LOS ASESINATOS DE POMPILIO VICIEDO EN EL ESCAMBRAY

París, 5 de octubre de 2015.

Querida Ofelia:

Aquí tienes el testimonio -número quince-, del ex guerrillero del Escambray Miguel García Delgado, sobre lo sucedido allí en los años cincuenta.

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“No disponíamos de mucho tiempo para arreglar los detalles de la organización. Días después le llegó la noticia a Menoyo y muy pronto los hechos les demostraron cuando el comandante Anastasio Cárdenas, les hizo llegar la noticia de la deserción de Pompilio Viciedo y de Sindo Naranjo. Con ellos se llevaron a Servelio secuestrado, práctico cuyos conocimientos en la zona hacían prever que se dirigían en dirección al río Agabama.

Los allí presentes coincidieron que Pompilio se dirigía hacia la zona de Sancti Spiritus. La noticia de dicha deserción, corrió como el viento alertando a todos los campesinos y pronto comenzaron a llegarnos informes detallados de lugares por donde el paso de ellos había sido detectado. Ya en pos de la ruta exacta que llevaban la posibilidad de interceptarlos dependía de la rapidez con que actuaran los guerrilleros.

Menoyo y otros compañeros simpatizaban con Pompilio por haber sido combatiente de la Guerra Civil Española. Pero para nosotros en aquella época Pompilio era muy viejo pues ya había cumplido 56 años de edad. Se hizo una comisión y se decidió que Menoyo le hiciera una carta para ofrecerle que escogiera con quién él quería estar y para que regresara al campamento.

Menoyo no tenía asignado un personal fijo que le acompañara, acostumbraba a operar reuniendo a las guerrillas de la zona en que se encontraba, y en aquel momento estaban junto a el las guerrillas de los Capitanes Genaro Arroyo y Tony Santiago, ambos se brindaron voluntariamente para partir de inmediato tras los desertores, así es que pronto quedó coordinado un pequeño grupo de ocho hombres en el que pidió ser incluido un negro retinto de apellido Portilla y un campesino de piel curtida que aunque no tenía nada de moreno le decían el negro Urquiza y como dato curioso era el único nativo en aquellas montañas que decía ser activista y militante del Partido Socialista Popular. Se incluyó igualmente a Julio Castillo, quien militaba en la columna de Tony Santiago ya que éste era espirituano al igual que Pompilio Viciedo y muy amigo de él, lo cual lo convertía en la persona idónea para que le entregara personalmente a Pompilio la orden que Menoyo había cursado y en cuya redacción se especificaba bien claro con nombre y apellidos que una vez interceptados los desertores deberían de ser desarmados y conducidos en su condición de arrestados ante el Estado Mayor. Tras recibir todas las instrucciones pertinentes al caso el pequeño grupo guerrillero partió animoso en cumplimiento de la misión que se les había encomendado.

El negro Urquiza sin perder pie ni pisada recopilaba información en el camino y atajaba ganando terreno por los lugares más impensables. Su conocimiento de la zona pronto les hizo asumir la delantera, calculando con exactitud en el lugar en el que podrían ser interceptados. Se trataba de una especie de hoyo entre las montañas, por el que habrían de pasar si es que no desviaban el rumbo, cómo así fue. Pompilio Viciedo, Sindo Naranjo y el que forzaron a que los acompañaran se vieron sorpresivamente obligados a detener la marcha y a apartar las manos de sus armas. Genaro Arroyo, Tony Santiago y los demás los apuntaban sin perderlos de vista y manteniéndose a una distancia prudencial.

Julio Castillo, por su amistad personal con Pompilio fue el primero en hablar, diciéndole: ‘tenemos una orden por escrito de Gutiérrez Menoyo y nos pidió que te la mostráramos, para evitar inequívocos’. Pompilio movió una de sus manos como quien da a entender su aceptación o mejor dicho como quien dice vengan, tras lo cual Castillo acompañado del negro Urquiza se le acercó y le hizo entrega personalmente de la orden que portaba. Pompilio inició de inmediato su lectura, al tiempo que su rostro se transfiguraba. El negro Portilla a quien Menoyo le había prestado su arma personal para dicha misión se sintió al parecer confiado en la forma en que se estaban desarrollando los acontecimientos, y cerrando la tapa que hacía de seguro en el M 3 avanzó hasta unirse al grupo. Pompilio una vez finalizada la lectura permaneció por unos instantes cabizbajo y solo atinó a decir: ‘No me pueden hacer ésto’. Julio Castillo apesadumbrado por la amistad con él, le respondió en tono afable: ‘Lo siento Pompilio; como vez es una orden y hay que cumplirla’.

Pompilio conocía mejor que nadie el reglamento por el cual nos regíamos, sabía igualmente que tendría que ser sometido a un proceso disciplinario, en el que habrían de responder al cargo de deserción con armas que le habían sido entregadas cuando se alzó y que no les pertenecían. La condena, y él lo sabía de memoria, podría ser la de permanecer en algún campamento desarmado y asignándole tareas secundarias, o en el peor de los casos su expulsión definitiva de nuestro frente, que era lo más probable que pudiera ocurrirle. No obstante Pompilio se mostraba renuente a entregar su arma y ante la insistencia de Julio Castillo seguía repitiendo insistentemente: ‘No pueden hacerme esto, dame un chance yo sé que el arma no me pertenece pero no me pueden llevar preso y desarmado eso es una vergüenza para mí’. Aquello se convirtió en una especie de una letanía en la que Pompilio imploraba una y otra vez que no lo desarmaran. ‘Denme un chance’- repetía-, y añadía reforzando su ruego: ‘les doy mi palabra de que yo los sigo y voy con ustedes al Estado Mayor y allí personalmente a Gutiérrez Menoyo le hago entrega de mi arma. Ustedes son mis compañeros, denme un chance’.

Julio Castillo se sintió conmovido ante los ruegos de su supuesto amigo, cuyas palabras llegaban a él, como la petición que se le concede a un condenado, como su última voluntad, lo cual lo hizo flaquear y, abandonando el lugar de los hechos, caminó unos 50 metros, para consultar con los capitanes Tony Santiago y Genaro Arroyo, quienes en compañía de tres más habían permanecido hasta aquel instante observándolo todo y cubriendo las espaldas de sus compañeros sin dejar de apuntar. Allí no había nada que discutir, no había margen para modificaciones, la orden era bien clara, desarmarlos y conducirlos como prisioneros, pero cometieron un error al confiar en Pompilio, ellos bajaron la guardia y abrieron la puerta a la antesala de lo que sería catastrófico.

Los que fueron a arrestar a Pompilio pensaron él era un hombre de palabra y de vergüenza. Pensaron con toda ingenuidad que no había nada de malo en concederle el que pudiera entregar su arma cuando llegara al Estado Mayor. Esa conclusión los llevó a la decisión final, y dijeron: ‘que venga con nosotros’. Julio Castillo, aunque aquella situación había resultado altamente penosa para él, se mostró alegre al poderles gritar con su brazo en alto: ‘andemos todos y allí ustedes entregan las armas’. Pompilio pareció respirar, y mucho más todavía cuando vio que las armas dejaron de apuntarle al dar una media vuelta el negro Portilla y el negro Urquiza, dando inicio a la marcha de regreso. Marcha en la que jamás llegarían a su destino y en la que sólo pudieron recorrer escasos metros.

Los muchachos le dieron la espalda, los dos últimos de la fila eran Portilla y Urquiza. Pompilio y Sindo Naranjo comenzaron a dispararles por las espaldas. Después de recoger las armas de los caídos, un M-3 que llevaba Portilla y una carabina italiana que portaba Urquiza, echaron a correr. También dispararon contra el resto de los guerrilleros, pero éstos ya estaban lejos. Tony Santiago con una mirilla telescópica alcanzó a herirlo en el codo del brazo izquierdo.

Pompilio Viciedo en la forma más ruin y más cobarde, asesinaba por la espalda a quienes valían un millón de veces más que él. Los cuerpos del negro Urquiza y del negro Portilla cayeron mortalmente abatidos sobre la hierba, mostrando en sus espaldas las perforaciones del arma, que jamás había disparado contra el enemigo. Quienes fueron testigos presénciales de tal abominable espectáculo no tardaron en reaccionar en medio de aquel horror, disparaban contra Pompilio y su cómplice. En su vertiginosa huida, aparecían y desaparecían entre la maleza, esta vez la fuga era en solitario. El práctico que habían secuestrado, aprovechando la confusión, había tomado las de villadiego, abandonándolos por completo. Lamentablemente Pompilio Viciedo sólo fue alcanzado por un disparo que le dio a sedal en el codo derecho, lo cual no le restó velocidad y pudo escapar junto a su acompañante.

Arroyo,Tony y sus acompañantes no tenían la menor sospecha de que Pompilio podría reaccionar de la forma que lo hizo, pues parece que como él no sabía leer se metió la carta en el bolsillo sin saber el contenido de la misma.

Los cadáveres fueron llevados a casa de José Reyes en Guanayara. Allí los expusieron a la vista de todos los rebeldes que iban llegando y a los campesinos de los alrededores. Todos pudieron constatar que los disparos fueron por la espalda, pues los orificios de las balas al entrar son menores y a la salida por el pecho eran mayores. Allí llegaron los hermanos de Urquiza que vivían en un lugar cercano llamado Manantiales, no muy lejos de la casa de Cheo Reyes y su esposa Antonia de Armas. Los Urquiza militaban en el Partido Comunista al igual que sus hermanos (PSP), lo mismo que el negro Portilla, cosa que yo no sabía en ese entonces.

Mientras tanto Pompilio y Sindo Naranjo llegaron hasta la casa del campesino Bautista Ortega. Como estaba herido y Ortega no tenía nada para curarlo lo llevó a la casa de Manuelito Naranjo en la finca Dos Arroyos, donde meses más tardes Cubela estableció su campamento.

De Dos Arroyos, Bautista Ortega lo trasladó hasta la finca Yabunal cerca de La Algarroba, donde una campesina que colaboraba con los revolucionarios llamada Gloria María Lema, esposa de Pedro Pérez, lo curó de nuevo. Desde allí Bautista Ortega lo llevó hasta la finca La Gloria, propiedad de la familia Lara donde estaba el puente La Mariquita, por donde pasa el del tren sobre el río Agabama llamado Manacal.

Desde allí Ortega regresó a su casa, pues él no sabía lo que de verdad había pasado. De allí en adelante ya Pompilio conocía el terreno. Llegó a la casa de Raúl la Rosa que tampoco sabía lo que había hecho y éste último le contó que fue herido en un combate.

La noticia iba más lenta que la forma en que Pompilio caminaba. Se lanzó una cacería contra Pompilio por varias semanas, pero nunca dieron con él, ya que se fue a esconder donde él conocía gente desde el gobierno de Machado. Además Wilfredo Velázquez le mantuvo su ayuda desde Sancti Spiritus.

Pues bien en aquella zona, a la que tanto teníamos que agradecer a sus pobladores, la sagacidad de Pompilio Viciedo y su ayudante, convertidos en una especie de Sherlok Holmes, detectaron la presencia de dos supuestos delatores que podrían poner en peligro sus vidas. Pompilio y Sindo, ni cortos ni perezosos protagonizaron otra repugnante actuación, ahorcando a dos humildes campesinos, y para colmo padre e hijo. El vecindario quedó horrorizado con lo ocurrido, jamás ninguno de ellos se había visto perjudicado por una delación de los ahorcados, por el contrario gozaban de reputación, como fieles aliados de los alzados, quizás fue esto último y no lo primero fue la motivación principal por la que se guiaron Pompilio y Sindo. Para el caso es lo mismo, bajo ningún concepto quedaba justificada tan deplorable actuación, ya que nadie en la zona se había visto perjudicado a consecuencia de alguna indebida actuación por parte de los campesinos ahorcados.

Una vez más la indignación se manifestó en la población campesina. Pompilio y Sindo huyeron al llano cargando sobre sus espaldas el negro récord de su segundo combate victorioso contra el supuesto enemigo. Mientras que el verdadero, el ejército de Batista podría seguirles pasando por las narices sin que dispararan un solo tiro hasta el final de la contienda”. Miguel García Delgado

Con gran cariño y simpatía desde La Ciudad Luz,

Félix José Hernández.

Foto: El Escambray, Cuba.

Hispanista revivido.