libro de Roca Barea es magnífico, Antonio, no digo que perfecto, porque perfecto no hay nada hecho por el hombre, pero es indispensable en una biblioteca que se precie. Te lo recomiendo. Que lo disfrutes.

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