Orlando Luis Pardo Lazo, prepara novela y su publicación es inminente. “Que la patria os covfefe orgullosa”, es su sugerente, y a la par, irreverente título. Tenemos el placer de ofrecer en exclusiva a los lectores del DLM uno de sus capítulos que -esperamos-, no los dejarán indiferentes. Una conspiración entre compinches y un Poema para fabricar cubanos donde sólo había maldad, mala leche y mucha envidia: el terreno perfecto para la catástrofe que nos (de)termina como Nación.

 

Por: Orlando Luis Pardo Lazo

(capítulo inédito del libro “Que la patria os covfefe orgullosa”, de próxima publicación por Ediciones Hypermedia)

 

La literatura cubana es un plagio espectacular. Y ni eso.

Ojalá fuera un plagio. Pero es otra cosa peor.

Un apócrifo, una patraña. Una invención huérfana del siglo XIX, para justificar así las innecesarias guerras de rapiña para independizarnos de España.

De la metáfora a la matazón.

Las letras cubanas siempre fueron abyectas: la literatura como cortesana que se pega como una lapa al poder. No por gusto dicen que Maceo tenía tanta fuerza en el brazo como en su blablablá de mulato liberto.

En Cuba se habla y se escribe sólo para dorar la píldora, para endulzar la violencia de la violación. Para engañarnos miserablemente en tanto lectores cubanos.

Nos han mentido como a niños, desde que éramos niños y hasta el día de hoy.

Ahí está. El mito fundacional. La burrada para ingenuos ávidos de poesía y para avaros de patria, empezando por los apóstoles y apóstatas cuyos nombres no vale la pena repetir ahora aquí.

Ahí está, el collage perfecto de identidades, política y palabrería. Para colmo, en endecasílabos. Esa métrica amanerada.

Espejo de paciencia, se llama.

Pura estopa de estrofas. Pura rimita reumática. Sopa de significados para fundar el fascismo de la fidelidad.

Espejo de paciencia, no se llama.

Sino que Espejo de paciencia lo llamaron aquellos manganzones blancos que se aburrían de contar con tantas caballerías de tierra en la provincia de Matanzas. Por lo que se pusieron entonces a contar peripecias épicas, allí donde no había más que desierto y sacos de yute.

Y no fue el 30 de julio de 1608, por supuesto, cuando dicen que se escribió el dichoso poema. Sino que fue en otro miércoles muerto de punta a punta de la Isola di Cuba, dos siglos y pico después, en 1838.

Que fue cuando Espejo de paciencia se escribió de verdad. Y cuando los camajanes publicaron en la prensa de Matanzas los primeros pedazos de este no-plagio y esta sí-patraña.

Qué vergüenza.

Qué sinvergüenzas.

Y así mismo, con ese título, nos tupieron durante el resto de la Colonia, y a todo lo largo y estrecho de la República, hasta aterrizar totalitariamente en el libro de Lectura de nuestras escuelitas primarias en Revolución, todas pertinazmente llamadas Nguyen van Troi.

Un etíope digno de alabanza

        llamado Salvador, negro valiente,

        de los que tiene Yara en su labranza.

        Y tú, claro Bayamo peregrino,

        ostenta ese blasón que te engrandece;

        y a este etíope, de memoria digno,

        dale la libertad, pues la merece.

En Cuba creo que nunca hubo un solo etíope hasta la visita del dictador Mengistu Haile Mariam, en la primavera de 1978, poco antes del Festival Mundial de la Juventud y los Estudiantes.

Los matanceros ilustres de 1838 no tuvieron reparos en armar este poema para suplir su supuesta ausencia de patria. No diré sus nombres.

No te interesa. Y, además, ya no son nadie.

Mientras más rápido los cubanos borremos la historia, más rápido nos habremos librado de repetirla. Recordar es represión.

Los ilustres matanceros de 1838 redactaron Espejo de paciencia mediante el método más común en Cuba desde el descubrimiento de América: metiéndole dentro todo tipo de símbolos patrioteros, hasta parir un poema que se suponía iba a fundar una literatura que, a su vez, se suponía iba a fundar a una nación.

Los símbolos supuran en cada sílaba. Le citaré sólo tres:

El grito de Yara.

La inmolación de Bayamo.

El desembarco de Girón.

Lo más curioso es que todavía faltaban treinta años para que Yara y Bayamo ocuparan su pedestal en la iconografía cubana, en 1868. Y, aún más curioso, o acaso escalofriante, es que no sería hasta después de un siglo la invasión de los cubanos exiliados por playa Girón.

La poesía es ansí.

Mientras más panfletaria, más pegada a la realidad.

Mientras más payasada, más valor de predicción política.

La poesía se les escapa de las manos a los poetas. Incluso a los peores poetas. Sobre todo a los perpetradores de apócrifos y plagios, que son los poetas más perfectos.

Aquellos dandys matanceros compusieron a coro una cosa llamada Espejo de Paciencia en 1838 para tendernos una trampa de tiempo. Pero terminaron canonizados como autores de nuestro primer poema profético.

Apuntaron para El Morro y el tiro les salió les salió por La Cabaña.

Intentaban inventarse unos versitos mitad vernáculos y mitad verracos, pero Espejo de paciencia terminó saturado de versículos bíblicos. Los versos satánicos de un Salman Rushdie socialista y revolucionario.

Endecasílabos endemoniados. Que es también un endecasílabo.

En-de-ca-sí-la-bos-en-de-mo-nia-dos.

Que-es-tam-bién-un-en-de-ca-sí-la-bo.

Y así y así hasta el infinito, ripiando hiatos y sinalefas. Cornucopias de la comemierdad cubana.

Aquellos patricios afrancesados de Matanzas no se midieron a la hora de metaforizar. Se tiraron con la guagua andando. Contra del tráfico.

Por ejemplo, al esclavo bozal que mató al pirata Gilberto Girón con una lanza, al parecer a traición, le encasquetaron nada más y nada menos que el título de Salvador.

        ¡Oh, Salvador criollo, negro honrado!

        ¡Vuele tu fama, y nunca se consuma:

        que en la alabanza de tan buen soldado

        es bien que no se cansen lengua y pluma!

Y, en efecto, no se cansó la lengua ni descansó la pluma de los estafadores, sedientos de sangre literaria para fundar una tradición nacional.

Que no duerma el brazo ni cese el motor.

Que-no-duer-mael-bra-zo-ni-ce-seel-mo-tor.

El trabajo es gloria, la vida es acción.

El-tra-ba-joes-glo-ria-la-vi-daes-a-cción.

Y, en efecto, no se durmió el brazo de decapitar ni el dedo de disparar. A españoles primero, como ensayo. Y a cubanos después, como patíbulo de patria.

La gloria cuesta trabajo, la muerte es acción.

Y la culpa recayó, como correspondía, en un africano bozal.

El totí siempre la paga.

Salvador Golomón la hizo a la entrada y a la salida.

Pobre muchacho anónimo. Títere de azabache a inicios de un siglo XVII soñado. Ahora, y ya para siempre, sometido a la impaciente pesadilla de nácar de los titiriteros de 1838 en Matanzas.

Pobre diablo insalvable, forzado a jugar el rol poético de un mesías de ébano.

Epopeya grosera de un golomón sin templo, pero guerrero y sabio. Salvador de villas y castillas, a la postre propiedad de la Corona de España. Joyas de la familia que a mediados del siglo XX terminarían en las arcas arcanas del Partido Comunista cubano.

Pobre mambí, adelantado a los mambises de manigua que comían y cagaban su cóctel molotov de arroz con mango.

Pobre negro. Pobre nación. Pobre negro de nación.

Acordaos de la patria deseada,

        y de vuestros amigos y parientes,

        y de la dulce vida regalada

        que en ella pasan hoy todas las gentes.

        El paraíso prometido en la tierra.

Matar piratas. Matar opositores.

No hay diferencia sintáctica.

Por supuesto, nunca hubo tal Espejo de paciencia ni la cabeza de un guanajo.

Silvestre de Balboa, el supuesto autor, además de la tara de ser canario y emigrante, fue un bluff tan bárbaro como la idea de una Cuba independiente de España.

Como la idea de una Cuba independiente de Estados Unidos.

Como la idea de una Cuba independiente de Fidel Castro.

Silvestre de Balboa escribió Espejo de paciencia, dicen, justo en su cumpleaños 45, que por cierto es ahora mi edad. “Movimiento de Liberación Nacional 30 de Julio”, debieron de llamar a ese complot de latifundistas aburridos de contar sus doblones de oro, por lo que se pusieron a contar entonces el tedio de una teleología insular.

Y para contarla, tenían que contar primero con un poema fundacional. Un Génesis del Caribe. Fascismo poético a pulso.

En el Principio era el Verso.

Y el Verso era con el Dictador.

Y el Verso era la Dictadura.

Si a Espejo de paciencia no lo hubieran inventado en Matanzas en 1838, me juego la cabeza a que lo hubiera inventado Cintio Vitier, en el Lyceum de El Vedado o en la Universidad del Aire de la CMQ.

Lo mismo antes de 1959, cuando aún había liceos y universidades. Que después de 1959, ya en plena apoteosis a ras de la Plaza de la Revolución.

Pero a Vitier se le adelantaron los burgueses vencidos del XIX, los mismos que en el siglo XX no le daban ninguna pena a Nicolás Guillén.

Y aquellos fundamentalistas sin fe, aquellos negreros de la siempre fiel provincia española de ultramar, aquellos conspiradores a la par que delatores de lesa conspiración, tuvieron tan buen tino en 1838 que hasta le regalaron un renglón a Perucho Figueredo, para que en 1868 éste lo metiera a la cañona en nuestro Himno Nacional, escrito sobre un caballo.

        ¿Qué mejor ocasión que la de ahora

        que un buen morir cualquier afrenta dora.

La Revolución de los caballos, por los caballos y para los caballo.

Del Caballo, por El Caballo, y para El Caballo.

Nos ha tomado un siglo de dictaduras para darnos cuenta de que todo, todo, todo es mentira. Un siglo de terrorismo de Estado para caer en la cuenta de que morir por la patria es morir.

Abajo la poesía.

Abajo Cuba Libre.

Nunca apareció el manuscrito original del poema.

Nunca apareció la copia del manuscrito original del poema.

Qué iba a aparecer. Si los cubanos somos todos unos desaparecidos.

Y ni eso. Somos unos aparecidos, pero desaparecidos. Fantasmas sin siquiera un espejo donde no reflejarse.

Espejismos de impaciencia.

Todo no fue más que un enredillo de citas y chismes de notarios. Hasta Lezama Lima se comió el cake con Espejo de paciencia. No tiene sentido perder el tiempo con esto.

Confíen en mí. Como si yo fuera Leonardo Padura, vaya.

Es patético este caso.

Tan patético como Máximo Gómez, un militar extranjero desertor de las filas de España, robándole cuatro páginas al Diario de Campaña de José Martí, donde se nos explicaba por qué la cuestión del caudillismo en Cuba sería insoluble por lo menos por otros cien años.

Hasta el primero de enero del 2059. Una fecha que ya casi está ahí.

Si es que no quedó corto nuestro Pepe Ginebrita en la Gloria, nuestro Bebé Don Pomposo de los octosílabos sencillos. Porque tal vez la cuestión del caudillismo en Cuba será insoluble por lo menos por otros cien mil años.

El fascismo es ansí. No tan mentiroso, como milenarista.

En ese Diario de Guerra, donde por cierto él nunca guerreó, el ario Martí nos dejaba también su testimonio del bofetón que le propinó el mulatazo Antonio Maceo la madrugada anterior.

Días y días del Señor, domingos de Junta Militar de La Mejorana. Antonio Salvador Golomón Maceo y Grajales, que tenía tanta fuerza en el brazo como en el brazo, si no la hacía a la entrada, la hacía ya saben cuándo.

En nuestro Espejo de paciencia hay muchos pájaros, pero el totí siempre paga la culpa.

Ruiseñores, jilgueros, pintacilgos y abulillas.

También diversas alimañas, de cualquier raza y calaña.

Iguanas, patos, jutías. Jiguagua, dajao, lisa. Camarones, biajacas, guabinas.

Además de las consabidas guanábanas, jijiras y caimitos. Mameyes, piñas, tunas. Aguacates, plátanos, mamones. Tomates, siguas, macaguas. Pitajayas, jaguas y birijí.

Pero el totí siempre paga la culpa y bien pagada.

        Bienvenido seáis al nido caro,

        cual vino al arca el ave triunfadora.

La cubanía es la perla del edén.

Estos son espejos de paciencia que no hay coraje para narrar hoy en Cuba.

Y que no ha habido coraje nunca para narrarlos. Empezando por el rapto de Cristóbal Colón al pasarse toda la noche oyendo pasar los pájaros. En otro Diario, pero de Navegación, uno de esos domingos del Señor en octubre de 1492.

Coraje para narrar a Cuba es lo que nunca hubo ni nunca tampoco habrá. Isola di Cuba desolada, desoladora.

Cuba como un plagio espectacular, especular.

Y aún menos que eso.

Una Cuba apócrifa. Una Cuba patraña.

Cuba decúbito supino. Morir de cara al socialismo. Totalitarismo íntimo, interiorizado.

Estas son las lecturas al límite que aterran la miseria elemental de los lectores cubanos. Para no mencionar el pánico de los cubanólogos en la academia norteamericana, con sus salarios de asco para elogiar la miseria decimonónica del pueblo cubano.

Nuestro propio miedo y mediocridad.

Nuestras pañoletas perennes de pioneros, atadas al cuello como un grillete. Tatuajes de la ternura, castrismostalgia.

Nuestra incurable Síndrome de la Nguyen van Troi.

Salvadores Golomones de la victoria convertida en revés.

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