Los payaguás y guaycurús del Paraguay eran temidos por sus cruentas invasiones destructoras

De ellos se podía decir lo que cuentan del caballo de Atila, que donde pisaba ya no volvía a crecer la hierba. Las ciudades que sufrían continuos asaltos, como Concepción del Bermejo, eran abandonadas. Buenos Aires tuvo que sufrir la enemistad india durante dos siglos. Eran dos razas y dos culturas que chocaban. El resultado lógico era la guerra cuando el elemento más débil no cedía.
Si España no hubiese llevado a América más móvil que el del enriquecimiento y ensanchamiento de sus territorios, la raza indígena hubiera desaparecido del mapa o, al menos, hubiese quedado reducida a unos cuantos ejemplares de museo. Como los móviles fueron muy distintos, ya que España deseaba formar nuevos pueblos, sin prescindir del aborigen, el resultado fue la mezcla en una convivencia regulada por leyes elaboradas en España e inspiradas en las informaciones que llegaban de Indias.
Paraguay nos ofrece un ejemplo clarísimo de fusión hispano-india, sin efusión de sangre. Casi se puede asegurar que fue un modelo de colonización (valga la expresión) llevado a cabo por Domingo de Irala. En los lugares en que no se efectuó esta fusión, los indígenas siguieron practicando sus costumbres salvajes. En el valle calchaquí vivían la mayor parte del año borrachos, abandonados a sus instintos salvajes. Rechazaban la presencia de los blancos y sólo admitían, como concesión extraordinaria, la presencia de dos misioneros. Este fue, en algunos rincones de América, el único auxilio valioso que España pudo prestar a sus vasallos indios.
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En aquella época, más que en ésta, la raza indígena era indolente e inclinada a la pereza. Estaban acostumbrados a vivir, naturalmente, sin hacer ningún esfuerzo para que la Naturaleza diera más de lo que espontáneamente ofrecía. En el Consejo de Indias y en los medios oficiales, el indio era considerado como menor de edad. Excepto el pueblo maya-quiché, todos los demás no habían salido de la barbarie. Desconocían los fundamentos más rudimentarios de la civilización: el empleo de metales. Entonces aún practicaban la escritura jeroglífica.
Dadas estas condiciones, los juristas españoles elaboraron un sistema protector que defendiera sus intereses. Al mismo tiempo redoblaron su esfuerzo para determinar la verdadera naturaleza de los indios y conseguir que abandonasen sus costumbres nómadas y dejasen de hacer vida civil, reducidos a población. Esta insistencia jurídica no [13] se concibe más que conociendo el «Zeitgeist» español, el verdadero espíritu de la época.

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