Los grupos económicos catalanes habían opuesto a abolir la esclavitud

Cuba estaba integrada en la esfera económica de Usa

La armada useña era superior a la hispana en acorazados, pero inferior en cruceros acorazados

A principios de 1895 volvió a estallar la guerra en Cuba, dirigida por José Martí y con fuerte apoyo useño, y adquirió enseguida una acentuada crueldad. Los rebeldes volaban trenes y destruían las plantaciones y el ganado, arrasando la economía y matando a los propietarios. El general Weiler, encargado de su represión desde julio de 1896, procuró aislarlos concentrando a la población rural en zonas fácilmente vigilables o en ciudades. El método, antecedente de otros como el practicado por Usa en Vietnam setenta y pico años después, permitió acorralar a los rebeldes, a costa de extender el hambre entre el campesinado. En “el coloso del norte”, la dureza de Weiler provocó indignación, espoleada por la prensa amarilla, si bien los métodos useños contra los pieles rojas, sólo unos pocos años antes, habían sido ciertamente más brutales.
En general, la estrategia militar española fue poco inteligente. En un ambiente burocrático, poco previsor y un tanto irresponsable, el gobierno envió  hasta 200.000 soldados, que caían a millares víctimas del clima y sus plagas. Las bajas finales pueden dar idea del carácter de la lucha:
de un total de 55.000 muertos en tres años, sólo unos 2.000 lo fueron en combate o por heridas, siendo los restantes causados por enfermedades tropicales u otras, en especial la temible fiebre amarilla, cuya transmisión por mosquitos fue descubierta por el médico español Carlos Finlay, aunque su descubrimiento no se aprovechara entonces.
Por lo demás, Cuba, prácticamente sin industria, dependiente en muy alto grado del cultivo de la caña de azúcar y secundariamente del tabaco, estaba integrada en la esfera económica de Usa, con la cual sostenía el grueso de su comercio, a pesar de los altos aranceles españoles, que irritaban a Washington. En estas condiciones, y con un gobierno inglés predispuesto a la sazón al entendimiento entre los países anglohablantes, pocas posibilidades tenía España de conservar la isla.
Bastantes políticos y militares españoles, como el general Polavieja, lo veían, y propugnaban una autonomía creciente que permitiera ir abandonando sin traumas las colonias, evitando pugnas muy costosas y a la larga imposibles de ganar. Pero Cánovas, el mayor estadista español del siglo XIX, cuya talla era también reconocida en Europa, hombre casi siempre moderado y hábil en el compromiso y la transacción, se empecinó en una política de todo o nada. Desde luego, los grupos económicos catalanes, en general, le apoyaban, por temor a perder un importante mercado, y también se habían opuesto a abolir la esclavitud. En la propia Usa existían grupos de presión prohispanos, como la Junta Patriótica Española, con ramificaciones en importantes ciudades, dirigida por José Navarro Arzac, un guipuzcoano que había hecho una carrera asombrosa, convirtiéndose en uno de los grandes millonarios useños: naviero, dueño de una cadena de hoteles, socio de Edison, fundador de la compañía de seguros “La Equitativa”, etc.
Cánovas murió asesinado en 1897 por un anarquista italiano tras cuya mano siempre se ha sospechado al independentismo cubano y la masonería*. Entonces correspondió a Sagasta, también masón, afrontar el choque con el gigante americano, gobernado desde ese mismo año por el presidente McKinley. Sagasta ofreció la autonomía, abandonó el sistema de Weiler —aplicado con notable éxito durante un año— y destituyó a su autor, poniendo en su lugar al general Blanco, que ya había fracasado en Filipinas. Los rebeldes rechazaron la autonomía, y la situación militar empeoró con rapidez.
El gobierno useño había intentado reiteradamente comprar Cuba y Puerto Rico, como si se tratara de mercancías, lo que a su parecer constituía una salida “honrosa” para España. Fracasado ese recurso sólo le quedaba la guerra, para la cual se preparaba activamente, faltándole sólo el pretexto. Lo encontró en la voladura del crucero Maine, de visita en La Habana en febrero de 1898. La explosión provino del interior de la nave, pero Washington la atribuyó, falsa e interesadamente, a los españoles, y rehusó una investigación imparcial. Algunos españoles sospecharon su autoría por los mismos yanquis. Todo indica que se trató de un accidente, pero resultó muy oportuno para la decisión de Washington de imponerse por las armas.
Luego, mediante un ultimátum cuyo cumplimiento supondría una completa humillación para España, McKinley forzó el conflicto bélico, que Madrid aceptó, a finales de abril. En realidad, Usa había comenzado ya la guerra antes de declararla, apresando cuantos barcos pudo en el Caribe. En España cundió una oleada de indignación por la conducta useña.

Una contienda no tan desigual

En principio, la contienda era enormemente desigual: un país de 74 millones de habitantes, en plena pujanza y ya la primera potencia industrial del mundo, contra uno de 18 millones, que sólo empezaba a reponerse de un siglo desastroso. Además, el teatro de operaciones se encontraba al lado mismo de la gran potencia y a miles de kilómetros de la pequeña. En estas condiciones una guerra larga sería ganada forzosamente por Usa. Así lo veían muchos en España, pese a lo cual la prensa y numerosos políticos y militares crearon un ambiente popular de victoria sobre los “tocineros de Chicago”.
Se ha acusado reiteradamente de demagogos sin escrúpulos a quienes fomentaron esperanzas de triunfo, y es la impresión que ha prevalecido. Sin embargo no se trataba de una idea descabellada si la guerra se resolvía con cierta rapidez, según han observado analistas cuidadosos, como Agustín R. Rodríguez. En cuanto a fuerzas de tierra, las españolas en Cuba (unos 200.000 soldados), si bien muy desgastadas y con la mitad de sus efectivos permanentemente enfermos, mantenían no obstante la disciplina y estaban bien entrenadas, no teniendo un enemigo serio en las tropas improvisadas en Usa, aunque llegaron a presentarse allí un millón de voluntarios y fueran movilizados de modo efectivo unos 270.000. Además, los fusiles Mauser de los españoles superaban netamente a los Springfield de sus enemigos, como éstos habían de comprobar dolorosamente. Debía contarse, no obstante, con el apoyo de los insurrectos cubanos a los invasores, de gran valor para éstos.
El punto débil de la isla consistía en su dependencia de la importación de alimentos y muchos otros productos, por lo que un bloqueo naval podía rendirla en poco tiempo por hambre y miseria. Ello determinaba que la contienda se resolviese en el mar.
Según un mito, persistente hasta hoy con gran fuerza, la escuadra useña superaba netamente a su contraria, y por tanto la lucha estaba predeterminada a favor de la primera. Pero ello no es del todo cierto. La armada useña era superior a la hispana en acorazados, pero inferior en cruceros acorazados, superior en cruceros protegidos, pero inferior en unidades torpederas; superior en blindaje y cañones pesados, pero inferior en velocidad, y comparable en artillería media. Los principales barcos españoles eran buenos y modernos, aunque otros fueran anticuados y muchos mal mantenidos. Los enemigos padecían fallos análogos, sus mandos distaban de ser brillantes, y las numerosas deserciones en vísperas de la acción animaron en Madrid la impresión de unas tripulaciones poco aguerridas. En suma, la diferencia de poder, aunque a favor de Usa, distaba mucho de ser lo abismal que luego se pretendió, y diversos expertos ingleses, franceses o alemanes dudaban de su victoria.

* El asesino, Angiolillo, había tenido trato con el independentismo cubano a través del portorriqueño Emeterio Betances, y había sido encubierto, en Madrid, por el republicano Nakens, que más tarde encubriría también a Mateo Morral cuando éste perpetró la carnicería de la calle Mayor, en 1906, con unos 30 muertos y cien heridos y mutilados. Aunque entre ellos había fuertes desavenencias políticas, Nakens, Betances y Morral, probablemente también Angiolillo, coincidían en su pertenencia masónica.

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