Los borbones, una plaga francesa en España

Sin ir más lejos, Fernando VII  vendió España a Napoleón y cuando fue repuesto traicionó a todos los que le ayudaron

Manuel P. Villatoro – ABC

El 20 de abril de 1808. Ese fue el día en el que Fernando VII, rey de España después de que el pueblo le alzase en el trono a base de espadazos en el Motín de Aranjuez, partió hacia Bayona para entrevistarse con Napoleón Bonaparte. Su objetivo era dirimir el futuro de la Península con el «Pequeño corso», el mismo que había invadido el país unos meses antes.

Sin embargo, el monarca -que posteriormente sería conocido como el «deseado»- acabó vendiendo al mismo pueblo que le había hecho rey a los franceses a cambio de una cuantiosa pensión y de una vida de lujos y excesos en «la France». Al final, su admiración por el «Sire» fue tal que acabó pidiéndole por carta ser su hijo adoptivo.
De Fontainebleau a Aranjuez

Esta historia comenzó allá por 1807, año en el que Napoleón (emperador de los franceses desde mayo de 1804 en base a su santa decisión) se plantó frente a los Pirineos con un ejército de 25.000 hombres. Según explicó a «Manolito» Godoy, valido del rey Carlos IV y –según se dice- guardián de las partes pudendas de la reina tras su monarca, su objetivo no era otro que atravesar España para conquistar Portugal.

No obstante. Las fuerzas galas fueron tomando posiciones en España hasta el 17 de marzo de 1808. Y es que, en esta jornada el pueblo se levantó en armas y, por las bravas, tomó el Palacio Real con el objetivo de capturar a Godoy y hacer un cambio de gobierno. El sistema fue sumamente efectivo, pues lograron que «Manolito» dimitiese y, unos días después, también Carlos IV. Tras este golpe de Estado (llamado Motín de Aranjuez) se escogió cómo rey al Príncipe de Asturias, ya Fernando VII, para combatir a los gabachos.
La jornada, en testimonios

Aquella jornada quedó grabada a fuego en la memoria de los españoles de entonces, que al grito de «Fernando VII o la muerte» lograron expulsar a un rey. El amor del pueblo por el monarca fue tal que se escribieron multitud de textos en las jornadas siguientes cargando contra Godoy y Carlos IV por su ineptitud a la hora de frenar el avance galo.

En uno de ellos, el «Diario exacto o relación circunstanciada de lo acaecido en el Real Sitio de Aranjuez y Corte de Madrid», se decía lo siguiente: «Viernes 18 [de marzo]. Hoy se puede decir que amaneció el Iris de Paz para toda la vasta extensión de la Monarquía Española; día memorable que hará época en la posteridad y se debía señalar en las notas cronológicas del Reino como una de las más singulares y extraordinarias de la Historia. Huyó el tirano y opresor de la humanidad nacional».

Otro caso llamativo fue el de Vicente Labaig y Lassala quien, en un discurso, dijo lo siguiente del Motín de Aranjuez: «El día 19 de marzo del presente año, consagrado a la solemne memoria de este Patriarca excelso, ¿no será en todos los siglos el día de la libertad de España cautiva, el día de la ignominia de la Francia orgullosa, el día del honor, el día de la verdad, el día de la justicia? Día en que desaparecieron los engaños, se destruyeron las perfidias y se desarmaron las conjuraciones».
La traición del nuevo rey

Sin embargo, y a pesar de lo que consideraban los españoles, las conjuras no se terminaron en este punto. Y es que, en un intento de lograr conquistar España sin demasiadas bajas, Napoleón decidió reunir a Carlos IV y Fernando VII en Bayona para tratar de llegar a un acuerdo con ellos. El plan le salió a la perfección, pues logró que el hijo abdicara en su padre a cambio de una porción de Portugal y unos cuantos miles de reales, y que el viejo rey le cediese el trono a Francia. Así fue como Fernando, llevado en volandas hasta el trono por el pueblo para expulsar a los galos, se dejó comprar por ellos.

Posteriormente Fernando se retiró a Francia el 10 de mayo para vivir como un rey a costa del franchute, quien le tenía como prisionero. Allí se dedicó a montar a caballo, bordar, recibir lecciones danza, tocar el pianoforte, leer, jugar al billar y a las cartas, y asistir a funciones de teatro. Al final, estaba tan cómodo como prisionero de Bonaparte que llegó a gritar en la boda del «Pequeño Corso» «¡Viva el Emperador, nuestro Augusto soberano, viva la Emperatriz!», felicitó al galo por subir al trono de España a José Bonaparte y pidió al «Pequeño corso» ser su hijo adoptivo.

Hispanista revivido.